El Banco Central Europeo ha presentado las diez propuestas de diseño preseleccionadas para la próxima serie de billetes en euros, en lo que será el primer rediseño completo del billete europeo desde su entrada en circulación en 2002. Las candidatas se inspiran en dos grandes temas «La cultura europea» y «Ríos y aves» y salieron de un concurso paneuropeo en el que participaron más de 1.200 diseñadores gráficos, de los cuales 25 fueron invitados a presentar propuestas formales.
Un jurado independiente de 21 expertos en diseño, comunicación, neurociencia e historia, con un representante designado por cada banco central de la zona euro, redujo esa cifra a las diez finalistas que hoy se hacen públicas.
A partir de ahora, la decisión se abre a la ciudadanía: el BCE ha lanzado una encuesta online que estará activa hasta el 21 de septiembre de 2026, en paralelo a un sondeo independiente realizado por una empresa demoscópica externa sobre una muestra representativa de la zona euro. Con esos resultados, más la valoración técnica y el criterio del jurado, el Consejo de Gobierno del BCE prevé seleccionar el diseño definitivo antes de que termine el año. Todavía tendrá que superar un proceso de desarrollo, pruebas y producción antes de llegar a las carteras de los europeos, así que la fecha de entrada en circulación se cuenta en años, no en meses. Los billetes actuales, eso sí, seguirán siendo válidos y circulando junto a los nuevos sin fecha de caducidad.
«Los billetes en euros son más que un medio de pago; son una de las expresiones más tangibles de Europa»
ha resumido la presidenta del BCE, Christine Lagarde, al presentar las propuestas. El vicepresidente ejecutivo Piero Cipollone ha ido más allá, enmarcando el rediseño dentro de un objetivo mucho más amplio: mantener el efectivo como una opción de pago segura, eficiente y accesible, que preserve el acceso de los ciudadanos al dinero público y su libertad para decidir cómo pagan.
Cervantes, candidato fijo al billete más usado de todos
Para España hay un detalle que ha acaparado buena parte de la cobertura mediática de este anuncio: si finalmente se impone la temática «La cultura europea» frente a la de «Ríos y aves», Miguel de Cervantes será el rostro del nuevo billete de 50 euros en las cinco variantes de diseño de esa opción cultural, acompañado en el reverso por una biblioteca con lectores de libros impresos y digitales. El resto de la serie cultural reuniría a Maria Callas (5 euros), Ludwig van Beethoven (10 euros), Marie Curie (20 euros), Leonardo da Vinci (100 euros) y la escritora pacifista Bertha von Suttner (200 euros).
El dato no es menor si se tiene en cuenta que el billete de 50 euros no es uno cualquiera: es, con diferencia, la denominación más utilizada de todo el euro, tal y como reconoció el propio BCE al presentar su diseño actual en 2016. Que el autor de «Don Quijote» tenga ya reservado ese puesto en las cinco propuestas culturales, su presencia, de hecho, venía fijada de antemano, no sometida a votación como el resto de elementos gráficos, convertiría a Cervantes en la cara más vista del dinero físico europeo, justo en el billete que más europeos llevan encima en un momento dado.
Nada está decidido todavía: la partida sigue abierta entre esa opción cultural y la alternativa centrada en ríos y aves europeos, y la ciudadanía tiene hasta el 21 de septiembre para opinar. Pero si algo queda claro es que España ya tiene, de entrada, un candidato con ventaja simbólica en la carrera por ilustrar el billete que de verdad importa.
La paradoja que nadie esperaba: el efectivo sigue ganando por número de operaciones
Esa frase de Cipollone no es retórica institucional vacía. Encaja con un dato que sorprende a casi todo el mundo cuando se le pregunta: en número de transacciones, el efectivo sigue siendo el medio de pago más utilizado en los puntos de venta de toda la zona euro, con un 52% del total, según las propias cifras del BCE. En España, la sensación de que «ya nadie paga en metálico» tampoco se sostiene del todo con los datos: en torno al 57% de los pagos en establecimientos físicos siguen realizándose en efectivo, de acuerdo con los últimos estudios del Banco de España, lo que sitúa al país en una posición intermedia-alta dentro de Europa, muy por delante de mercados mucho más digitalizados como Países Bajos, Finlandia o Bélgica.
Lo que sí está cambiando, y rápido, es la tendencia. Las cifras del primer trimestre de 2026 publicadas por el Banco de España muestran que las compras con tarjeta en terminales de punto de venta alcanzaron 2.405,7 millones de operaciones entre enero y marzo, un 7,19% más que un año antes, por un importe de 69.189,57 millones de euros. En paralelo, las retiradas de efectivo en cajeros cayeron un 7,66%, hasta 145 millones de operaciones, aunque el importe total retirado apenas bajó un 1,10%, hasta 29.776,28 millones de euros. La lectura es reveladora: sacamos efectivo con menos frecuencia, pero cuando lo hacemos, seguimos sacando cantidades parecidas a las de siempre. El efectivo no ha desaparecido; se ha vuelto más selectivo.
Por qué a Bruselas le sigue importando tanto el dinero físico
Ese equilibrio explica por qué la Unión Europea, lejos de dejar morir el efectivo por desgaste digital, está regulándolo activamente en ambas direcciones. Por un lado, a partir de 2027 entrará en vigor un límite armonizado a nivel comunitario para los pagos en efectivo de importe elevado, en la línea de lo que España ya aplica desde 2021, cuando redujo de 2.500 a 1.000 euros el máximo permitido en operaciones con empresas, una medida pensada para reducir el margen de la economía sumergida, que el INE sitúa en torno al 15,8% del PIB español, con estimaciones académicas que llegan hasta el 24%. Por otro lado, el propio BCE invierte en renovar el diseño físico del billete, con nuevas medidas de seguridad contra la falsificación y mejoras de accesibilidad para personas con discapacidad visual, además de materiales más sostenibles para reducir su huella ambiental.
Es, en el fondo, una gestión de dos velocidades: contener el efectivo donde facilita el fraude fiscal, y protegerlo donde sigue siendo, para más de la mitad de los europeos, la forma más sencilla, privada y fiable de pagar.
La próxima vez que alguien diga que el dinero en metálico está en las últimas, conviene recordarle que el banco central que lo emite acaba de gastar dos años y a más de mil diseñadores en asegurarse de que siga circulando con buena cara durante, como mínimo, otra generación.

