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Cuando el dueño se jubila: quién compra las empresas familiares sin sucesor

El envejecimiento de los empresarios está creando un mercado de compañías rentables que cambian de manos: competidores, fondos, family offices, que buscan hacerse con negocios ya consolidados.

Cuando el dueño se jubila. Foto de Unsplash.com

Hay empresas que salen al mercado porque necesitan capital. Otras, porque han dejado de crecer. Algunas buscan comprador después de años difíciles. Y luego están las que tienen un motivo mucho más sencillo: su dueño quiere jubilarse y nadie de la familia quiere hacerse cargo.

Durante décadas, la continuidad parecía formar parte del propio ADN de muchas compañías familiares. El fundador levantaba el negocio, los hijos se incorporaban y alguno terminaba ocupando su despacho. Ese recorrido ya no está garantizado. Las nuevas generaciones estudian otras carreras, desarrollan su trayectoria profesional fuera de la empresa o simplemente no quieren asumir la responsabilidad de dirigirla.

El resultado es una paradoja empresarial: compañías que pueden ser perfectamente rentables terminan buscando comprador por una cuestión personal de su propietario.

No existe una estadística oficial que permita saber cuántas empresas españolas se ponen cada año a la venta exclusivamente por este motivo. Pero los datos demográficos del tejido empresarial muestran la magnitud del desafío. El 50,9% de los empleadores españoles tiene 50 años o más y el 19,5% supera los 60 años. Entre los autónomos sin empleados, los porcentajes son del 47,9% y el 17%, respectivamente.

La presión también se observa entre los trabajadores por cuenta propia: alrededor de 600.000 autónomos podrían jubilarse durante los próximos cinco años. La cifra no significa que todos ellos tengan una empresa que vaya a ponerse a la venta, muchas actividades no tienen una estructura empresarial transmisible, pero sí muestra hasta qué punto el envejecimiento está llegando a la persona que sostiene buena parte de los pequeños negocios.

Y España tiene muchos. El país contaba con 3,31 millones de empresas económicamente activas a comienzos de 2025. De ellas, 1,80 millones no tenían ningún asalariado y otro 27,2% tenía entre uno y dos trabajadores. En total, el 81,6% de las empresas tenía dos empleados o menos.

Ahí está una de las claves. No basta con que exista un negocio: para que alguien quiera comprarlo tiene que existir también una compañía capaz de funcionar sin la persona que la ha creado.

Cuando el hijo dice que no

La empresa familiar sigue siendo uno de los pilares del tejido productivo español. Representa alrededor del 92% de las empresas, genera aproximadamente el 70% del empleo privado y aporta cerca del 58% del valor añadido bruto privado.

Pero tener una empresa familiar no significa necesariamente tener un heredero empresarial. Y no es necesariamente una mala noticia. Un hijo que decide no incorporarse al negocio está tomando una decisión profesional. El problema aparece cuando la compañía no ha previsto qué ocurrirá después.

Los datos explican por qué. Solo el 29,3% de las empresas familiares ha superado al menos una transición generacional y apenas el 1,2% ha llegado a la tercera generación o posteriores. La alternativa, por tanto, no tiene por qué ser cerrar. La compañía puede venderse, incorporar un socio, pasar a manos de sus trabajadores o encontrar a un emprendedor dispuesto a ponerse al frente.

Una empresa puede estar sana y, aun así, ponerse a la venta

La imagen de una compañía en venta suele asociarse a problemas financieros. En estos casos ocurre justo lo contrario. Una empresa puede tener clientes recurrentes, trabajadores cualificados, maquinaria, instalaciones, beneficios y una posición consolidada en su sector. Puede llevar 30 o 40 años funcionando. Y, sin embargo, necesitar un comprador.

El problema puede estar concentrado en una sola persona: el fundador. Si el empresario mantiene las relaciones con los clientes, negocia con proveedores, toma las principales decisiones y conserva en su cabeza buena parte del conocimiento del negocio, la compañía puede depender demasiado de él. Para el propietario, ese conocimiento forma parte del valor construido durante décadas. Para un comprador, puede convertirse en un riesgo.

Por eso las empresas que mejor pueden defender su valor ante una venta suelen ser aquellas que han conseguido despersonalizar la gestión: procesos documentados, un equipo directivo autónomo, cuentas ordenadas, clientes diversificados y una organización capaz de funcionar sin que el fundador tenga que estar cada mañana en el despacho.

Preparar una empresa para venderla puede parecer contradictorio cuando todavía no se quiere vender. En realidad, muchas de esas medidas sirven para algo más importante: hacer que la compañía sea menos dependiente de una persona y más valiosa como organización.

Hay empresas que ya están cambiando de manos

El fenómeno ya se está materializando en operaciones concretas. A finales de 2025, el search fund Quo Inversión adquirió el 100% de Hermex Ibérica, una compañía de Sabadell dedicada al diseño y distribución de equipamiento para centros educativos. La empresa tenía cerca de 40 años de historia y la operación se planteó como una solución al problema de continuidad.

El caso ilustra una de las nuevas vías para mantener en funcionamiento compañías consolidadas: en lugar de esperar a que aparezca un familiar dispuesto a hacerse cargo, un emprendedor puede adquirir el negocio y asumir personalmente su dirección.

Otro ejemplo se produjo en 2026 con la Escuela Europea de Coaching. Sus fundadoras, Eva López Acevedo y Silvia Guarnieri, que habían liderado la compañía desde su creación en 2003, vendieron el negocio a Maruna Capital, un vehículo estructurado bajo el modelo de search fund. Las fundadoras dieron así paso a una nueva etapa de gestión sin que la empresa tuviera que desaparecer con su salida.

El interés de estos vehículos también está creciendo en España. En 2026, el exanalista de Santander Pablo Macías lanzó Cenia Partners, un search fund con capacidad para movilizar hasta 30 millones de euros y con el objetivo de adquirir una pyme española con un EBITDA de entre 2 y 6 millones de euros. La lógica es distinta a la de una startup. Aquí no se empieza con una idea para después buscar clientes. Se compra una empresa que ya tiene clientes, empleados, facturación y mercado.

¿Quién compra una empresa cuyo dueño quiere jubilarse?

Cuando la familia no continúa, cambia el perfil del comprador. El primero puede ser un competidor. Para una compañía del mismo sector, adquirir un negocio que lleva años funcionando puede ser una forma rápida de ganar clientes, capacidad productiva, territorio o cuota de mercado.

Después aparecen los inversores financieros. Los fondos de private equity, los family offices y otros inversores pueden encontrar atractivo un negocio rentable que necesita un nuevo propietario pero no necesariamente un nuevo modelo de negocio.

La lógica es diferente a la de una startup. El mercado ya existe. Los clientes ya están ahí. La pregunta es cuánto puede crecer el negocio y cuánto puede mejorar su rentabilidad bajo una nueva gestión. También están los llamados search funds, vehículos mediante los que un emprendedor busca una empresa existente para adquirirla y convertirse posteriormente en su máximo responsable.

Y existe una cuarta alternativa: los propios empleados. Un equipo directivo o un grupo de trabajadores puede adquirir la compañía y mantener la actividad desde dentro. Es una fórmula especialmente interesante cuando buena parte del valor está en el conocimiento acumulado por la plantilla y en las relaciones que ha construido con clientes y proveedores.

El problema del tamaño

No todas las empresas encontrarán comprador. España tiene un tejido empresarial extremadamente pequeño: más de ocho de cada diez empresas tienen dos asalariados o menos. Solo alrededor del 5% cuenta con 20 trabajadores o más.

Eso marca una diferencia enorme. Una empresa industrial con varias decenas de empleados, clientes internacionales y millones de euros de facturación puede despertar el interés de un competidor, un fondo o un family office. Un pequeño negocio local puede ser perfectamente viable para su propietario y, sin embargo, demasiado pequeño para justificar una operación de adquisición profesional. Por eso el desenlace puede ser muy diferente: venta, integración o cierre. Y el cierre es la opción que menos se ve cuando se habla del problema.

Cuando desaparece una empresa pequeña no siempre existe una gran operación corporativa que anunciar. Puede cerrar un taller, una tienda, una distribuidora o una pequeña fábrica y desaparecer silenciosamente. Pero detrás quedan trabajadores, proveedores, clientes y, en algunos casos, un servicio esencial para una localidad.

El precio también es un problema

Hay otra dificultad: el propietario y el comprador no suelen valorar la empresa de la misma manera. El empresario que ha dedicado tres décadas a levantar su negocio ve el esfuerzo acumulado, la cartera de clientes, la reputación y todos los problemas que ha conseguido superar. El comprador mira otra cosa: cuánto dinero generará la compañía en los próximos años.

Ahí aparecen las diferencias de valoración.

Una empresa puede facturar varios millones de euros y seguir teniendo un valor limitado si depende excesivamente de su fundador, concentra demasiado negocio en unos pocos clientes o necesita realizar grandes inversiones para seguir funcionando. Por el contrario, una compañía más pequeña puede resultar atractiva si tiene ingresos recurrentes, márgenes saludables, poca deuda, clientes diversificados y una estructura capaz de funcionar sin su propietario.

La facturación explica el tamaño de una empresa. No determina por sí sola cuánto vale.

Y ese es uno de los errores que pueden complicar una venta. El empresario suele empezar a buscar comprador cuando ya quiere jubilarse. El comprador, en cambio, empieza a analizar la compañía mucho antes de pensar en cuánto está dispuesto a pagar.

El reloj empieza a correr antes de la jubilación

Preparar una empresa para una transmisión puede llevar años. Hay que profesionalizar la gestión, ordenar las cuentas, definir responsabilidades, reducir la dependencia del fundador y formar, cuando sea posible, a las personas que asumirán la dirección.

También hay que resolver una cuestión menos visible: qué ocurrirá con el empresario después de la venta.

En muchas operaciones, el fundador no desaparece de un día para otro. Puede permanecer durante meses para presentar al nuevo propietario a clientes, proveedores y trabajadores y facilitar la transición. Es lógico. El comprador puede adquirir una sociedad, pero no puede comprar automáticamente las relaciones personales que el fundador ha construido durante décadas. Por eso una venta no siempre es un punto final. Puede ser una transición.

El problema ya ha llegado a las administraciones

La cuestión ha dejado de ser exclusivamente privada. En 2026, la Comunidad de Madrid aprobó una nueva Ley de Apoyo a la Empresa Familiar que eleva al 99% la reducción fiscal en determinados supuestos de transmisión de empresas familiares y amplía los posibles beneficiarios de estas ventajas.

El movimiento refleja una preocupación más amplia: si una empresa viable desaparece únicamente porque nadie puede o quiere continuarla, se pierde mucho más que una sociedad mercantil.

Se pierden puestos de trabajo, conocimiento, inversiones, relaciones comerciales y, en algunos casos, una parte del tejido económico de una localidad.

La última decisión del empresario

Durante buena parte del siglo XX, el futuro de una empresa familiar parecía resolverse dentro de la propia familia. Ahora ya no necesariamente.

Puede comprarla un competidor que busca crecer. Un fondo que detecta una oportunidad. Un family office que busca una inversión a largo plazo. Un emprendedor que prefiere comprar una empresa a fundarla. Un equipo directivo que quiere convertirse en propietario. O, en el mejor de los casos, un familiar que sí quiera recoger el testigo.

La jubilación de los empresarios españoles está creando así un mercado silencioso de compañías que no buscan comprador porque estén en crisis, sino porque su propietario ha llegado al final de su etapa al frente del negocio.

Y para miles de empresarios, la última gran decisión de su carrera no será cuánto crecer, cuánto invertir o cuánto contratar. Será algo mucho más personal y, al mismo tiempo, profundamente económico:

decidir quién se queda con la empresa que han construido durante toda su vida.

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