Hay una imagen que siempre viene a mi cabeza cuando pienso en la medicina moderna: un cirujano casi inmóvil, controlando a escasos metros de distancia unos brazos mecánicos que abren, cosen y reparan un corazón con una precisión que ningún pulso humano podría igualar. No es ciencia ficción. Lleva años ocurriendo. Y sin embargo, cada vez que lo recuerdo hace que me pregunte qué se ha ganado. ¿Qué hemos perdido?
La robótica y la digitalización han transformado la medicina de una manera que va mucho más allá de los instrumentos. Han cambiado la manera en que entendemos el cuerpo, la enfermedad y la propia relación entre los que cuidan y los que son cuidados.
Durante siglos, la medicina fue esencialmente artesanal. El médico percibía la enfermedad a través del contacto directo con el paciente y el diagnóstico vivía en los sentidos y en la experiencia acumulada. Hoy, un algoritmo de inteligencia artificial puede detectar un cáncer de piel en una fotografía con mayor precisión que un dermatólogo con veinte años de experiencia en consulta. No porque sea más inteligente, sino porque ha visto millones de imágenes y ha aprendido patrones que el ojo humano simplemente no puede procesar a esa escala.
Eso es poderoso. Es, en muchos sentidos, extraordinario. Pero también obliga a replantearse qué significa saber en medicina. ¿Es saber reconocer un patrón? ¿O es algo más cercano a comprender a la persona que hay detrás del síntoma?
La digitalización ha dado a los médicos herramientas que habrían parecido milagrosas hace tres décadas: historiales clínicos accesibles al instante, imágenes de resonancia interpretadas en segundos, dispositivos que monitorizan constantes vitales desde casa. La información ya no es escasa, ahora es abrumadora. Y paradójicamente, esa abundancia exige un nuevo tipo de criterio humano: saber qué datos importan, cuáles distraen y cuáles, simplemente, no cuentan la historia completa.
Aquí radica el aspecto más profundo de esta transformación. Cuanto más sofisticada se vuelve la tecnología médica, más tentador resulta tratar el cuerpo como un sistema que se puede medir, optimizar y reparar con suficiente información. Y, en cierto modo, eso funciona. Las tasas de supervivencia suben. Las cirugías se vuelven menos invasivas y cada vez más personalizadas. Los errores diagnósticos disminuyen.
Pero un paciente no es solo un conjunto de datos. Es alguien que tiene miedo. Que no entiende la jerga. Que necesita que le miren a los ojos y le digan, en lenguaje humano, qué está pasando dentro de su propio cuerpo. La tecnología puede decirnos el qué. Rara vez nos dice el cómo vivir con eso.
Los mejores médicos que conozco —no los más brillantes técnicamente, sino los que dejan huella— son aquellos que entran a la consulta y miran al paciente antes que a la pantalla, que hacen preguntas que ningún formulario ha pensado en incluir, son los que han aprendido a usar las herramientas digitales sin perder la empatía y el trato humano
Estamos, hay que decirlo, en la mitad del proceso. La robótica médica todavía tiene límites enormes. Los algoritmos se equivocan, especialmente con poblaciones que estuvieron subrepresentadas en sus datos de entrenamiento. Durante décadas, la dosis estándar de digoxina —un medicamento para la insuficiencia cardíaca— se calculó a partir de estudios realizados mayoritariamente en hombres blancos de mediana edad. Las mujeres, que tienen menor masa muscular, acumulaban el fármaco en sangre a niveles más altos con la misma dosis, aumentando el riesgo de toxicidad. No fue hasta 2002 cuando un gran estudio reveló que las mujeres tratadas con digoxina tenían mayor mortalidad que las no tratadas. Años de dosis “correctas” que, para ellas, nunca lo fueron. La brecha entre la medicina digitalizada de los grandes hospitales y la atención básica en zonas rurales o países en desarrollo sigue siendo escandalosa.
Y, sin embargo, el potencial es real. La telemedicina ha acercado especialistas a personas que antes morían sin acceso a ellos. Los exoesqueletos robóticos devuelven movilidad a quienes creían haberla perdido para siempre. Las prótesis inteligentes aprenden del movimiento de quien las lleva y se adaptan, casi como si recordaran.
Hay algo profundamente humano en eso, aunque venga de una máquina.
Al final, lo que esta transformación nos enseña no es que la tecnología va a reemplazar a los médicos. Es que nos obliga a definir, con más claridad que nunca, qué es lo que solo los médicos —y solo los humanos— pueden hacer. Acompañar en el diagnóstico difícil. Sostener la mano en el momento del miedo. Tomar una decisión cuando los datos no son suficientes. Escuchar los síntomas del paciente tal cual él los perciba. Decidir que, a veces, no tratar es también curar.
La robótica y la digitalización son las herramientas más poderosas que la medicina ha tenido jamás. Pero una herramienta, por sofisticada que sea, sigue necesitando una mano que la guíe con juicio, con ética y con humanidad.
Y eso, de momento, no tiene versión digital.
Por Albert Almajano, Regional IT Head Western Europe B. Braun

