Si uno edita una revista nueva –este mes ya puedes leer nuestro sexto título, MAN ON THE MOON, más le vale que a fin de año quede un euro de más en la caja, y si no es así, dejará de editar.

Este es mi estilo, autodidacta, como hombre de negocios. No me gusta vencer, me gusta vender. Siempre, siempre, siempre, opto por intentar convencer. Si no convenzo a mi interlocutor me retiro caminando hacía atrás sin dejar de mirarle a los ojos. Sé pedir disculpas y lo hago a menudo. No grito nunca, casi nunca, porque si me gritan me hago bicho bola y me bloqueo. No me peleo por ganar el último duro de un negocio. Lo considero de mal gusto. Llevarse hasta el último duro deja a tu interlocutor vencido. Si le dejas vencido intentará vengarse.

Me visto según la ocasión porque dice el dicho que la elegancia es pasar desapercibido en el contexto en que te mueves. Me cuido mucho de los detalles: prefiero subrayar los zapatos que los relojes, pero que el reloj cuente como soy también es de mi gusto. Pienso lo mismo de mi teléfono, mi motocicleta o mi coche. Ostentar me parece una agresión al otro, y un síntoma de inseguridad.

Peleo como gato panza arriba, pero cuido mis modales. En ellos reside el buen recuerdo que deja uno tras una larga reunión. Pago siempre los cafés y las comidas e intento dejar, con gratitud, una propina que recuerde al hostelero que volveré un día a hacer negocios allí.

Soy detallista. Muy detallista. Me fijo en cómo puedo dejar un buen sabor de boca o si puedo servir –repito servir– o ser útil a mi interlocutor. Mando flores, revistas o vinos.

Creo que un hombre de negocios tiene que ser discreto. Creo que un hombre discreto en su negocio debe ser discreto en su vida privada. A mis compañeros les pido discreción y esa es la cultura que defiendo en mi compañía. Creo que el líder de una empresa no puede ser amigo de los trabajadores de la misma. Mantengo la distancia mínima que me permita gestionar la editorial, pero estoy a su lado para saber lo que les preocupa y ver si está en mi mano solucionarlo. No siempre puedo, y a veces no debo.

Hago muchas cosas mal aunque la mayoría están en proceso de corrección. Pero permítanme, por otro lado, que no le dé a mis competidores pistas que les ayuden a conocer si abriré la partida con blancas o negras. Además, tengo un mantra que me gusta destacar cuando me presento: “Somos buena gente”. Una declaración de intenciones que en el mundo de los negocios exige de predisposición y de haber sido bien educado en casa.