El Mare Nostrum ha estado asolado por la piratería desde los albores de la historia. Viajamos a los siglos XIV y XV. En esa época, el principal peligro en el mar Mediterráneo no eran las tempestades ni las tormentas, sino los temidos piratas y corsarios, siendo los berberiscos los que imponían más terror. Estos corsarios musulmanes pertenecían a varias etnias y estaban liderados por los hermanos Barbarroja, que estaban aliados con el Imperio Otomano, con base en el Norte de África, también denominada la costa berberisca (Argelia, Túnez y Libia). Sus zonas de actuación eran las costas españolas, italianas y francesas, donde atacaban a los mercantes y sus galeones. Además de apoderarse de las naves cristianas y de los Estados Pontificios, en ocasiones se quedaban con las mercancías, pero también capturaban rehenes para exigir rescate por ellos, o venderlos como esclavos en el mercado de Argelia, el mayor del norte de África.
Nápoles: próspera, amurallada y amenazada
Como hemos dicho, los berberiscos eran los corsarios más temidos del Mediterráneo y una amenaza constante de las costas italianas, especialmente las del Reino de Nápoles, que era una de las metrópolis más prósperas y pobladas de Europa, donde se hacían importantes negocios y se movían grandes sumas de dinero, además de ser el punto de control de las rutas marítimas. Por ello, los napolitanos tuvieron que construir un impresionante sistema defensivo de fortificaciones que la blindaba ante cualquier ataque de corsarios, otros piratas o la flota otomana. Hoy en día, estás fortificaciones permanecen en pie como testimonio histórico.
Entre estos enfrentamientos con piratas, hay uno que destacó por su falta de escrúpulos e inmoralidad. Baldassarre Cossa (isla de Prócida, 1370- Florencia, 1419) fue uno de los principales azotes del rey Ladislao I de Anjou-Durazzo llamado el Liberal (Nápoles, 1376-1414), perteneciente a la Casa de Anjou y antirrey de Hungría entre 1403 y 1414. Este rey controlaba gran parte de Italia meridional y financió a los rivales de Cossa para que lo capturaran, pero sin éxito.
El cisma de los cismas
Lo más curioso de todo el asunto es que el pirata que puso en jaque al mismísimo rey Ladislao I y a la Iglesia católica alcanzó en 1410, la máxima jerarquía de la cristiandad, con el nombre de Juan XXIII (no confundir con el pontífice del siglo XX conocido como «el papa bueno»). Lo hizo durante la crisis de los tres papas, en la que sendos contendientes reclamaban el trono de San Pedro tras la muerte del papa Gregorio XI: aparte de Cossa como Juan XXIII, se disputaban el Anillo del Pescador dos cardenales, Gregorio XII de Roma y Benedicto XIII de Avignon (conocido como el Papa Luna). Todos afirmaban ser el papa legítimo.
Ello obligó a que se convocara un cónclave, conocido como el Cisma de Occidente o Cisma de Aviñón, con el fin de destituir a los tres pontífices, porque gran parte de los monarcas y cardenales europeos les retiró su apoyo financiero y político. Este surrealista episodio de división política y religiosa fue finalmente resuelto en el Concilio de Constanza (1414- 1418), que depuso a los tres papas y unificó a la iglesia católica bajo el liderazgo del papa Martín V, acabando así con el régimen de los “antipapas”. Juan XXIII fue obligado a abdicar y entregó su dimisión, aunque más tarde fue detenido y encarcelado. Después de su elección, Martín V lo liberó y, a cambio, Cossa le rindió obediencia como máximo representante de la Iglesia. El nuevo Papa lo reintegró al colegio cardenalicio y le nombro cardenal obispo de Frascati (Tusculum).
Una pierna como estandarte
¿Pero quién fue este peculiar personaje que fue corsario, después papa, más tarde antipapa y finalmente obispo? El primer detalle singular de Baldassarre es que su apellido no era Cossa, sino Coscia, que en italiano significa pierna. Este es un detalle muy importante para su trayectoria pontificia, porque cuando alcanzó el papado decidió añadir al escudo papal (que sale con dos llaves cruzadas) una pierna en alusión a su verdadero apellido, Coscia.
Nacido en el seno de una noble y numerosa familia de navegantes venida a menos, en su juventud probó fortuna en el ejército, pero como la disciplina no iba con él, lo abandonó para dedicarse al contrabando y a asaltar a personas en los caminos de los alrededores de Nápoles. Como tenía un pasado de lobo de mar, más tarde, junto a sus hermanos, se pasó a la piratería, donde se podía conseguir más riqueza abordando los navíos mercantes de los Anjou provenzales, de los Médici florentinos y de los clanes genoveses que navegaban por los mares Adriático y Jónico rumbo a Egipto y Constantinopla. Después se alió con la familia Médici (sus mecenas cuando accedió al cardenalicio) para atacar las naves mercantes y se convirtió en su asesor financiero. A los capturados los vendían a los sarracenos y si había mujeres, las violaban antes.
Una llamada divina
Baldassarre, el más espabilado de su familia, en poco tiempo se hizo con una gran fortuna que guardaba en Prócida, su isla de nacimiento, y entendió que la vida de pirata, si bien era excitante, no dejaba de tener el riesgo de que sus huesos acabaran en una prisión, o fuera colgado o decapitado. Tras oír una llamada divina, sintió que tenía que cambiar su vida de delincuente para dedicársela a servir a la iglesia, que tenía menos riesgo y le podía dar más beneficios económicos.
Lo primero que hizo fue mejorar sus modales y aprender latín. Más tarde, entró en la Universidad de Bolonia, la más antigua del mundo occidental, inscribiéndose en el curso de derecho canónico, donde obtuvo el doctorado. Sus métodos, carentes de escrúpulos, no podía olvidarlos, así que, en poco tiempo, se hizo famoso por extorsionar a sus compañeros a cambio de que no les diera palizas, por su asistencia a burdeles y por visitar conventos para seducir a monjas.
Bonifacio IX, su gran valedor
Su vida cambio cuando el papa Bonifacio IX se presentó en la Universidad de Bolonia, que estaba bajo el dominio de la iglesia romana, y conoció a Cossa. Como los dos eran napolitanos y hablaban la misma lengua de su ciudad, enseguida congeniaron. Al poco tiempo, Bonifacio IX se llevó a Baldassarre a Roma como camarlengo privado y le asignó llevar las ventas financieras papales. Aquí comenzó a manejar los ingresos en negro y de las comisiones, y a enriquecerse aún más.
Como se ganó la confianza de Bonifacio IX, este le ofreció ser cardenal (si lo podía pagar). Y aquí aparece Giovanni Médici, que lo financió con 10.000 ducados. Tras la muerte en 1410 de Alejandro V, Cossa fue nombrado su sucesor. Como decíamos, finalmente fue destituido, encarcelado, liberado y nombrado obispo por orden de Martín V. Murió een 1419, el mismo año en el que se produjo este nombramiento, a los 49 años. Sus restos se encuentran en una tumba de mármol y bronce en el baptisterio, a un lado, de la catedral de San Juan en Florencia. En la inscripción, que abrazan dos ángeles, se puede leer: “Juan, el anterior Papa XXIII”.

