Durante demasiados años, hablar de industria parecía mirar al pasado. La modernidad económica se asociaba a los servicios, a las finanzas o a la digitalización, mientras que fabricar parecía una actividad propia de otro tiempo. Pero las crisis recientes han corregido esa percepción. La pandemia, la fragmentación de las cadenas globales de valor, la crisis energética y la nueva rivalidad industrial-tecnológica entre Estados Unidos y China han devuelto la industria al centro de la agenda económica. Hemos aprendido que la base productiva refuerza la autonomía estratégica, la innovación aplicada y el empleo de calidad.
Cataluña lo sabe bien. Su historia económica no se entiende sin la industria que nació con el textil en el siglo XIX y hoy está ampliamente diversificada en sectores como la química, la automoción, la alimentación, la farmacia, el packaging, la maquinaria o los nuevos proyectos vinculados a los chips o las renovables.
Sin embargo, hoy la industria es muy diferente a la que teníamos a principios de siglo. Uno de los cambios más relevantes es la relación cada vez más estrecha entre industria y servicios. Parte de lo que antes se hacía dentro de la empresa industrial se ha externalizado hacia actividades de servicios especializadas. Eso significa que las estadísticas tradicionales tienden a infravalorar el verdadero perímetro industrial. Cuando una empresa industrial invierte arrastra consigo a proveedores tecnológicos, ingenierías, centros de investigación, operadores logísticos, servicios financieros, empresas de diseño, mantenimiento especializado y formación profesional.
Por eso, la industria actúa como un multiplicador de actividad económica y su impacto real va más allá de sus empleados directos, constituyendo la auténtica columna vertebral del país. De hecho, más de la mitad de las principales empresas catalanas son industriales, destacando algunas como Seat, Grífols, Puig, Vall Companys, Mango, C.A. Guissona, Nestlé, Cirsa, Agrolimen, Fluidra, Werfen, BASF, Celsa, Roca, Damm, La Farga, Cañigueral, Ficosa, Casa Tarradellas, Europastry, Almirall y Esteve, entre muchas otras.
La pregunta relevante no es si Cataluña se ha desindustrializado, sino si hemos sabido interpretar correctamente la transformación de su industria. Los datos nos ofrecen una visión optimista y a veces poco conocida. A pesar del fuerte crecimiento de los servicios, la industria manufacturera sigue mantenido constante su peso en el PIB catalán los últimos 15 años en el 16% (o 19% si se incluye la industria extractiva, energía y agua), y mantiene constante su peso en la industria española entorno al 25%.
Además, la industria aporta el 52% del gasto en I+D total que realizan internamente las empresas, prácticamente la totalidad de las exportaciones y unos salarios que son el 15% más altos que la media. Estos mayores salarios se deben a que el sector industrial tiene una productividad superior a la de otros sectores. De hecho, en los últimos quince años (2009-2014) la industria manufacturera catalana ha perdido ocupación (-8%) pero ha seguido creciendo en valor añadido (+14%). Esto es el resultado de haber aumentado su productividad gracias a los procesos de automatización y mejora de eficiencia que han transformado por completo una industria que hoy está más cerca de los chips que de las chimeneas.
La resiliencia de la industria catalana en los últimos años confirma esta tesis. Europa ha sufrido una fuerte presión por el encarecimiento energético y la competencia asiática. Sin embargo, Cataluña ha resistido bien gracias a tener un tejido industrial diversificado, a su fuerte orientación exterior y a su capacidad de atraer inversión y talento.
Pero el futuro de la industria no está asegurado. Compite en un mundo donde Estados Unidos protege su base productiva, China escala tecnológicamente y Europa intenta redefinir tarde su autonomía industrial. La reindustrialización europea ya no es una opción, sino una necesidad estratégica.
Cataluña parte con ventajas importantes: tradición industrial, cultura exportadora, diversificación sectorial, universidades, centros tecnológicos, infraestructuras científicas, ecosistemas innovadores y capacidad para atraer inversión extranjera.
Pero también arrastra obstáculos. Por ello, la mejor política industrial no es la que se proclama sino la que actúa, favoreciendo las condiciones para que la industria pueda invertir, crecer y competir. Lo que se traduce en mayor agilidad en los permisos, una regulación que permita competir internacionalmente, energía a precios competitivos, infraestructuras fiables, colaboración público-privada y una estrategia de innovación conectada con las empresas. También exige superar una cierta desconfianza cultural hacia la actividad industrial, valorizar el papel de los empresarios/as industriales y apoyar la financiación paciente (15 años o más) que requiere un proyecto industrial y que no es compatible con visiones centradas en el rendimiento inmediato.
Cataluña no debe aspirar únicamente a ser una economía de servicios, ni una economía de consumo, ni un territorio atractivo solo por su turismo. Debe continuar siendo una economía diversificada, productiva, innovadora y abierta al mundo. Y eso exige preservar, modernizar y ampliar la columna vertebral de su economía, que es la industria.
Carme Poveda | Directora de Análisis Económico de la Cámara de Comercio de Barcelona y directora del Observatorio Mujer, Economía y Empresa.

