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Vivir al modo tico

En este pequeño país centroamericano de apenas 51.100 kilómetros cuadrados, la felicidad no es un eslogan turístico sino un modo de entender la existencia.

Foto: Unsplash.

Pronunciar “Pura Vida” en Costa Rica equivale a saludar, despedirse, agradecer o simplemente confirmar que todo va bien. Pero reducir esta expresión a una fórmula de cortesía sería ignorar su verdadero alcance. El Diccionario de la Real Academia Española recoge hasta seis acepciones distintas, y todas ellas capturan fragmentos de una actitud vital que los costarricenses —los ticos, como prefieren llamarse— han convertido en seña de identidad. Es una filosofía que hunde sus raíces en decisiones históricas que configuraron su evolución como país. En 1948, Costa Rica suprimió su ejército y destinó los fondos militares a cimentar un modelo basado en la educación pública, la sanidad universal y el desarrollo social. Pero eso, el país es hoy un ejemplo gracias a su elevada esperanza de vida, su baja mortalidad infantil y una población que percibe su entorno como seguro y estable.

Y vivir en un país así también se traduce en una apertura al exterior sin recelos y transparente. De hecho, el 89,2 % de sus habitantes considera que el turismo resulta beneficioso para sus comunidades porque genera empleo y promueve el desarrollo económico. De ahí que los ticos mantengan con el visitante una relación que combina calidez genuina y respeto mutuo. Aquel que entra en una soda —esos pequeños restaurantes familiares donde se sirve comida casera— o que conversa con el dueño de una pulpería —la tienda de barrio donde pasan las cosas realmente importantes— descubre enseguida que la hospitalidad costarricense no es un recurso comercial sino una extensión natural del carácter nacional. Decir que algo o alguien es “más tico que el gallo pinto” resume ese vínculo profundo con las tradiciones y con una manera de relacionarse que prima la cercanía y el cuidado.

El World Happiness Report situó al país en el cuarto puesto mundial en 2024, y el Índice de Progreso Social arroja un promedio de 72,57 sobre 100 en sus 33 destinos, especialmente en Monteverde, Los Santos o La Fortuna.

Eso sí, hay algo que todo aquel que se decida a visitar Costa Rica debe tener claro: no es un destino donde la prisa tenga cabida. Las tardes suelen traer lluvias que refrescan el ambiente entre mayo y noviembre, y ese patrón climático, junto con su enorme conexión con la naturaleza, ha moldeado una cadencia vital que alterna trabajo y descanso, esfuerzo y contemplación. El café chorreado que se prepara con filtro de tela, el gallo pinto del desayuno y la conversación pausada con el vecino forman parte de un tejido cotidiano que el viajero puede hacer suyo sin problema.

Por eso, quienes regresan de Costa Rica lo hacen con la certeza de que existe otra manera de vivir, una que no renuncia al progreso pero que lo subordina al bienestar de las personas y del entorno, y que entiende que la felicidad puede ser algo más que un estado pasajero: puede ser una forma de organizar la vida en común, de relacionarse con la naturaleza y de recibir al extranjero como si fuera parte de la familia.

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