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Tribuna

Greenspan: el oráculo que heredó la gloria de Volcker

El verdadero valedor de la independencia del banco central frente a la política se llamaba Volcker, a Greenspan le tocó administrar esa herencia y dilapidar buena parte de ella

Alan Greenspan.
Alan Greenspan (Getty Images)

Murió Alan Greenspan a los cien años y con él se cierra una época que durante casi dos décadas confundió la opacidad con la sabiduría. Pocos banqueros centrales han gozado de un aura semejante. Durante los dieciocho años que dirigió la Reserva Federal se le trató como a un oráculo cuyo murmullo descifraban los mercados, una figura a la que la prensa llegó a retratar en la portada de Time como parte del «comité para salvar el mundo». Su lenguaje deliberadamente críptico, el célebre fedspeak, funcionaba como coartada: con aquella prosa nebulosa resultaba difícil pedirle cuentas. Conviene, ahora que los obituarios compiten en elogios, mirarla con más frialdad.

Empecemos por la paradoja que define su biografía. Greenspan se formó en el círculo de Ayn Rand y escribió en 1966 un ensayo, «El oro y la libertad económica», en defensa del patrón oro. Allí advertía de que, sin un dinero anclado en algo real, no hay forma de proteger el ahorro de la confiscación a través de la inflación. Y allí describía algo más inquietante: cómo el crédito excesivo que la Reserva Federal inyectó en los años veinte se desbordó hacia la bolsa, alimentó un boom especulativo descomunal y, cuando la Fed quiso frenarlo, ya era tarde y la economía se desplomó en 1929. Basta sustituir «bolsa» por «mercado inmobiliario» para tener el retrato exacto de la crisis de 2008. El joven Greenspan diagnosticó la enfermedad que el viejo Greenspan provocaría décadas después.

Su leyenda, además, se construyó sobre una inflación que ya estaba domada cuando él llegó. El mérito de haber demostrado que un banco central independiente del poder político puede vencer a la inflación pertenece a su antecesor, Paul Volcker, y no a él. A comienzos de los ochenta Volcker llevó los tipos cerca del veinte por ciento, se tragó una recesión durísima y soportó ataques políticos feroces, rompiendo la espiral inflacionista de los setenta a un precio enorme que asumió a la vista de todos. Esa es la credibilidad que importa, la que se gana costeando las decisiones impopulares. Greenspan cosechó la estabilidad que Volcker había sembrado y se llevó el aplauso.

Donde sí aparece su firma con todas las letras es en los excesos que vinieron después. La famosa Greenspan put, la convicción de los mercados de que la Fed acudiría siempre al rescate ante cualquier sobresalto, nació con él: en el crac bursátil de 1987, en el rescate del fondo Long-Term Capital Management en 1998, en el pinchazo de las puntocom. Tras los atentados de 2001 llevó los tipos hasta el uno por ciento y los mantuvo ahí demasiado tiempo. Con el dinero tan barato, a la banca le resultó rentable endeudarse a corto para financiar hipotecas a largo, y sobre ese desajuste creció la burbuja inmobiliaria. Llegó incluso a animar a los hogares a contratar hipotecas a tipo variable pocos meses antes de empezar a subir los tipos, y se había opuesto a regular los derivados que luego resultarían tóxicos. La crisis de 2008 fue, en buena medida, la factura de aquella política.

El epitafio más honesto de toda su carrera lo escribió, sin pretenderlo, él mismo. En octubre de 2008, ante el comité del Congreso que presidía Henry Waxman, reconoció que había encontrado un fallo en su modelo de cómo funcionaba el mundo y confesó su conmocionada incredulidad al descubrir que el interés propio de los bancos no bastaba para protegerlos de la ruina. Pasó luego años atribuyendo la burbuja a un exceso de ahorro asiático antes que a sus propios tipos, pero esa coartada convence a pocos. Para alguien que había cimentado su prestigio en la certeza absoluta, aquella confesión vale más que cualquier panegírico.

Lo más revelador es que Greenspan conocía la teoría austriaca del ciclo mejor que casi nadie. Su error no fue de ignorancia. Había descrito ese mismo mecanismo cuarenta años antes, y tal vez por eso llegó a creer que podía pilotar el ciclo, equilibrando crecimiento e inflación a base de pequeños booms encadenados. La economía no se deja gobernar con esa precisión. Su caso encierra una advertencia para los liberales: la fatal arrogancia que Hayek reprochaba a los planificadores no perdona a quien conoce la teoría en cuanto se sienta a los mandos y se cree capaz de tutelar un orden tan complejo como una economía.

Quizá por eso acabe pasando a la historia como quien mejor demostró en la práctica, y contra su propia voluntad, lo frágil que resulta un sistema monetario que descansa en la clarividencia de un solo hombre y en un dinero sin más ancla que su criterio.

El verdadero valedor de la independencia del banco central frente a la política se llamaba Volcker. A Greenspan le tocó administrar esa herencia y dilapidar buena parte de ella. El mito, por fin, descansa.

Santiago Calvo | Analista económico y profesor en la Universidad de las Hespérides.

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