Los grandes gobiernos y las instituciones que se encuentran tras de ellos—como los grandes bancos—están haciendo campaña para acabar con Bitcoin y con Uber. Rusia se ha añadido a la lista de los países que están intentando limitar el uso de la Bitcoin, y Londres se ha unido a la lucha contra Uber.

Hay una buena razón detrás de la lucha de los gobiernos contra Uber y Bitcoin. Son innovaciones que hacen peligrar el status quo, el poder de las élites para escoger qué avances se van a producir y de qué forma lo van a hacer. Conocemos tanto Bitcoin, como Uber, pero igual desconocíamos las razones por las cuales todo el mundo quiere acabar con ellos.

Bitcoin ha emergido como un recurso de las personas, una alternativa a los recursos de la nación, y del control de los bancos centrales. Y esto supone una pérdida de poder para los gobiernos—los beneficios derivados de la impresión del dinero y del control de la economía. Por ello, los grandes gobiernos, desde China hasta Rusia—o los pequeños gobiernos como Venezuela—están intentando acabar con ellas.


El avance de Bitcoin también significa que los bancos están perdiendo el control del dinero. Una economía de Bitcoin supondría una revolución que los gobiernos y los bancos no podrían controlar, al menos su pérdida de beneficios.

Y luego está Uber, que es el recurso de transporte para las personas, una alternativa al taxi tradicional, al monopolio de la unión de taxis que determina quién va a estar en el negocio y quién no. También determinan el tiempo de duración y cuánto van a pagar los clientes—con los gobiernos locales llevándose su parte, por supuesto.

Uber ha nacido como la alternativa a la ineficiencia en el transporte y a los excesos de ambición. La historia puede servirnos como guía, los grandes gobiernos pueden ralentizar las innovaciones, pero nunca acabar con ellas. Especialmente en una sociedad democrática dónde las personas acaban mandando a la calle a los políticos que se pasan de listos.