En esta columna de mitad de julio lo normal sería hablar de alguno de los dos asuntos más recientes de actualidad aeronáutica: el cambio de manos de easyJet, o el grave incidente de un Boeing de Ryanair, con un álabe que salió disparado hacia una ventana y un pasajero que se libró de salir succionado solo por llevar el cinturón abrochado.
Pero hasta a quienes nos agota que cada día se hable del mismo personaje, acabamos subidos a la noria. Porque hay cosas difíciles de concebir… y sin embargo pasan, y hay que contarlas, aunque sea una gota en el mar, para que mañana quede constancia de que alguien arqueó una ceja, arrugó la nariz o dijo: «esto no tiene ni lógica ni precedentes».
Al caso: desde el jueves pasado, quien aterriza en West Palm Beach ya no lo hace en el Aeropuerto Internacional, sino en el «President Donald J. Trump International Airport». Y el cambio no es a medias: la Agencia Federal de Aviación ya ha autorizado el nuevo nombre y el código OACI ha pasado de PBI a DJT. El código IATA, que es el que ve el pasajero al comprar el billete, tardará algo más: la IATA no lo hará efectivo hasta el 18 de agosto, así que durante casi 40 días convivirán dos identificadores para la misma pista.
El primer aparato en aterrizar bajo el nuevo nombre fue, cómo no, el Boeing 757 de la Organización Trump, con Eric Trump a bordo. Desde su red Truth Social el presidente celebró la jornada y prometió que la reforma del aeropuerto será «espectacular».
Un gesto que no es nuevo… aunque sí lo es
Estados Unidos tiene cierta tradición de bautizar aeropuertos con nombres de presidentes: hay una quincena en su honor. Los más conocidos son el JFK de Nueva York (rebautizado apenas un mes después del asesinato de Kennedy, en 1963), el George Bush de Houston (1997), el Ronald Reagan Washington National (1998), el Gerald R. Ford International de Michigan (1999) o el Bill and Hillary Clinton National de Arkansas (2012), el único gran aeropuerto comercial del país con nombre de mujer, aunque va asociado al de su marido Bill.

Lo que ninguno de ellos hizo jamás fue incorporar la palabra «presidente» al nombre. Y, sobre todo, ninguno, salvo Franklin D. Roosevelt en 1932, antes de llegar a la presidencia, estaba en el cargo cuando se produjo el bautizo. El honor llegaba después, casi siempre tras la muerte o al dejar el poder. Nunca durante.
Palm Beach rompe las dos costumbres a la vez: es el primer aeropuerto de la historia con nombre de un presidente en activo, y el primero cuyo nombre oficial incluye la palabra «President» delante del apellido.
Un aeropuerto muy cerca de casa
Palm Beach es, precisamente, el aeropuerto que Trump usa casi semanalmente para volar a Mar-a-Lago, su residencia declarada permanente desde 2019. Ya en enero se había rebautizado como «Donald J. Trump Boulevard» la carretera que une el aeropuerto con la finca. El gobernador Ron DeSantis firmó en marzo la ley que hizo posible el cambio, aprobada en la legislatura estatal con la disciplina de voto de rigor.
Para el campo de aviación, el coste de la transformación ronda los 5,5 millones de dólares. La administración del aeropuerto ha explicado que la familia Trump no percibirá regalías o derechos de imagen por el uso de su nombre. Sin embargo, el acuerdo de licencia, que fue aprobado por un ajustado 4 a 3 en la junta de comisionados del condado, sí exige, según abogados especializados en marcas, que toda la mercancía que se venda en el aeropuerto pase por proveedores aprobados por el propio Trump. No habrá cheque, pero sí control sobre quién vende qué bajo su nombre.
Una temporada de bautizos
El caso no es aislado. Ese mismo jueves, en Tennessee, el secretario del Tesoro Scott Bessent inauguraba el nuevo puente Donald J. Trump sobre la interestatal I-40. No todos los intentos prosperan igual: el empeño por añadir su nombre al Kennedy Center de Washington ha topado con la Justicia, que ha ordenado retirarlo mientras se resuelve un recurso.

A esto se suma, aunque sea otro asunto, la historia del Boeing 747 que Qatar regaló para uso de Air Force One y que, según se va sabiendo, acabará en manos de la fundación presidencial y no del Estado. No es lo mismo un avión que un aeropuerto, aunque ambos episodios comparten un mismo signo de los tiempos: la frontera entre lo institucional y lo personal se ha vuelto muy porosa.
Basta entrar en la web oficial del aeropuerto, pbia.org, para comprobar que el cambio ya es un hecho consumado puertas adentro: la cabecera anuncia «President Donald J. Trump International Airport», la entidad se atribuye ya 8,7 millones de pasajeros anuales bajo el nuevo nombre, y hasta el canal de YouTube opera ya como @Fly_DJT.
Lo que de verdad ha cambiado
Bautizar un lugar con el nombre de alguien ha sido siempre un acto de consenso diferido: se hace cuando ya hay distancia, cuando existe acuerdo compartido de que esa persona «se lo merece». Por eso Kennedy tuvo que morir para tener su aeropuerto, y por eso también Reagan y Ford esperaron años tras dejar el poder.
Lo insólito de Palm Beach es que quiebra esa secuencia: un presidente en ejercicio aterrizará en un avión de su propiedad, en un aeropuerto que lleva su nombre y su título, a un paseo de su residencia privada. La costumbre invertida: el homenaje adelantado a quien todavía puede decidir sobre lo que se homenajea.
Puede que dentro de unos años esto se recuerde como una curiosidad más de una época singular. O puede que sea, simplemente, la nueva normalidad. La aviación añade así un hito distinto a su historial de símbolos: el primer aeropuerto con nombre de presidente en activo.
Y uno, sinceramente, no sabe si reírse o preocuparse. Quizá las dos cosas a la vez.

