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¿Necesitará África un Plan Marshall?

La explosión demográfica del continente negro está induciendo programas de colaboración entre las economías más desarrolladas y algunos países africanos.

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¿Es África el continente perdido? Probablemente no, pero desde el fin de la época colonial y de las aventuras de la guerra fría nunca había suscitado tanta atención en Europa como ahora. El continente africano, y concretamente la región subsahariana, ha pasado de ser un mercado de materias primas y de sistemas políticos inestables –con escasas excepciones– a convertirse, además, en una bomba demográfica que amenaza directamente a las antiguas metrópolis con oleadas de miles de emigrantes y refugiados huyendo en busca de una oportunidad que dignifique sus vidas.

Esta bomba demográfica está induciendo nuevos instrumentos de colaboración entre las economías desarrolladas y África que intentan alejarse de las políticas de ayuda emprendidas desde los años 70, a las que se les reprocha haber prestado más atención en mantener el status quo político y comercial que en sentar unas bases de un desarrollo económico inclusivo y en promover un marco institucional estable.

“África tiene futuro si se van consolidando estados que doten de seguridad jurídica a su sociedad y reduzcan sustancialmente la capacidad depredatoria de sus élites. Desde mediados y finales de los noventa hay varios países que han emprendido ese camino y se está reflejando en una mejora económica (y no solo por el aumento del PIB, sino también por la extensión de su tejido productivo y por la reducción sustancial de la pobreza)”, señala Carlos Sebastián, Catedrático de Universidad y autor del libro Subdesarrollo y esperanza en África.

 

Un Plan Marshall alemán

Dos iniciativas similares entre sí han surgido y ambas alentadas por Alemania, cuyo 12% de población emigrante está marcando su agenda política doméstica: un Plan Marshall para África (MPA, en sus siglas en inglés), de ámbito europeo, que establezca un nuevo marco de colaboración “para el desarrollo, la paz y un futuro mejor” del continente africano; y el llamado ‘Compact with Africa’ (CWA), que podría traducirse como ‘Pacto con África’, y en el que se han implicado el Banco Mundial, FMI y el Banco Africano de Desarrollo (BAD).

El objetivo de ambas iniciativas es común: afrontar un ambicioso plan de inversiones, fundamentalmente privadas, en infraestructuras que coloque a África en la senda de un crecimiento económico para superar su atraso y absorber su monumental volumen de mano de obra joven (la tasa media de paro en el continente es del 60%). “La implicación africana debe fortalecerse y dejar atrás los días de ‘ayudas’ y de ‘donantes y receptores’. La UE y sus Estados miembro quieren comprometerse en una asociación entre iguales”, según se recoge en el documento del Ministerio alemán para el Desarrollo y Cooperación Económicos que detalla la versión africana del Plan Marshall.

Para Akinwumi Adesina, presidente del Banco Africano de Desarrollo (BAD), el continente se juega su futuro en las próximas décadas en que su población se duplicará. “La población de África está creciendo rápidamente: en 2050 se estima que 2.500 millones de personas vivirán en el continente, casi el doble que en la actualidad. Para 2030, unos 440 millones de personas buscarán trabajo. La economía africana necesita crecer para atender este boom. Sin embargo, las condiciones existentes en muchos países harán que esto sea difícil de lograr si las cosas no cambian. Solo 130.000 millones de dólares (112.000 millones de euros) al año serían suficientes para expandir la redes de infraestructuras africanas, aproximadamente el equivalente al volumen total de ayuda pública para el continente”.

El Banco Mundial calcula que África necesita invertir unos 50.000 millones de dólares (43.000 millones de euros) al año para cubrir sus déficits en infraestructuras y crear además 20 millones de empleos anuales hasta 2035.

 

Un pacto con África

La Unión Europea, sumida en una profunda división en política migratoria, acaba de lanzar –tras los pasos de la iniciativa alemana– una propuesta para el desarrollo de África, cuyo alcance y virtualidad están aún por precisar teniendo en cuenta las estrecheces presupuestarias comunitarias. El presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, ha dicho que quiere movilizar 40.000 millones de euros con cargo al próximo presupuesto comunitario (2020-2026) para el desarrollo de infraestructuras y de pymes africanas.

Según Tajani, con este presupuesto y la implicación del Banco Europeo de Inversiones (BEI) “es posible cambiar el destino de África. Europa debe elegir un auténtico Plan Marshall para África, es decir, un plan de inversiones. No se trata de un regalo. […] Es preciso luchar para reducir el paro juvenil, es nuestra prioridad”, precisa Tajani.

Las nuevas políticas de ayuda hacia África quieren distanciarse del viejo modelo, que para muchos especialistas ha sido un fracaso, como afirma la zambiana Dambisa Moyo, exconsultora del Banco Mundial, exresponsable de análisis económico para el África subsahariana en el banco de inversiones Goldman Sachs y autora del influyente y provocativo libro Dead Aid (Ayuda Mortal), en el que propone una nueva aproximación a la realidad del continente: que sean los propios africanos quienes asuman definitivamente sus riendas políticas y económicas, terminando con la larga dependencia del exterior, y que la ayuda financiera lo sea bajo el compromiso de devolverla.

Moyo cuestiona que un Plan Marshall pueda funcionar en África como lo hizo en Europa tras la Segunda Guerra Mundial, donde –señala–, a diferencia de África, había unas instituciones capaces y también un escenario geoestratégico de ‘guerra fría’ que ‘aconsejaba’ la ayuda económica. “En los últimos 50 años –afirma Moyo– se ha enviado más de un billón de dólares (0,9 billones de euros) a África. ¿Y qué se ha logrado? Entre 1970 y 1998, cuando la ayuda que fluía a África estaba en su apogeo, la pobreza aumentó del 11% a un asombroso 66%”. Moyo no niega que tanta ayuda humanitaria haya podido tener algún impacto positivo a nivel local, pero su conclusión es que “ha sido, y sigue siendo, un desastre político, económico y humanitario absoluto para la mayor parte del mundo en desarrollo. El resto del mundo está yendo en una dirección, en una trayectoria de crecimiento, y África va completamente en la dirección opuesta. ¿Y aún así nos sentamos y discutimos el envío de otros 50.000 millones de dólares (43.000 millones de euros) en ayuda? ¡Venga ya!”.

Por el contrario, Jeffrey Sachs, un mediático economista estadounidense, asesor para las Naciones Unidas en desarrollo sostenible y autor del volumen The End of Poverty (El fin de la pobreza), obra en la que veía posible acabar con esta lacra en el mundo para 2025, defiende las políticas llevadas a cabo en África, y apunta –además de a sus circunstancias e historia– a su modelo de agricultura de secano, que, a diferencia del sureste asiático, que superó su pasado de pobreza y subdesarrollo, le ha impedido acometer una Revolución Verde que, como en India, resolviera sus necesidades alimentarias. “A pesar de la persistencia de la pobreza, muchas condiciones en África han mejorado en las últimas décadas. […] La ayuda [internacional] ha jugado un papel útil en todo esto, sin embargo ha sido muy limitada, con un promedio de 35 dólares (30 euros) por africano y año desde 1960. La ayuda nunca ha recibido los recursos adecuados o no se ha dirigido hacia un período determinado con el objetivo de acabar con la trampa de la pobreza y así romper con su dependencia”, afirma Sachs.

“El problema ha sido el modelo económico de los 70, 80 y principios de los 90. La cuestión no era solo que fuera intervencionista, que lo era en grado sumo, sino que la férrea intervención tenía como objetivo casi exclusivo la perpetuación en el poder del grupo que lo había implantado, excluyendo del sistema económico a los no afines. Se laminó la única fuente de generación de renta que tenían (la agricultura) porque el apoyo de esa población dispersa no era por lo general políticamente útil. Y se creó una estructura productiva urbana raquítica e ineficiente, porque la política que se siguió carecía de toda lógica y solo buscaba favorecer a los fieles”, precisa el profesor Sebastián.

 

Otras condiciones

Poco se sabe de los detalles financieros de los citados planes, salvo que el sector privado tendrá una participación fundamental. El ‘Plan Marshall’ alemán quiere sacudirse de los errores del pasado y propone, a cambio de ofrecer asistencia económica y tecnológica, que el país receptor se comprometa a aplicar reformas que propicien un clima inversor favorable. Algunas posiciones políticas en Alemania proponen un análisis más detenido sobre el destino y naturaleza de las inversiones, y, en cualquier caso, vincularlas a cambios políticos estructurales que fomenten el respeto a los derechos humanos y a los estándares internacionales medioambientales y laborales.

El profesor Robert Kappel, del Instituto de Estudios Africanos de la Universidad de Leipzig, no ve con demasiados buenos ojos la iniciativa de la canciller porque en su opinión la política alemana hacia África es “paternalista” y “sigue estancada en un enfoque de ayuda y caridad. […] la ayuda es cada vez menos bienvenida, porque, a pesar de los cientos de miles de millones de

dólares, realmente no ha avanzado el desarrollo en África. Es por eso que la política de Alemania en África necesita sobre todo un cambio de paradigma, que acepte que el desarrollo solo puede venir desde dentro, o para decirlo de otra manera: que los africanos decidan por sí mismos la manera que quieren de avanzar. […] Si continuamos con nuestra acción samaritana, aprenderemos tarde. Alemania debería aprender rápidamente cómo lograr una cooperación que esté en línea con las prácticas entre países soberanos y grupos de países”, señala el profesor Kappel.

 

El amigo chino

Para el inversor multimillonario George Soros, África podría ser el desencadenante de otra gran crisis financiera mundial a menos que se le preste ayuda. Soros, uno de los hombres de negocios más influyentes a nivel internacional, ha propuesto una reedición del Plan Marshall europeo para el continente africano por un monto de 35.000 millones de dólares (30.100 millones de euros) cuya financiación se haría a través de los mercados, pero sin facilitar más detalles. “Un Plan Marshall también ayudaría a reducir el número de refugiados políticos con el fortalecimiento de regímenes democráticos en el mundo en desarrollo. El estímulo económico de un Plan Marshall debería comenzar justo en el momento correcto”, afirma el empresario estadounidense de origen húngaro.

China lleva quince años desarrollando una activa política de relaciones comerciales con África a través de su red de empresas públicas y con cuantiosas inversiones. En el Foro de Cooperación China-África (Focac), el presidente chino, Xi Jinping, anunció 60.000 millones de dólares (unos 52.000 millones de euros) en financiación para el continente (la misma cifra de la anterior cumbre; hace tres años).

La presencia china ha levantado suspicacias entre las potencias occidentales que asisten con cierta impotencia a la creciente y sigilosa influencia de los intereses chinos en el continente, eclipsando su labor previa y marginándolas del nuevo eje geoestratégico que el gigante asiático está levantando en la región.

“La cooperación China-África debe proporcionar a los respectivos pueblos beneficios tangibles y logros que puedan verse y notarse”, declaró Xi Jinping en la apertura del Foro, al tiempo que lanzó un mensaje contra quienes ven el activismo inversor chino como una nueva versión colonialista. “La inversión de China en África no viene con condiciones políticas, y no interferiremos en la política interna de los países, ni exigiremos demandas que la gente piense que son difíciles de cumplir”. Pekín no oculta su voluntad de desempeñar mayores responsabilidades: aportaremos ayuda militar a la Unión Africana, apoyaremos a los países de la región del Sahel y de los golfos de Adén y Guinea para que mantengan la seguridad y combatan el terrorismo en esas áreas”, afirmó el Jefe del Estado chino. El gigante asiático dispone de una base militar en Yibuti, el Cuerno de África, y es el miembro del Consejo de Seguridad de la ONU con más tropas de paz desplegadas y mayor número de misiones diplomáticas en la región.

Sobre China desciende la sombra de sospecha de estar ejerciendo una versión actualizada del colonialismo occidental; por ejemplo: de emplear escasa mano de obra local en sus proyectos y de tener una voracidad de materias primas muy familiar en el continente. Esta política ha cosechado en poco tiempo importantes resultados: en el año 2000 el comercio entre China y África fue de apenas 10.000 millones de dólares (8.600 millones de euros) y en 2014 se multiplicó por más de 20 veces hasta los 220.000 millones de dólares (189.000 millones de euros), según cifras de la Johns Hopkins School of Advanced International Studies, en Washington. Durante ese mismo periodo la inversión directa china en África pasó de representar solo el 2% de la estadounidense al 55%. En la actualidad, China estaría aportando alrededor de una sexta parte de todos los préstamos que recibe África, de acuerdo con la Brookings Institution, un laboratorio de ideas estadounidense sin ánimo de lucro.

“Desde la perspectiva de África, aunque China entraña riesgos, aporta ventajas financieras tangibles e ingenieros. Más importante aún, presenta opciones. Esto es bien recibido por los gobiernos africanos que durante décadas han estado bloqueados por unas relaciones a menudo improductivas con donantes extranjeros que contribuían con miles de millones de dólares en ayuda, pero también, en los años ochenta y noventa llevaron el Consenso de Washington, cuyas prescripciones de liberalización económica y de reformas estructurales vieron como una ruina”, señala el diario Financial Times.