“La gente a menudo habla de los ‘socios’ como ‘no necesariamente amigos’ o, incluso, como si fueran palabras que se excluyeran mutuamente: ‘Si eres socio, no eres amigo, y si eres amigo, no eres socio’”, comenta Eric Trump, hijo del presidente y codirector de la Organización Trump, que ahora se sienta –con su hermano Don Jr– en el corazón mismo de esta red global. “Creo que esa es una forma de pensar errónea”.

Todos estos amigos, antiguos y nuevos, mezclados con una cantidad impresionante de poder y dinero, no son una buena receta para dormir ocho horas. Joo Kim Tiah, heredero de uno de los hombres más ricos de Malasia, que poco tiempo después inauguraría la torre Trump más reciente del mundo, en Vancouver, es quien, finalmente, emite una queja: “¡Oye! ¿Sabéis qué hora es?”. “Lo siento, Sr. Tiah, no podemos bajar el volumen de la música –responde uno de los empleados del hotel–. Esto sólo sucede una vez en la vida”. De hecho, es así. Nunca había tomado posesión un presidente estadounidense con tan inmensos y complicados activos y bienes inmuebles. Ninguno tampoco venía acompañado de tantos socios millonarios que, a base de acuerdos previos o por su asociación con la “marca”, pudieran obtener beneficios sobre la marcha, durante el mandato de un presidente.

Para comprender mejor esta red global, Forbes ha examinado a los diferentes socios. En el proceso realizamos los siguientes descubrimientos:

• Un potencial socio comercial en Rusia dice que intercambió mensajes con la familia Trump este mismo mes de enero pasado.
• Ruffin y la Organización Trump están considerando abrir un casino Trump en Las Vegas, que podría verse reforzado por una conexión ferroviaria de alta velocidad con Los Ángeles, respaldada por el gobierno federal, un asunto que Ruffin asegura haber discutido personalmente con el presidente.
• El socio de Trump en Indonesia, Hary Tanoesoedibjo, tiene la intención de usar el “manual de estrategia” de Trump para convertirse, en diez años, en presidente del cuarto país más poblado del mundo (y ha sido acusado recientemente de desempeñar un papel en un supuesto complot para incriminar por asesinato a un alto funcionario de gobierno indonesio).
• La actitud de Trump hacia los musulmanes provocó, en cierta modo, una disputa familiar entre sus socios turcos.

Pero quizás lo que levanta todos los cotilleos es la suma total: la red de Trump se extiende, por lo menos, sobre diecinueve países. Y estos chicos (sí, todos son hombres) comparten una misma serie de rasgos comunes como promotores inmobiliarios. Este grupo es rico uniformemente –siete figuran en la lista de milmillonarios de Forbes; muchos otros tienen estatus de cienmillonarios–. Son un reflejo de su socio: una mezcla de marketing ampuloso, estilo desmesurado y contactos políticos. Y todos ellos están tratando de averiguar, en diversos grados, cómo poder sacar tajada del cuadragésimo quinto presidente.

Eric Trump señala a un pequeño televisor en una esquina de su despacho en la torre Trump. “Si lo enciendo, te apuesto que [mi padre] estará, de alguna manera, directa o indirecta, en la pantalla”. Coge el mando a distancia y hace clic en el botón de encendido. El presentador, nada más finalizar un anuncio, mira directamente a la cámara: “Una audiencia en la corte federal podría hoy permitir a cientos de personas que sean deportadas por orden del presidente Trump…”. Eric sonríe mientras apaga el aparato. “Lo veo ahí todo el día, todos los días. Y me doy cuenta de la magnitud de las decisiones que toma y de todo el trabajo que tiene que hacer”.

La presencia de su padre en el negocio va más allá de la televisión de su despacho. En enero, Trump llegó a la torre Trump y anunció que entregaba el control del negocio a sus hijos, como parte de un esfuerzo por separar los negocios de la presidencia, aunque, al poner sus activos en un fideicomiso, lo que estaba haciendo en realidad era “aparcar” sus propiedades, no despojarse de ellas. Y al saber exactamente qué activos están en fideicomiso, no se puede decir que no los controle. Poco más de un mes después, Eric parece darse cuenta del dilema. En un momento, promete no hablar nunca de los negocios con su padre mientras trabaje en la Casa Blanca. Menos de dos minutos más tarde, dice que informará a su padre de las finanzas de la compañía “probablemente de forma trimestral”.

Algunos de los socios extranjeros de Trump ya son políticamente “populares” en sus países de origen. El presidente de Filipinas, Rodrigo Duterte, designó al socio de Trump, José E. B. Antonio, como enviado especial a EE UU justo antes de la victoria de Trump en noviembre. En la India, el multimillonario Mangal Lodha está construyendo un edificio Trump de setenta y cinco plantas, al mismo tiempo que ejerce como vicepresidente regional de un importante partido político. El indonesio Tanoesoedibjo está levantando otro, mientras medita sobre su carrera presidencial. “Tenemos relaciones increíbles con las personas con las que hacemos negocios –dice Eric Trump–. Quieres a alguien que confíe en ti. Y quieres ser capaz de confiar a su vez en ellos”.

Aunque el 85% de la fortuna de Trump, valorada en 3.500 millones de dólares, está radicada sólidamente en edificios y campos de golf en EE UU, la parte más dinámica de sus negocios son sus acuerdos de gestión y concesión de licencias, que le proporcionan entre un 3 y un 5% de beneficios, sin ningún riesgo. Y Eric y Donald Jr han trabajado durante años como “rastreadores” de acuerdos, recorriendo cientos de miles de kilómetros para cerrar acuerdos internacionales.

“Él da a sus hijos mucha autonomía para tomar decisiones de empresa –asegura Paulo Figueiredo Filho, que se asoció con los Trump en Brasil–. Ya estaban dirigiendo el 90% del negocio, antes incluso de que llegara a la presidencia”.

La marca atrae a un cierto tipo de socio, ostentoso y ambicioso. En Filipinas, José y su hijo Robbie Antonio ya habían diseñado también, con Paris Hilton, un club de playa con múltiples espacios. Hussain Sajwani, de Dubai, ha forjado una fortuna de 3.700 millones de dólares vendiendo propiedades inmobiliarias con extravagantes complementos, entre los que se incluyen Lamborghinis o BMW. En Rusia, Emin Ağalarov trabaja en proyectos inmobiliarios junto a su multimillonario padre, Aras, además de ser una estrella pop internacional (Trump, en una ocasión, hizo un cameo en uno de sus videos musicales). Estos no son el tipo de hombres de negocios que ignoren el hecho de que ahora se encuentran vinculados al personaje más famoso y controvertido del mundo. La propia organización de Trump ha demostrado cómo sacar provecho del momento. Durante el fin de semana de la inauguración, los huéspedes invadieron el hotel Trump en Washington, D. C., pagando más de 70.000 dólares por una estancia de cuatro noches.

“Desde el punto de vista del negocio, ¿es beneficiosa la presidencia? –se pregunta Eric Trump–. Hay que mirarlo de las dos maneras. Si estás hablando de los activos existentes, están funcionando increíblemente. Pero si se habla de todo, en conjunto, hemos hecho sacrificios para permitirle –y él ha hecho sacrificios para que se lo permitamos– ocupar el despacho más grande del mundo”. Lo mismo se puede decir para sus socios. El grupo que daba vueltas por la inauguración estaba claramente emocionado, tanto por la proximidad al poder como por las oportunidades que eso podría permitirles. Agalarov dice que si el magnate no hubiera puesto en marcha su campaña, sería probable que ahora estuviera trabajando en la construcción de una torre Trump en Rusia. “Hoy la marca Trump es más fuerte en todo el mundo”, asegura. ¿Algún tipo de resentimiento por la torre cancelada? “En cuanto Trump fue elegido le enviamos cartas de felicitación a las que nos respondieron; luego intercambiamo mensajes –añade Agalarov–. Él no olvida a sus amigos”.