Porto (41 grados 08´58 Norte) recibe a los marinos con una postal otoñal. Las mejores vistas de la ciudad las tiene la terraza de The Yeatman, el cinco estrellas que, desde Gaia, presume de boda y Rolls Royce como lo hacen los hoteles viejos.

Este es un hotel nuevo, apenas con una década de vida, gestionado por el inglés Adrian Bridge. Portugal siempre fijándose en los ingleses, con los sueños puestos en el Atlántico, y no en el ruido de naciones de nuestra España. Supongo que Bridge no gestionará The Yeatman solo por la automática traducción al castellano de su apellido. El puente de Don Luis I, que Eiffel quiso construir levadizo pero no le dejaron, es la conexión del hotel -con una de las dos estrellas de la ciudad— y el Porto húmedo, napolitano, de ropa tendida fuera, tapada por un plasticucho para ver si seca. Pero nunca seca.

El independiente Rui Moreira rige la vida de los 230.000 tripeiros y gestiona a diario el flujo de turistas que alimenta la ciudad. Hasta mediados de septiembre, cuando los visitantes aflojen, será obligatorio ir enmascarado en la calle. En las empedradas cuestas y rampas la norma se cumple pero a medias. Los oportunos obedecen, los que la visitan pasan un poco. En los interiores de comercios y museos sin antígenos no entras, y a boca abierta tampoco.

Cedofeita es la palabra que hay que apuntarse en el cuaderno de campo. El barrio alto de Porto no recibe apenas turistas. Algún cronista de EL ESPAÑOL y poco más. Está muy arriba. Está todo roto. Parece que hay poco que ver, pero no es así. Si miras entre visillos aprenderás que están instalándose aquí los comerciantes pequeños, modernos emprendedores, que quieren una clientela que les encuentre a ellos y no un río de American Express. Hay palacetes reformándose en condominios y jardines privados que sueñan con seguir siéndolo. Cedofeita no es Foz, el barrio de los pijos, pero atentos al nombre porque puede que en pocos meses la ciudad merezca ser visitada desde el cruce entre Cedofeita y Álvarez Cabral para ir descendiendo. Y que Cedofeita se impriman camisetas y bolsas de algodón para que las chicas modernas lleven sus cosas.

La Feria del Libro de Porto brinda la ciudad estos días a las letras. Caminarla bajo el gluguteo de los pavos reales le llena a uno los pulmones de vida. Conviene, eso si, no ponerse debajo cuando duermen en lo alto de las araucarias para garantizarse volver al hospicio con la camisa limpia. Abajo, el río acaricia las riberas, con sus catamaranes de turistas y los pocos veleros que se han atrevido a fondear fuera de las balizas. La puesta de sol desde el océano es gloriosa.

A diferencia de los vinos de Jerez los de Oporto son jóvenes, hijos del comercio inglés, provocado por Felipe II y su Armada Invencible que bloqueó la exportación de vinos gallegos de Ribeiro a Londres. Los ingleses cambiaron el Miño por el Duero y aquí paz y después gloria. Una casualidad los hizo dulces: el añadido de más alcohol nada más iniciarse la fermentación, que permitía el transporte en mejores condiciones. A los borrachines británicos les gustó el gusto y Porto encontró en el comercio su posición como capital del bebercio.

Cada vez se come mejor aquí. Los dos restaurantes que presumen de dos estrellas, Ricardo Costa en The Yeatman y Rui Paula en la Casa de Chá Da Boa Nova en Leça da Palmeira en uno de los primeros edificios de Siza Vieira (88, son las referencias primeras, pero yo me detengo, ya oscuro, en una empinada calleja con una cola de vecinos. Esperan para comerse una bifana en el Conga (desde 1976), un bocata de cerdo que está de chuparse los dedos. La cuenta es un escándalo, no llega a 14 euros, dos sopas, dos bocatas, una montaña de patatas fritas de verdad -nada de congelados- y dos cañitas de Super Bock la cerveza local cuyo logo inunda de espuma las camisetas de las tiendas de recuerdos.

Si contempla mi lector un salto a Porto recomiendo no venir en avión y detenerse por carretera río arriba en la propiedad Six Senses Douro. La cadena, ahora en manos de un fondo inglés, dirigida por Neil Jacobs, acaba de abrir en Portinax (Ibiza), prepara su desembarco en Madrid, y estudia un modelo urbano que pronto veremos en Roma y Londres. A los fogones el leridano triatleta Marc Lores, recién llegado de Bali, defiende una cocina excelente. Ver caer la luz sobre las terrazas empinadas que le guardan las espaldas a este hotel que filmó Manoel de Oliveira es impresionismo hospitalario. Buena bodega y una piscina sobre los meandros digna de apuntar para unas posibles memorias hedonistas. La cabaña al final del paseo por el bosque es mi sitio secreto, un lugar perfecto para leer la profunda amistad entre Miguel Delibes y Francisco Umbral, en un epistolario enternecedor recién publicado por Destino (La amistad de dos gigantes: Correspondencia 1960/2007. 445 pág).

Marcho de Porto y me cruzo con Caetano Veloso, tan querido en Portugal, tan querido en todo el mundo, al que debo parte de mi educación sentimental, y al que un día convidé a cenar con Almodóvar en el jardín del Hotel Santo Mauro. Gira sólo con su guitarra, pero baila como lo hizo cuando dio la vuelta al mundo con sus tres hijos, con unos pasitos cortos, de saltimbanqui, de Rudolf Nuréyev soteropolitano. Me quedo sin escucharle. En Lisboa recordó a Amália Rodrigues entonando una versión de Confesso. Ver a Caetano Veloso bailar es rejuvenecer diez años. Beberse Porto es vivirse un par de siglos.