Entre los grandes proyectos de futuro que Elon Musk presenta a los inversores de la recién estrenada SpaceX cotizada en bolsa figura un ambicioso plan para instalar centros de datos en el espacio: satélites alimentados por energía solar, distribuidos a través de una vasta red, capaces de procesar información en órbita y retransmitirla de vuelta a la Tierra. Como propuesta, tiene toda la lógica característica de una apuesta de Musk. Es el tipo de idea futurista —en la línea de su famosa frase de que quiere morir en Marte, “pero no en el impacto”— que ha definido su carrera. Y llega en un momento especialmente oportuno: la fiebre por la inteligencia artificial está en plena ebullición, mientras que los centros de datos terrestres que la sostienen se han convertido en una fuente creciente de controversia para muchas comunidades, debido al aumento del consumo energético, el ruido, la contaminación y el escaso beneficio económico local que generan.
SpaceX espera comenzar a lanzar estos centros de datos orbitales en 2028, aunque la documentación de su salida a bolsa no ofrece estimaciones sobre el coste de desarrollar un sistema de este tipo. Lo que sí incluye es una advertencia que destaca en el folleto informativo como una señal de alarma: el proyecto implica “una complejidad técnica significativa, tecnologías no probadas o tecnologías que aún no existen o que requerirán avances sustanciales, y estas iniciativas podrían no llegar a ser comercialmente viables”.
Los abogados de SpaceX redactaron esa frase como una advertencia para los inversores. Musk probablemente la enmarcaría y la colgaría en la entrada de sus oficinas.
Sin embargo, si el objetivo es simplemente alejar los centros de datos de tierra firme y operarlos a menor coste, existe una alternativa potencialmente más atractiva: el océano. Está lejos de los contribuyentes, de las disputas urbanísticas y de la llegada repentina de gigantes tecnológicos a escala industrial. Además, podría convertirse en una fuente de energía más sostenible y en una solución mucho más barata para refrigerar las enormes infraestructuras que exige la inteligencia artificial.
“Lo que estamos haciendo es una auténtica locura”
Ahí es precisamente donde quiere llegar Panthalassa. La startup con sede en Portland, Oregón, respaldada por Peter Thiel y un grupo de firmas de capital riesgo de Silicon Valley, ha dedicado la última década al desarrollo de centros de datos flotantes capaces de generar su propia electricidad mediante el movimiento de las olas del océano y de refrigerarse utilizando agua marina fría. La empresa espera que sus primeras unidades comerciales entren en funcionamiento en 2027, un año antes de que SpaceX planee comenzar a desplegar sus centros de datos orbitales, siempre sujetos a las numerosas advertencias recogidas en su documentación bursátil.
“Lo que estamos haciendo es una auténtica locura”, declaró a Forbes su consejero delegado y cofundador, Garth Sheldon-Coulson. “Somos la primera empresa que va a adentrarse en medio del océano para hacer algo así”.
El prototipo Ocean-2, que Panthalassa —nombre que en griego significa “todo mar”— lleva probando frente a la costa del estado de Washington desde el año pasado, se parece más a una instalación industrial marina que a un centro de datos convencional. Consiste en una torre de acero de unos 70 metros de altura sumergida bajo la superficie, coronada por una gran estructura esférica que flota sobre el agua.
A medida que la plataforma sube y baja con el oleaje, el agua asciende por la torre hasta un depósito esférico situado en la parte superior y posteriormente atraviesa una turbina capaz de generar hasta un megavatio de electricidad continua. La versión comercial que Panthalassa prevé desplegar el próximo año estará equipada con chips y hardware informático destinados a ejecutar procesos de entrenamiento y aprendizaje de inteligencia artificial directamente a bordo, transmitiendo los datos mediante satélite, de forma similar a la visión que plantea SpaceX.
“Será la forma de menor coste para realizar grandes volúmenes de computación para inteligencia artificial, inferencia y aprendizaje por refuerzo, sin generar emisiones”, aseguró Sheldon-Coulson a Forbes.
La idea de aprovechar el océano como fuente de energía ha fascinado a científicos e ingenieros durante más de un siglo. También ha puesto a prueba sus límites. Hasta la fecha, ningún sistema de generación eléctrica a gran escala basado en las olas ha demostrado ser comercialmente viable.
Sin embargo, el interés persiste porque el potencial es enorme. Un estudio de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que la energía undimotriz podría generar miles de teravatios hora de electricidad cada año. Capturar de forma constante incluso una pequeña parte de ese recurso supondría una transformación radical para el sector energético.
El problema es que el océano siempre ha tenido la última palabra en todos los planes de negocio anteriores.

Panthalassa no es la primera empresa que ve en el océano una solución alternativa para los centros de datos. Microsoft pasó años probando instalaciones submarinas conectadas a la red eléctrica terrestre frente a las costas de Escocia, antes de poner fin al proyecto de investigación en 2024. China, por su parte, también está experimentando con centros de datos submarinos alimentados por turbinas eólicas. Sin embargo, en esos casos el océano se utiliza principalmente como sistema de refrigeración. Panthalassa quiere convertirlo además en una fuente de energía.
“Operamos en mar abierto, donde la energía de las olas es más abundante que en las aguas costeras poco profundas”, explica Sheldon-Coulson. “Nuestros nodos son autopropulsados y pueden reposicionarse de forma autónoma. No existe ninguna conexión con el lecho marino”.
El ejecutivo fundó Panthalassa en 2016 junto al ingeniero Brian Moffatt, tras obtener un máster en el MIT y una licenciatura en Derecho por Harvard. Ambos compartían un interés común por la investigación en energía undimotriz. El ingeniero jefe de la compañía, Daniel Place, procede de SpaceX, mientras que otros miembros del equipo técnico llegaron desde gigantes tecnológicos y aeroespaciales como Google, Blue Origin, Apple, Boeing, Amazon y Tesla.
En mayo, Panthalassa recaudó 140 millones de dólares en una ronda Serie B destinada a financiar su primer despliegue comercial. Entre los inversores figuran Peter Thiel, John Doerr, TIME Ventures —el vehículo de inversión de Marc Benioff—, SciFi Ventures —fundado por Max Levchin— y fondos especializados en tecnología como Gigascale Capital, creado por Mike Schroepfer, antiguo director de tecnología de Meta y responsable de la construcción de la infraestructura global de centros de datos de la compañía.
Schroepfer considera que la idea de utilizar boyas flotantes como centros de datos es extremadamente ambiciosa. Sin embargo, también cree que podría ofrecer una solución tanto a la creciente oposición social a los grandes centros de datos como al enorme desafío energético que plantea la expansión de la inteligencia artificial.
“Estamos hablando de aprovechar literalmente 10 teravatios de energía de las olas que hoy permanecen sin explotar en zonas del océano donde no opera ninguna ruta marítima. No hay absolutamente nada allí”, afirma.

Tanto los centros de datos espaciales como los marítimos persiguen, en esencia, el mismo objetivo: aprovechar una fuente de energía prácticamente gratuita. En un caso, la luz solar en órbita; en el otro, la fuerza constante de las olas del océano Austral. Para Mike Schroepfer, la principal ventaja de la propuesta oceánica es una cuestión de logística y costes. Instalar infraestructura tecnológica en alta mar es complejo. Hacerlo en el espacio implica afrontar exactamente el mismo desafío, pero añadiendo una factura multimillonaria en lanzamientos de cohetes: SpaceX cobra hasta 90 millones de dólares por lanzamiento.
“Si comparas cuánto cuesta transportar una tonelada al océano frente a enviarla al espacio, la respuesta es que hacerlo al espacio es unas cien veces más caro”, afirma Schroepfer. “Tenemos una ventaja de costes de 100 a 1. Incluso si estuviéramos equivocados por un factor de diez, seguiríamos siendo diez veces más competitivos”.
Panthalassa planea desplegar cientos —y eventualmente miles— de boyas flotantes equipadas como centros de datos en las aguas situadas entre la Antártida, Sudamérica y África. La elección no es casual: se trata de una de las regiones con oleaje más potente y constante del planeta, además de estar alejada de las principales rutas marítimas.
La energía generada por estas plataformas se utilizaría directamente en el lugar, ya que transportar electricidad hasta tierra firme resultaría demasiado costoso. Si su modelo de centros de datos tiene éxito, el siguiente paso de Panthalassa será utilizar estas instalaciones flotantes para producir combustibles limpios a partir de principios de la década de 2030. Entre ellos figuran el hidrógeno verde y el amoníaco libre de carbono, obtenidos mediante agua de mar desalinizada y electrólisis para separar las moléculas de hidrógeno y oxígeno.
“Después cargamos esos combustibles en barcos y los transportamos allí donde se necesiten”, explica Sheldon-Coulson. Según el ejecutivo, producir hidrógeno verde mediante energía oceánica costaría solo una fracción de lo que cuesta hacerlo utilizando energía solar.
Su argumento se basa principalmente en el precio y la disponibilidad de la energía.
“Tenemos un coste energético extraordinariamente bajo. Producimos electricidad por alrededor de dos centavos de dólar por kilovatio hora y además contamos con un factor de capacidad muy elevado, superior al 90%, lo que significa que estamos operativos prácticamente todo el tiempo”, afirma.
La visión de Panthalassa va mucho más allá de los centros de datos flotantes.
“Lo que estamos intentando construir es un ecosistema energético completamente nuevo en medio del océano, aprovechando una fuente de energía extremadamente abundante, lejos de tierra firme y de cualquier conflicto de uso. El objetivo es suministrar dos recursos que la humanidad necesita cada vez más: enormes capacidades de computación y combustibles limpios”.
Antes de nada, las máquinas tienen que ser capaces de sobrevivir en el mismo entorno que pretenden aprovechar. El océano Austral es especialmente hostil debido a la ausencia de grandes masas continentales que frenen el viento y las corrientes, lo que permite la formación del sistema de olas más potente del planeta.
Para afrontar ese desafío, Panthalassa ha diseñado sus nodos con muy pocas piezas móviles y utilizando materiales industriales similares a los empleados en grandes embarcaciones oceánicas: acero de gran espesor protegido con recubrimientos de zinc o aluminio. Según Sheldon-Coulson, estas estructuras deberían tener una vida útil de al menos 15 años.
“Tenemos previsto reemplazar la carga informática aproximadamente cada cinco años”, explica.
La cuestión de la refrigeración resulta mucho más sencilla que la generación de energía. Y, además, especialmente relevante en un momento en que los centros de datos terrestres están convirtiendo la refrigeración en un problema cada vez más complejo relacionado con el consumo de agua, la demanda eléctrica, los permisos regulatorios y el rechazo de algunas comunidades locales.
La temperatura media en las zonas donde Panthalassa planea desplegar sus nodos ronda los 10 grados Celsius. En esas condiciones, no son necesarios los costosos sistemas de refrigeración específicos que requieren los centros de datos convencionales, como enfriadoras industriales, torres de refrigeración o grandes cantidades de agua dulce.
“Es una apuesta enorme, pero sería un lugar donde alojar una gran capacidad de computación sin que nadie tuviera que preocuparse por ella”, afirma Sheldon-Coulson.
Según el ejecutivo, el sistema ofrece ventajas significativas: “Es mucho más eficiente, mucho más barato, consume muchos menos recursos y proporciona un entorno mucho más favorable para los chips, lo que también prolonga su vida útil”.
La refrigeración, de hecho, podría convertirse en uno de los principales obstáculos para el concepto de centros de datos espaciales de Elon Musk. Los satélites que orbitan la Tierra operan en un entorno extremo, donde las temperaturas pueden oscilar entre -170 y 120 grados Celsius.
Además, al encontrarse en el vacío, no pueden disipar el calor mediante sistemas convencionales de refrigeración por aire. Esto obliga a incorporar complejos sistemas de gestión térmica para evitar daños en los sensibles equipos de procesamiento y almacenamiento de datos. Para los defensores de la alternativa oceánica, ese es precisamente uno de los puntos donde los centros de datos flotantes podrían tener una ventaja decisiva.

El consejero delegado de Panthalassa evitó comparar directamente los costes de su propuesta con el concepto de centros de datos orbitales de Musk, por razones evidentes. Sin embargo, sus declaraciones permiten intuir claramente cuál cree que será el resultado.
“Seremos significativamente más baratos que los centros de datos terrestres. Y creo que eso significa que también estaremos bastante por delante de las soluciones orbitales, al menos en un futuro previsible”, afirmó.
Aun así, existe una posibilidad real de que el proyecto fracase. La energía undimotriz acumula una larga historia de tecnologías prometedoras que terminaron sucumbiendo ante la dureza del océano, y el océano Austral puede convertirse en un laboratorio especialmente hostil, incluso implacable.
Pero si funciona, el potencial es enorme. Esa fue precisamente la razón que llevó a Mike Schroepfer a invertir en la compañía. “Es una apuesta enorme, pero ofrecería un lugar donde alojar una enorme capacidad de computación sin que nadie tuviera que preocuparse por ella”.
Este artículo ha sido traducido de Forbes.com

