Durante más de dos décadas, el crecimiento internacional de las grandes energéticas españolas estuvo ligado a América. Latinoamérica y, en algunos casos, Estados Unidos, fueron los mercados elegidos para expandir negocios, diversificar ingresos y aprovechar la liberalización del sector. Hoy, ese mapa empieza a redibujarse. El centro de gravedad vuelve a Europa.
La combinación de la guerra en Ucrania, la necesidad de reforzar la independencia energética del continente y la creciente competencia de gigantes estadounidenses y chinos ha cambiado las prioridades de Bruselas. El mensaje es cada vez más claro: Europa necesita empresas con mayor tamaño y capacidad financiera para afrontar inversiones millonarias en redes eléctricas, energías renovables, almacenamiento, hidrógeno e infraestructuras críticas.
Las compañías españolas parecen haber leído esa tendencia antes que muchos de sus competidores. En lugar de seguir ampliando su presencia en otros continentes, varias de ellas están concentrando recursos en Europa, reforzando posiciones o preparando el terreno para futuras operaciones corporativas.
Iberdrola es uno de los ejemplos más evidentes. Tras desprenderse de su negocio en México por alrededor de 10.000 millones de euros, la eléctrica presidida por Ignacio Sánchez Galán ha dirigido esa capacidad inversora hacia Europa. En los últimos meses ha anunciado la adquisición de Electricity North West en Reino Unido y del 80% de Caruna, la principal distribuidora eléctrica de Finlandia, dos operaciones valoradas conjuntamente en cerca de 10.000 millones de euros. Con estos movimientos, la compañía refuerza uno de los negocios considerados más estratégicos para la transición energética: las redes de distribución.
Naturgy también se prepara para una nueva etapa. Tras la reorganización de su accionariado y el lanzamiento de su nueva hoja de ruta, la compañía ha asegurado que dispone de hasta 12.000 millones de euros para acometer inversiones y posibles adquisiciones. Aunque no ha concretado objetivos, el mercado interpreta que la energética quiere ganar peso en un escenario europeo donde la consolidación vuelve a estar sobre la mesa.
No se trata únicamente de comprar empresas. En algunos casos, la estrategia pasa por crear alianzas que permitan compartir inversiones y acelerar proyectos. Repsol mantiene una sociedad conjunta con la francesa TotalEnergies para gestionar activos en el mar del Norte, mientras otras compañías del sector exploran colaboraciones para reforzar su posición en negocios industriales y de infraestructuras.
Enagás también ha ido modificando su estrategia internacional. En los últimos años ha reducido progresivamente su exposición en mercados como Chile, Perú, México o Estados Unidos para concentrar buena parte de sus esfuerzos en Europa, donde ha incrementado su participación en infraestructuras gasistas consideradas clave para el futuro energético del continente.
Acciona, por su parte, lleva tiempo defendiendo la necesidad de crear grandes grupos europeos capaces de competir con los fabricantes asiáticos en energías renovables. Su presidente, José Manuel Entrecanales, ha insistido en diferentes foros en que Europa necesita ganar dimensión industrial si quiere mantener su liderazgo tecnológico y evitar perder competitividad frente a otros mercados.
Detrás de todos estos movimientos hay un mismo denominador común: la necesidad de financiar inversiones gigantescas. Solo la modernización de las redes eléctricas europeas exigirá cientos de miles de millones de euros durante la próxima década, a lo que se suman los proyectos vinculados al hidrógeno renovable, la electrificación del transporte, el almacenamiento energético y la digitalización de las infraestructuras.
Ese debate ha cobrado fuerza tras la publicación de los informes elaborados por Mario Draghi y Enrico Letta, dos documentos que han influido en la agenda económica de Bruselas al defender un mercado europeo más integrado y empresas con mayor escala internacional. La tesis es sencilla: competir con grupos globales exige compañías capaces de invertir más, innovar más rápido y operar en un mercado menos fragmentado.
El gran interrogante ahora no está tanto en las empresas como en los reguladores. Tradicionalmente, la Comisión Europea ha sido muy estricta a la hora de autorizar grandes fusiones por razones de competencia. Sin embargo, el nuevo contexto geopolítico ha abierto el debate sobre si esa política debe adaptarse para favorecer la creación de auténticos campeones europeos.
Mientras esa discusión continúa, las energéticas españolas ya han empezado a mover ficha. Con balances sólidos, liquidez y una larga experiencia internacional, aspiran a que la próxima gran ola de consolidación del sector no les encuentre como meros espectadores, sino entre los protagonistas que definirán el futuro energético de Europa.

