Hay algo particularmente incómodo en las grandes herencias empresariales: el dinero puede dividirse con una precisión casi quirúrgica; el poder, no tanto.
Leonardo Del Vecchio lo sabía. El fundador de Luxottica dedicó buena parte de los últimos años de su vida a construir una estructura que protegiera su patrimonio cuando él ya no estuviera. Cuando murió, en junio de 2022, a los 87 años, dejó su holding familiar, Delfin, dividido en ocho partes exactamente iguales: 12,5% para cada uno de sus seis hijos, otro 12,5% para su viuda, Nicoletta Zampillo, y el último 12,5% para Rocco Basilico, hijo de Zampillo de un matrimonio anterior.
Sobre el papel, parecía una solución limpia. Nadie heredaba más que nadie. Nadie podía sentirse expulsado. El imperio quedaba repartido de forma matemática y, en teoría, protegido de las luchas por el control.
Cuatro años después, aquella decisión salomónica se ha convertido precisamente en uno de los mayores problemas de la familia.
Porque Delfin no es una sociedad patrimonial cualquiera. Es el vehículo desde el que los Del Vecchio controlan una participación de alrededor del 32,4% de EssilorLuxottica, el gigante mundial de la óptica que tiene en su cartera marcas como Ray-Ban y Oakley, además de una enorme red de distribución y numerosas licencias de lujo. Pero también posee participaciones relevantes en compañías estratégicas de Italia, entre ellas Generali, UniCredit y Monte dei Paschi di Siena.
El resultado es una paradoja extraordinaria: una fortuna construida durante más de seis décadas por un hombre que empezó prácticamente desde cero está ahora atrapada en una disputa sobre quién debe tener la última palabra sobre ella.
Y la batalla ya no es solamente familiar. Hay bancos esperando, tribunales implicados, operaciones corporativas que pueden depender de sus votos y una compañía de gafas que se encuentra en plena transformación tecnológica.
De un orfanato a Ray-Ban: cómo empezó realmente el imperio
Para entender por qué hay tanto en juego hay que regresar mucho antes de las demandas, los consejos de administración y las operaciones de miles de millones. Hay que volver a Milán, 1935, cuando Leonardo Del Vecchio era todavía el menor de cuatro hermanos y estaba muy lejos de imaginar que acabaría construyendo uno de los mayores imperios de la óptica mundial.
Leonardo Del Vecchio nació el 22 de mayo de 1935. Su padre, un comerciante de frutas y verduras originario de Apulia, murió antes de que él naciera. Su madre, Grazia Rocco, quedó viuda con cuatro hijos y en una situación económica muy precaria. Cuando Leonardo tenía siete años, en 1942, Grazia lo confió a los Martinitt, una histórica institución milanesa para niños huérfanos o procedentes de familias sin recursos.
El matiz importa: Del Vecchio no era huérfano de madre. Su madre estaba viva, pero necesitaba trabajar para mantener a la familia y no podía hacerse cargo de él durante el día. Pasó aproximadamente ocho años en los Martinitt, una experiencia que, según los testimonios recogidos sobre su vida, terminó marcando profundamente su carácter.
No recordaba aquel periodo únicamente como una desgracia. También veía en aquella institución una especie de segunda familia, el lugar donde había aprendido disciplina, trabajo y responsabilidad. Esa mezcla acabaría formando parte del relato del self-made man que acompañó a Del Vecchio durante toda su trayectoria empresarial.
A los 14-15 años comenzó a trabajar como aprendiz en Johnson, una empresa milanesa que fabricaba medallas, copas y placas. Mientras trabajaba, estudiaba por las tardes diseño y grabado en la Academia de Bellas Artes de Brera. El detalle es importante porque el empresario que después convirtió las gafas en objetos de deseo empezó precisamente aprendiendo a trabajar con las manos y a mirar los objetos desde el punto de vista del diseño.
Después pasó por Pieve Tesino, donde trabajó en una fábrica de grabados metálicos, hasta llegar a Agordo, en los Dolomitas. Allí, en 1961, con 26 años, fundó Luxottica, inicialmente como un pequeño taller dedicado a fabricar componentes para la industria óptica. La propia compañía sitúa ese momento como el nacimiento de Luxottica.
La primera gran transformación llegó una década después. En 1971, Luxottica presentó su primera colección de gafas y dejó atrás progresivamente el papel de fabricante de componentes para convertirse en productor independiente. A partir de ahí empezó una estrategia que terminaría siendo decisiva: controlar cada vez más partes de la cadena, desde la fabricación hasta la distribución y la venta.
En 1988 llegó el acuerdo con Giorgio Armani, que abrió la puerta a la relación entre Luxottica y las grandes casas de moda. Después vendrían numerosas licencias y adquisiciones.
En 1995, Luxottica entró con fuerza en la distribución óptica mediante LensCrafters. En 1999 compró Ray-Ban, una marca que se convertiría en uno de los grandes pilares del imperio, y en 2007 adquirió Oakley. La cronología empresarial de Luxottica confirma esos movimientos.
Ray-Ban fue especialmente importante porque condensaba la idea que Del Vecchio había perseguido durante décadas: una gafa podía ser producto, marca, diseño, distribución y negocio minorista al mismo tiempo.
En 2018, Luxottica se fusionó con la francesa Essilor y nació EssilorLuxottica. La operación unió el gigante de las monturas con uno de los grandes especialistas mundiales en lentes y convirtió el proyecto de Del Vecchio en una compañía de dimensión verdaderamente global.
Por eso, cuando hoy se habla de la herencia de Del Vecchio, la disputa no gira simplemente alrededor de una fortuna. Lo que está en juego es el control de un legado empresarial construido durante más de medio siglo.
Su amor por las gafas y por las mujeres
Hay una manera demasiado sencilla de contar la historia de Del Vecchio: el niño pobre que llegó a multimillonario gracias al trabajo. Es cierta, pero se queda corta.
Porque detrás del empresario que convirtió las gafas en una industria global había también un hombre profundamente vinculado al diseño, el lujo, la moda y la belleza. Su relación con el producto empezó mucho antes de que Ray-Ban formara parte de su patrimonio.
El metal, el grabado y la formación artística que recibió de joven terminaron influyendo en su manera de entender las gafas. No eran únicamente instrumentos para corregir la visión. Podían ser objetos de diseño, accesorios de moda y símbolos de estatus. Esa visión explica en buena medida la relación que Luxottica fue construyendo con firmas como Armani, Chanel, Prada, Versace, Dolce & Gabbana o Tiffany.
Su vida personal fue bastante menos lineal. Del Vecchio tuvo seis hijos con tres mujeres diferentes. Con su primera esposa, Luciana Nervo, tuvo a Claudio, Marisa y Paola. Posteriormente mantuvo una relación con Sabina Grossi, madre de Luca y Clemente. Y con Nicoletta Zampillo, con quien se casó, se divorció y volvió a casarse, tuvo a Leonardo Maria. Zampillo tenía además un hijo de una relación anterior, Rocco Basilico, que acabaría ocupando una posición singular dentro de la herencia.

El mapa familiar es importante porque ayuda a entender por qué la sucesión no es una fotografía sencilla de seis hermanos. Hay tres ramas familiares, distintas edades, trayectorias profesionales diferentes y, además, un heredero que no es hijo biológico de Del Vecchio pero que recibió exactamente la misma participación en Delfin que los seis hijos del fundador.
La vida del empresario también tenía su lado de lujo. Entre sus aficiones estaban el mar, la navegación, el arte, el diseño y la montaña. Fue propietario del superyate Moneikos, construido por Codecasa en 2006, de unos 62 metros de eslora y con capacidad para 16 invitados.
Incluso su mundo personal terminó mezclándose con el universo que había construido profesionalmente: Milán, Mónaco, la Costa Azul, Cerdeña y Estados Unidos formaban parte de los escenarios de una vida que, con los años, quedó muy lejos de aquella infancia en los Martinitt.
La ironía es que el mismo hombre que convirtió las gafas en objetos de deseo acabó dejando detrás una familia en la que el producto, el lujo, el dinero y el poder empresarial están completamente entrelazados.
Delfin: la caja fuerte desde la que la familia controla el imperio
El legado de Del Vecchio no quedó convertido en una colección de acciones repartidas sin más entre sus herederos. El corazón de la fortuna quedó concentrado en Delfin, el holding familiar con sede en Luxemburgo.
La pieza central es EssilorLuxottica. Delfin mantiene aproximadamente el 32,4% del grupo y es su principal accionista. La magnitud de esa participación basta para explicar por qué la familia conserva un peso extraordinario sobre la compañía que Del Vecchio construyó. Pero Delfin es mucho más que Ray-Ban.
El holding mantiene alrededor de un 10% de Generali, casi un 3% de UniCredit y un 17,5% de Monte dei Paschi di Siena, según el Financial Times.
Eso convierte a Delfin en una pieza singular del capitalismo italiano. No es simplemente una sociedad que guarda las acciones de una compañía familiar: es un vehículo de inversión con participaciones estratégicas en algunos de los grandes grupos financieros e industriales del país.
La posición en Monte dei Paschi resulta especialmente relevante. Delfin obtuvo buena parte de esa participación en el proceso por el que MPS adquirió Mediobanca, y ahora controla el 17,5% del banco toscano. El escenario de consolidación bancaria italiano puede convertir ese paquete accionarial en una pieza de negociación de enorme valor.
La importancia de Delfin, por tanto, no se mide únicamente por cuánto dinero tiene. También por cuánto poder corporativo concentra. Y ese poder tiene una traducción directa en dinero. El holding genera alrededor de 1.500 millones de euros de beneficio anual, pero actualmente solo distribuye entre sus accionistas el 10% obligatorio, según el Financial Times.
Ahí aparece uno de los grandes motivos de fricción entre los herederos. Para algunos, más dividendos significan más liquidez. Para otros, mantener los beneficios dentro de Delfin permite conservar capacidad de inversión y mantener el peso empresarial de la familia.
La diferencia parece técnica hasta que se pone una cifra delante: 1.500 millones de euros de beneficio anual. Entonces deja de parecer una discusión sobre política de dividendos. Pasa a ser una discusión sobre quién decide qué hacer con cientos de millones de euros cada año.
El problema de dividirlo todo en ocho
La solución que Del Vecchio había diseñado para su muerte parecía sencilla: repartir Delfin a partes iguales. Tras su fallecimiento en 2022, el holding quedó dividido en ocho participaciones del 12,5%: una para cada uno de sus seis hijos, otra para su viuda, Nicoletta Zampillo, y otra para Rocco Basilico.
Sobre el papel, todos tenían lo mismo. En la práctica, la igualdad accionarial escondía una familia extraordinariamente diversa.
Los tres hijos del primer matrimonio, Claudio, Marisa y Paola, han desarrollado sus vidas profesionales al margen de la gestión directa del negocio óptico. Leonardo Maria, hijo de Nicoletta Zampillo, es quien ha mostrado una participación más visible y ambiciosa dentro del mundo empresarial familiar. Luca y Clemente, hijos de Sabina Grossi, pertenecen a una generación mucho más joven.
Y después está Rocco Basilico, el particular octavo heredero. No es hijo biológico de Del Vecchio, pero sí forma parte de la estructura patrimonial que recibió el mismo 12,5% que los seis hijos del fundador.
Hay además un dato que ilustra hasta qué punto la herencia saltó directamente de una generación empresarial a otra. Clemente Del Vecchio tenía solo 18 años cuando murió su padre y se convirtió entonces en el multimillonario más joven del mundo. Hoy tiene 22 años.
De repente, una parte de un imperio construido durante más de seis décadas estaba en manos de alguien que todavía era prácticamente un adolescente. El problema no fue que la fórmula fuera injusta. Precisamente lo contrario: era tan igualitaria que ninguno podía imponerse por sí solo.
Las diferencias comenzaron a aparecer sobre los dividendos, la remuneración de los gestores, la estrategia de inversión y el futuro de la cartera. Y cuanto mayor es el patrimonio, más importante se vuelve cada desacuerdo.
La paradoja es sencilla: 12,5% es una participación gigantesca para cualquiera, pero no suficiente para gobernar Delfin en solitario. La igualdad que debía mantener unida a la familia empezó así a convertirse en un mecanismo de bloqueo.
Leonardo Maria mueve ficha: una operación de 10.000 millones
En ese escenario apareció el heredero que más claramente ha intentado modificar el equilibrio. Leonardo Maria Del Vecchio, de 31 años, planteó adquirir las participaciones de sus hermanos Luca y Paola, que sumaban otro 25% de Delfin. Si hubiera completado la operación, habría pasado del 12,5% al 37,5% y se habría convertido en el accionista dominante del holding.
El tamaño de la operación explica por sí solo la dimensión del movimiento: alrededor de 10.000 millones de euros. Pero no era simplemente una compraventa de acciones. Era un intento de modificar el reparto de poder que había dejado establecido su padre.
Leonardo Maria ha defendido la idea de concentrar participaciones como una vía para poner fin a años de tensión y simplificar la estructura de gobierno. El Financial Times recogió su posición favorable a esa consolidación accionarial.
Para hacerlo necesitaba financiación. Y ahí apareció el primer gran obstáculo: el consejo de Delfin no respaldó que el holding apoyara la operación, dejando prácticamente bloqueado su intento de convertirse en el accionista dominante.
El movimiento abrió además una grieta entre los dos hombres que Del Vecchio había dejado en posiciones clave. Francesco Milleri, presidente de Delfin y consejero delegado de EssilorLuxottica, apoyó la posibilidad de que Leonardo Maria concentrara el poder. Romolo Bardin, consejero delegado de Delfin, se opuso a que el holding respaldara la operación. La escena tiene algo de ironía.
Del Vecchio no había designado a ninguno de sus hijos como sucesor empresarial. Había confiado buena parte de la continuidad ejecutiva a profesionales. Después de su muerte, uno de sus herederos intentaba precisamente concentrar en sus manos el poder que su padre había decidido no entregar a ninguno.
El intento no prosperó. Leonardo Maria no consiguió el respaldo necesario del consejo y la operación quedó prácticamente bloqueada. Pero había dejado una cosa clara: la siguiente generación ya no estaba dispuesta a limitarse a cobrar la herencia.

Rocco Basilico, el octavo heredero que nadie puede ignorar
Si Leonardo Maria representa el intento de concentrar poder, Rocco Basilico encarna una posición diferente.
Su lugar dentro de la familia es singular. Es hijo de Nicoletta Zampillo y de un matrimonio anterior, por lo que no es descendiente biológico de Leonardo Del Vecchio. Aun así, recibió el mismo 12,5% de Delfin que cada uno de los seis hijos del fundador.
Y Basilico no llegó a la disputa como un heredero ajeno al negocio. Durante años desarrolló una carrera dentro de EssilorLuxottica, especialmente en el ámbito de los wearables y las nuevas categorías tecnológicas.
Desde Estados Unidos tuvo un papel destacado en la alianza con Meta para desarrollar las gafas inteligentes Ray-Ban Meta, uno de los proyectos que mejor representa la transformación del negocio que construyó Del Vecchio. Según el Financial Times, recientemente dejó su puesto ejecutivo en el grupo.
Su enfrentamiento con Leonardo Maria ha terminado en los tribunales. Basilico cuestionó decisiones relacionadas con la posible venta de las participaciones de Luca y Paola, mientras Leonardo Maria puso en duda el derecho de su hermanastro a conservar su participación en Delfin. Los litigios se han extendido a Italia y Luxemburgo, donde tiene su sede el holding. Pero detrás de las demandas hay también dos visiones distintas sobre qué hacer con la fortuna.
Basilico ha defendido la posibilidad de ofrecer una salida a los accionistas mediante la venta de parte de las inversiones financieras, manteniendo la participación en EssilorLuxottica. Leonardo Maria, por el contrario, considera que una estrategia de ese tipo podría debilitar el legado industrial de su padre.
Dos herederos. Dos estilos. Y una misma participación del 12,5%. Es quizá la mejor fotografía de la crisis de Delfin: ocho personas recibieron exactamente lo mismo, pero ninguna recibió exactamente la misma idea sobre qué hacer con ello.
Y mientras tanto, Zuckerberg quiere las gafas
La historia sería suficientemente extraordinaria incluso sin tecnología. Pero hay una coincidencia que eleva todavía más la apuesta. Mientras los herederos se pelean por Delfin, EssilorLuxottica está intentando convertir las gafas en uno de los grandes dispositivos tecnológicos del futuro.
Ray-Ban Meta llegó al mercado en 2023, fruto de la alianza entre EssilorLuxottica y Meta. Las gafas incorporan cámara, audio y funciones de inteligencia artificial, y han convertido una montura tradicional en una puerta de entrada a la tecnología wearable. La compañía asegura que Ray-Ban Meta se ha convertido en la categoría de gafas con IA más vendida del mundo.
El negocio ha crecido hasta el punto de que Meta también amplió la alianza hacia Oakley Meta en 2025 y continúa desarrollando nuevas generaciones de gafas con inteligencia artificial junto a EssilorLuxottica. Y Meta no se quedó únicamente como socio tecnológico.
En 2025, la compañía adquirió una participación de aproximadamente el 3% de EssilorLuxottica, valorada en unos 3.000 millones de euros, según fuentes citadas por Reuters. La operación fue interpretada como una apuesta estratégica por el futuro de las gafas inteligentes.
La ironía es difícil de ignorar. Mientras una familia discute quién controla las gafas, una de las mayores compañías tecnológicas del mundo está intentando asegurarse un lugar dentro de ellas.
Y eso convierte el conflicto de Delfin en algo más que una disputa hereditaria. Lo que está en juego es también quién tendrá capacidad para decidir el rumbo de una compañía que está pasando de fabricar gafas a competir en una nueva categoría tecnológica.
Hubo una tregua. Pero la tregua no duró
La disputa no ha vivido únicamente de demandas. En algunos momentos, la familia ha intentado encontrar una salida al bloqueo, pero las diferencias sobre dividendos, gobierno y estrategia han terminado demostrando que el problema era estructural.
La junta anual celebrada este verano volvió a ponerlo de manifiesto. Los accionistas no lograron ponerse de acuerdo sobre un aumento de los dividendos ni sobre la posibilidad de que los miembros de la familia pudieran trasladar sus participaciones a vehículos patrimoniales propios. Leonardo Maria no acudió a la reunión.
El problema de fondo es que Delfin necesita tomar decisiones en un entorno que no espera a que la familia se ponga de acuerdo. La banca italiana está atravesando un proceso de consolidación. Las posiciones de Delfin en Generali, UniCredit y Monte dei Paschi pueden tener importancia en operaciones corporativas de gran tamaño. Y EssilorLuxottica está transformando su propio negocio mientras las gafas inteligentes empiezan a abrir una nueva categoría tecnológica.
Para un holding de este tamaño, no decidir también tiene un coste. No comprar, no vender, no reorganizar una cartera o no utilizar una participación estratégica puede significar dejar pasar oportunidades mientras el mercado continúa avanzando. Y ahí aparece una de las contradicciones más interesantes de la herencia de Del Vecchio: una estructura pensada para proteger la fortuna puede convertirse en un obstáculo cuando sus propietarios dejan de querer conservarla de la misma manera.
El imperio ya no es solo Ray-Ban: el dinero también está en juego en Italia
La dimensión del conflicto se entiende mejor cuando se mira qué hay al otro lado de las participaciones de Delfin.
La familia no controla únicamente el negocio óptico a través de EssilorLuxottica. Su cartera incluye posiciones relevantes en algunos de los nombres más importantes del capitalismo italiano: aproximadamente un 10% de Generali, casi un 3% de UniCredit y un 17,5% de Monte dei Paschi di Siena, según el Financial Times. Eso convierte a Delfin en un accionista capaz de influir en operaciones que poco tienen que ver con unas gafas de sol.
El caso de Monte dei Paschi es especialmente delicado. Delfin adquirió buena parte de esa posición en el marco de la operación por la que MPS se hizo con Mediobanca, y ahora su 17,5% puede convertirse en una pieza relevante dentro de las maniobras de consolidación bancaria italiana.
Si la banca continúa concentrándose, el valor de una participación como esta no se mide únicamente por su cotización. También se mide por los votos que representa en una mesa donde se decide el futuro de una entidad.
Por eso el bloqueo familiar tiene una dimensión política y empresarial mucho mayor de lo que podría parecer desde fuera.
El Financial Times apunta además a otro posible desenlace: que Delfin termine simplificando su cartera y reduciendo algunas de sus inversiones financieras para concentrarse en EssilorLuxottica, el activo que representa de forma más directa el legado industrial de Del Vecchio. Pero vender también tiene un precio. Significaría obtener liquidez y reducir la exposición a asuntos corporativos y políticos especialmente sensibles, pero también renunciar a una parte del poder que Del Vecchio acumuló durante décadas.
Ray-Ban mira al futuro: las gafas que pueden cambiar el negocio
Mientras la familia pelea por el control de la herencia, la compañía que está en el centro de todo intenta transformarse.
Porque EssilorLuxottica ya no vive únicamente del negocio tradicional de las monturas y las lentes. Una de sus grandes apuestas está precisamente en convertir las gafas en una nueva categoría tecnológica. Y ahí vuelve a aparecer Ray-Ban.
La alianza con Meta ha llevado a la compañía mucho más allá de las gafas de sol tradicionales. Las Ray-Ban Meta incorporan cámaras, audio y funciones inteligentes, convirtiendo una montura que durante décadas fue un objeto de moda en una interfaz tecnológica que se lleva puesta. EssilorLuxottica identifica las Ray-Ban Meta entre las principales innovaciones de su nueva etapa y mantiene una alianza de largo plazo con Meta.
La conexión con Rocco Basilico resulta especialmente significativa porque durante su etapa en EssilorLuxottica estuvo vinculado precisamente al área de wearables y al desarrollo de esa alianza.
La transformación cambia la naturaleza del negocio. Las gafas pueden dejar de competir únicamente por diseño, materiales, comodidad y prestigio y empezar a competir también por cámaras, inteligencia artificial, audio, asistentes digitales y ecosistemas tecnológicos.
La gafa deja de ser solamente un accesorio. Puede convertirse en un dispositivo. Y ahí aparece una de las grandes ironías de la historia. Del Vecchio pasó décadas convirtiendo una pieza óptica en una marca global. La siguiente generación tiene ante sí el reto de convertir esa misma pieza en algo que se sitúa entre la moda, la salud visual y la tecnología.
La compañía que nació en Agordo fabricando componentes puede acabar participando en una de las grandes batallas tecnológicas por el dispositivo que llevaremos en la cara.
La ironía final de Leonardo Del Vecchio
Hay algo casi literario en la situación. Leonardo Del Vecchio pasó su vida haciendo exactamente lo contrario de lo que está ocurriendo ahora. Construyó. Integró. Compró. Fusionó. Centralizó.
Cuando Luxottica empezó como un pequeño taller en 1961, nadie podía imaginar que acabaría formando parte de una compañía capaz de dominar buena parte del mercado mundial de gafas. Del Vecchio convirtió una empresa de componentes en un imperio que terminaría controlando marcas, fábricas, distribución y tiendas.
Después de su muerte, ese imperio se repartió entre ocho personas. Doce coma cinco por ciento para cada una. La igualdad parecía la mejor manera de evitar una guerra. Y, sin embargo, cuatro años después, la guerra ha llegado precisamente por el reparto del poder.
Hoy, el futuro de Delfin depende de si sus herederos consiguen decidir qué quieren hacer con lo que recibieron: conservar el imperio tal como lo dejó su fundador, dividirlo, simplificarlo o permitir que uno de ellos reúna suficiente poder para volver a dirigirlo.
Mientras tanto, detrás de los nombres familiares hay algo mucho más grande. Está EssilorLuxottica, con Ray-Ban y Oakley. Está el futuro de las gafas con inteligencia artificial. Está el dinero de Meta. Están Generali, UniCredit y Monte dei Paschi. Y está una fortuna que se ha convertido en una de las grandes piezas privadas del capitalismo italiano.
La paradoja es que Del Vecchio consiguió construir un imperio prácticamente imposible de imaginar cuando empezó. Lo difícil, ahora, puede ser algo mucho más sencillo: conseguir que sus herederos se pongan de acuerdo sobre quién debe llevar las gafas.

