Cuando escribimos en un ordenador y cometemos un error, basta con borrar una letra y sustituirla por la adecuada. Y el texto recupera su sentido. Durante décadas, la ciencia soñó con poder hacer algo parecido con el ADN: localizar la «letra» alterada del genoma que causa una enfermedad y sustituirla por la secuencia correcta con máxima precisión. Las herramientas CRISPR han convertido esa posibilidad en una realidad científica y, en algunos casos, ya también terapéutica.
Pocas personas han seguido tan de cerca esta revolución como Lluís Montoliu. Investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y del Centro de Investigaciones Biomédicas en Red en Enfermedades Raras (CIBERER-Instituto de Salud Carlos III) en el Centro Nacional de Biotecnología en Madrid, del que actualmente es vicedirector. Se le considera uno de los mayores referentes internacionales en edición genética. Investiga sobre enfermedades raras, como el albinismo, usando modelos animales modificados genéticamente con las herramientas CRISPR de edición genética, de cuyo uso fue pionero en España.
En esta entrevista en Forbes Health, reflexiona sobre el presente y el futuro de CRISPR, los desafíos que plantea su incorporación a la práctica clínica y el gran reto que aún queda por resolver y que consiste en conseguir que esta revolución científica sea también una revolución en el acceso a la innovación.
La edición genética suele generar una mezcla de esperanza y temor entre la sociedad. ¿Cree que esto se debe a que hay poco conocimiento sobre su potencial?
Creo que ocurre algo parecido a lo que ha sucedido con muchas otras tecnologías disruptivas. Cuando aparecen herramientas nuevas, es normal que surjan dudas, incertidumbres e, incluso, cierto temor. Por eso, es tan importante explicar bien en qué consisten y, sobre todo, para qué se utilizan.
¿Cómo explicaría de forma muy divulgativa en qué consisten y para qué sirven?
Las herramientas CRISPR nacen de un descubrimiento realizado hace más de tres décadas por el microbiólogo español Francisco Juan Martínez Mojica, quien identificó el sistema que utilizan las bacterias para defenderse de los virus que las infectan. Posteriormente, las investigadoras Emmanuelle Charpentier y Jennifer Doudna aprovecharon esa observación de Mojica y transformaron aquel mecanismo de defensa natural de las bacterias en una herramienta de edición genética.
Desde que empezamos a utilizarlas en 2013 han aparecido diferentes versiones, pero, en esencia, todas permiten cambiar cualquier letra del genoma. Hay que recordar que muchas mutaciones están asociadas al desarrollo de enfermedades congénitas. Si conocemos cuál es la letra o las letras incorrectas y somos capaces de sustituirlas por las correctas, lo que estamos haciendo es corregir los genes. Eso es lo que conocemos como terapia génica o, si se quiere decir de forma sencilla, curar los genes.
Así, la edición genética no pretende crear personas mejores ni modificar la especie humana. Su objetivo es mucho más sencillo y mucho más importante: intentar curar enfermedades que, hasta ahora, no tenían tratamiento. Siempre digo que debemos diferenciar, claramente, entre utilizar estas herramientas para tratar pacientes y hacerlo con otros fines. Ahí está la clave del debate ético.
Han pasado 14 años desde que empezaron a utilizarse. ¿Qué ha conseguido la ciencia en este tiempo?
No recuerdo otra tecnología que haya tenido una implementación y una difusión tan rápidas como las herramientas de edición genética. Hoy existen más de 140 ensayos clínicos dirigidos a otras tantas enfermedades que están siendo evaluados en diferentes fases para desarrollar terapias destinadas a patologías para las que, hasta ahora, no existía ninguna cura. De hecho, ya disponemos de una primera terapia aprobada desde febrero de 2024, Casgevy, diseñada para tratar dos enfermedades graves de la sangre: la anemia de células falciformes y la beta talasemia.
Son enfermedades muy graves en las que los pacientes necesitan transfusiones constantes. En el caso de la anemia de células falciformes, además, existe un elevado riesgo de sufrir embolias, porque los glóbulos rojos cambian de forma, pueden obstruir los vasos sanguíneos y provocar complicaciones muy importantes.
Todo esto puede resolverse con esta terapia basada en CRISPR. De una forma muy elegante, consigue que personas que no tenían ninguna alternativa terapéutica puedan recibir un único tratamiento capaz de corregir la enfermedad de forma permanente. Es decir, hablamos de que una única administración puede curar al paciente para el resto de su vida.
Es un sueño, pero ¿está llegando ya a los pacientes?
Naturalmente, todas estas terapias deben superar las distintas fases de los ensayos clínicos: primero se evalúa la seguridad y la toxicidad; después, la eficacia y las dosis; y, finalmente, llega la revisión por parte de las agencias reguladoras antes de su aprobación. El siguiente paso ya no consiste tanto en desarrollar nuevas terapias, sino en conseguir que lleguen realmente a las personas que las necesitan. Ese es el gran desafío que tenemos por delante.
Pero a mí, personalmente, me ilusiona comprobar que aquello que hace apenas unos años era una posibilidad teórica ya está cambiando la vida de los pacientes. Hemos pasado de imaginar que algún día podríamos corregir genes a disponer de personas que ya han recibido estos tratamientos y cuya enfermedad ha desaparecido. Eso demuestra que la investigación básica tiene un enorme valor y el mejor ejemplo de por qué merece la pena seguir apostando por la ciencia.
Estas terapias tienen un alto impacto económico. ¿Se puede avanzar en este acceso que menciona sin poner en riesgo la sostenibilidad de los sistemas sanitarios?
Ese es, precisamente, el gran reto al que nos enfrentamos. Los científicos sabemos cómo desarrollar muchas de estas terapias, pero el gran desafío consiste en hacerlas llegar a quienes las necesitan.
La primera terapia basada en CRISPR que se aprobó en Estados Unidos salió al mercado con un precio de 2,2 millones de dólares por paciente. Es una cifra que, inevitablemente, obliga a reflexionar sobre cómo financiar este tipo de tratamientos. Las compañías que desarrollan estas terapias han realizado inversiones muy importantes durante años de investigación y es lógico que quieran recuperar parte de ese esfuerzo. Pero, al mismo tiempo, debemos encontrar fórmulas que permitan que estos tratamientos sean accesibles para los pacientes y sostenibles para los sistemas públicos de salud.
Tenemos que encontrar mecanismos que permitan compatibilizar la innovación con el acceso universal. Ya lo hicimos durante la pandemia. En aquel momento, los gobiernos fueron capaces de movilizar recursos extraordinarios porque entendieron que la situación lo requería. La compra conjunta de vacunas por parte de la Unión Europea permitió negociar mejores condiciones y garantizar el acceso de todos los ciudadanos.
Ese modelo demuestra que la colaboración entre países funciona cuando existe voluntad política y sería magnífico que este caso sirviera de inspiración para muchas de estas terapias avanzadas para enfermedades poco frecuentes. Así, deberíamos ser capaces de encontrar soluciones similares. No podemos permitir que el conocimiento científico avance más deprisa que la capacidad de los pacientes para beneficiarse de él.
Estados Unidos y China lideran gran parte de la inversión en biotecnología. ¿Puede Europa competir en esta nueva carrera por la innovación?
Estoy convencido de que sí. Europa dispone de investigadores excelentes y de un enorme potencial científico. De hecho, muchas de las contribuciones más importantes en edición genética han surgido aquí. El propio descubrimiento del sistema CRISPR tiene origen español, gracias al trabajo de Francisco Juan Martínez Mojica.
Recientemente se han publicado investigaciones que utilizan herramientas de edición genética para abordar el síndrome de Down. ¿Qué relevancia tienen estos trabajos?
Son investigaciones muy interesantes, pero conviene interpretarlas con prudencia porque todavía se encuentran en una fase muy temprana. Existen diferentes aproximaciones. Una de ellas consiste en intentar eliminar funcionalmente el cromosoma extra responsable del síndrome de Down. Otra busca inactivarlo utilizando mecanismos inspirados en procesos naturales que ya existen en nuestro organismo, como ocurre con el cromosoma X.
Por el momento, todos estos estudios se han realizado en cultivos celulares. Todavía queda muchísimo trabajo antes de pensar en una posible aplicación clínica. Estamos hablando de investigación básica, no de tratamientos que puedan trasladarse a los pacientes a corto plazo.
Lo importante es que estos trabajos demuestran hasta dónde puede llegar la edición genética. Nos permiten explorar estrategias completamente nuevas para enfermedades o síndromes que hasta hace muy poco parecían imposibles de abordar.
¿Cuál cree que será el próximo gran avance de la edición genética durante la próxima década?
Mi deseo es que consigamos resolver muchas enfermedades genéticas sin necesidad de modificar directamente el ADN. Aunque las herramientas de edición genética funcionan muy bien, intervenir sobre el genoma siempre implica cierta complejidad. Así, sería extraordinario disponer de pequeñas moléculas o medicamentos que pudieran administrarse de una forma mucho más sencilla, por ejemplo, mediante un comprimido, y que consiguieran corregir las alteraciones responsables de determinadas enfermedades.
No sé si llegaremos a ese escenario, pero creo que el futuro pasa por desarrollar tratamientos cada vez más precisos, más seguros y también más fáciles de administrar. Ese sería, para mí, uno de los grandes avances de los próximos años.
¿Cree que en los próximos años hablaremos de estas terapias como algo habitual?
Me encantaría que dejáramos de hablar de estas terapias como algo excepcional, que pudiéramos desarrollar tratamientos para muchas más enfermedades y, sobre todo, que cualquier paciente pudiera acceder a ellos independientemente del lugar donde viva o de su situación económica.
La revolución científica ya ha comenzado. Ahora, el gran reto consiste en que esa revolución llegue realmente a todas las personas que la necesitan. Porque una innovación solo tiene sentido cuando deja de ser un logro de laboratorio y se convierte en una oportunidad para los pacientes.

