Después de 19 días de navegación cruzando el océano Índico, fondeo en Mahé, la isla principal de Seychelles. Me pongo en contacto con las autoridades a través de la radio VHF y me dan unas coordenadas donde tengo que fondear para que los oficiales vengan a bordo del Sofía a hacer la entrada legal al país. Esta última noche de navegación no he dormido nada, estábamos acercándonos a tierra y había bastante tráfico de pesqueros y mercantes. Aun así, estoy activo, con energía y ganas de dar un paseo para descubrir un nuevo paraíso.
Normalmente, vienen a bordo unos tres o cuatro oficiales para hacer toda la burocracia. Esta vez, cuento hasta nueve personas a bordo del Sofía. Se acercan con una embarcación oficial de la autoridad portuaria y, una vez al costado, empiezan a abordar el Sofía. Cuatro oficiales de aduanas, dos de inmigración y tres de sanidad. Me veo sentado en la bañera del Sofía, rodeado de agentes y haciendo papeleo durante una horita. Tras acabar el papeleo, los agentes de aduanas revisan el interior del barco, los agentes de inmigración me sellan el pasaporte y, por fin, el Sofía y yo somos legales en Seychelles.
Levo el ancla y me dirijo a un fondeo mucho más protegido, cerca de la civilización. Aunque he estado 19 días navegando sin ver a ninguna otra persona, todavía no siento la necesidad de sociabilizar ni de entrar en contacto con otros humanos. Aun así, me siento obligado a fondear en Eden Island para hacer los típicos trabajos «post travesía larga»: mantenimiento, reparaciones, limpieza, orden, provisiones… Eden Island es una isla artificial llena de resorts, villas de lujo y hoteles. Es el mejor fondeo para estar unos días enfocado en los trabajos, por mucho viento que haya, el Sofía descansa inmóvil en un mar llanísimo. Por un costado nos protege Eden Island y, por el otro, las altas montañas verdes de Mahé, siempre coronadas por la típica nube chubascosa que va dejando llovizna de vez en cuando.
Los trabajos se van sucediendo a bordo y, el Sofía vuelve a estar en forma para empezar a explorar Seychelles. El trabajo que me lleva más tiempo es llevar a reparar el génova. La velería está a 30 minutos caminando desde el fondeo. Ir cargado con la vela no es viable, pero la noche anterior, en el bar, celebrando el cruce del Índico, hice amistad con el camarero y se ofreció a llevarme en coche. Una vez que la reparación está hecha, voy caminando a buscarla y, a la vuelta, hago un intento de «auto-stop». En apenas cinco minutos, un local de la isla de Mahé se para y se ofrece a llevarme de vuelta al Sofía.
A través de las redes sociales, me escribe un oficial de la fragata Numancia, de la Armada Española, diciéndome que están en Victoria, capital de Seychelles. Me invitan a una barbacoa y conozco a parte de la tripulación de la fragata. Pasamos una gran noche, ellos conociendo mis aventuras y yo aprendiendo mucho de su labor en el mar. Al día siguiente, me invitan a bordo de la fragata para hacer un tour por sus 137 metros de eslora. Me enseñan todas las cubiertas, todo el interior, el puente de mando, el helicóptero, la habitabilidad, el centro de control y muchos rincones más. Es impresionante, de película. Su misión es la defensa contra la piratería cerca del Cuerno de África. Hago amistad con varios de ellos, pero, lamentablemente, zarpan al día siguiente hacia Somalia, de vuelta a patrullar.
Después de unos días de trabajos a bordo, el Sofía vuelve a quedar a son de mar, listo para empezar a explorar, pero permanezco un par de días más en Eden Island porque en breve llega una visita muy especial. Nos vuelve a visitar Itxi y estaré navegando con ella unas tres semanas. Desde Navidad, en Malasia, no nos veíamos. En cuanto llega, zarpamos y huimos de la civilización. Navegamos 30 millas hasta la isla de Praslin. ¡Qué felicidad volver a navegar con Itxi! Veinte nudos de viento, día soleado, poca ola y el Sofía cabalgando rumbo a explorar playas solitarias.
Fondeamos en una playita pequeña de arena blanca, llena de cocoteros. Está situada en el valle entre dos montañas y, en los extremos de la playa, hay formaciones rocosas y arrecife que, gracias al agua cristalina y transparente, permiten distinguir diferentes tipos de peces de todos los colores posibles. Las olas rompen en la orilla y, cuando la marea está alta, la playa se reduce a la mitad. El viento es racheado porque se acelera entre las montañas, cosa que se agradece, ya que el sol brilla con fuerza. Al estar cerca del ecuador, un par de veces al día un chubasco refresca el ambiente. Pasamos los días paseando por la playa, haciendo excursiones por el interior de la isla, buscando caracolas cuando la marea está baja y pasando mucho tiempo a bordo del Sofía, leyendo y refrescándonos en el agua turquesa.
Los días pasan volando y hay que volver a hacer el ejercicio mental de ser consciente de lo que estoy viviendo. Me parece surrealista poder estar en Seychelles con mi pareja y el Sofía. Detrás de esta posibilidad hay mucho trabajo, esfuerzo y momentos complicados. Como siempre, los buenos momentos se decantan en la balanza. Desde que zarpé de España, estoy viviendo el sueño.

