En el mundo del vino, como en otros tantos sectores ligados al territorio, cada vez pesa más cómo se produce que lo que se produce: el impacto sobre el entorno, la gestión de los recursos o la relación con la comunidad hace tiempo que dejaron de ser variables secundarias para convertirse en parte central del modelo de negocio.
La bodega Familia Torres, con raíces en el Penedès y presencia en distintas regiones vitivinícolas de España y Chile, lleva años trabajando en esa dirección, con una perspectiva que va más allá de la sostenibilidad entendida en términos tradicionales. Bajo un propósito que resume como «pasión por crear momentos de alegría y conectar a las personas para un mundo mejor», la compañía ha ido articulando una forma de operar en la que el impacto positivo forma parte de la propia actividad. Y es ese recorrido el que explica ahora su incorporación a la comunidad global B Corp, que reconoce a compañías con altos estándares sociales, ambientales y de gobernanza.
La bodega ha obtenido una puntuación de 121,3 puntos en el proceso de certificación, muy por encima del mínimo exigido (80), un resultado que refuerza una línea de trabajo previa más que marcar un punto de partida. Más allá del dato, la certificación evidencia un modelo que no se limita a reducir su huella, sino que busca generar un impacto positivo desde el origen.
Ese planteamiento se traduce en un enfoque que la propia compañía define como regenerativo. No se trata únicamente de producir vino bajo criterios sostenibles, sino de intervenir de forma activa en la recuperación de los ecosistemas y en el fortalecimiento del entorno en el que opera. «B Corp nos ayuda a integrar la sostenibilidad social, medioambiental y financiera en cada decisión y a seguir impulsando la mejora continua», señala Mireia Torres, directora de Innovación y Sostenibilidad.
En la práctica, esto se concreta en iniciativas transversales en todas las bodegas de Familia Torres, desde España hasta Chile, donde elabora sus vinos, destilados, y también aceites y vinagres: desde la gestión del agua y la conservación del suelo hasta la protección de la biodiversidad o el impulso del tejido socioeconómico local. La lógica es clara: no solo minimizar el impacto, sino contribuir a regenerar los recursos y comunidades vinculados a la actividad vitivinícola.
Una de las palancas clave en este proceso ha sido la innovación. La recuperación de variedades ancestrales —iniciada en los años 80— o el desarrollo de su programa ambiental Torres & Earth reflejan una estrategia que combina tradición y adaptación para responder a retos como el cambio climático.
Además, la certificación –que concede la organización B Lab– también pone el foco en cómo se estructura la compañía más allá del producto final. Aspectos como la gobernanza, la relación con las personas o la gestión de la cadena de valor forman parte de un enfoque orientado a la mejora continua y a la generación de impacto positivo en el territorio.
Un compromiso que se proyecta también sobre el conjunto del sector. Familia Torres ha participado en la creación de iniciativas de alcance internacional como International Wineries for Climate Action (IWCA) o la Asociación de Viticultura Regenerativa (AVR), con el objetivo de impulsar modelos más responsables dentro de la industria del vino. «Ser B Corp no cambia nuestro ADN, pero sí lo formaliza y lo hace más visible», explica Miguel Torres, miembro de la quinta generación. Una idea que resume bien el momento actual de la compañía: la certificación no redefine su camino, sino que lo refuerza.

