«Las ideas no duran mucho. Hay que hacer algo con ellas», afirmaba Santiago Ramón y Cajal. Inspirados por el aforismo del premio Nobel español, la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales de España y Kyndryl, compañía líder de servicios de tecnología, han unido sus fuerzas para crear Asombrosa, una publicación digital gratuita dedicada a la divulgación científica, cuyo objetivo último es despertar la curiosidad de los lectores y tender puentes entre la investigación y la empresa.
El pasado martes 2 de junio en la sede de la Academia en la madrileña calle Valverde, la presidenta de la institución Ana María Crespo de las Casas y el presidente de Kydryl para España y Portugal, David Soto, inauguraron una jornada para dar a conocer la iniciativa, que contó con la participación de algunos de los científicos que han colaborado en ella.

Después de la bienvenida de la presidenta en calidad de anfitriona y las palabras de David Soto, que destacó la importancia de la curiosidad y la humildad como claves del liderazgo y el progreso, y confirmó la intención de Kydryl de continuar «dando oxígeno a la innovación», llegó el momento de las diferentes mesas redondas. La primera de ellas fue un encuentro entre Mónica de la Maza, Iberia Marketing Lead en Kyndryl, y Manuel de León, coordinador de Asombrosa, que conversaron sobre el origen de la publicación, su filosofía y compartieron algunos detalles sobre la misma. Por ejemplo, los temas que los lectores podrán encontrar en ella —como el uso de la inteligencia artificial, la ciberseguridad y la criptografía, la computación cuántica, la visión del cosmos, la neurociencia y el cambio climático—, cada uno de los cuales ha sido elaborado por dos científicos, con el objetivo de aportar una visión enriquecida y poliédrica de los mismos.
«La ciencia explica el mundo, lo amplía y aunque acercar la ciencia a la vida pueda parecer sencillo, no lo es», comentaba De la Maza sobre Asombrosa, proyecto que tiene entre sus objetivos «inspirar vocaciones científicas», como la del propio Manuel de León, interesado desde niño por las matemáticas.
«Era curioso y quería saber por qué suceden los fenómenos. En ese sentido, las matemáticas son transversales a todas las ciencias. Galileo, por ejemplo, decía que “el universo está escrito en lenguaje matemático”», recordaba De León, que destacaba cómo, a pesar de esa parte abstracta, las matemáticas también tienen la capacidad de generar cosas hermosas, una idea que está presente en Asombrosa, publicación que, en palabras de sus responsables, aglutina «rigor, amenidad y belleza».
Del cero al infinito
La segunda charla de la jornada fue la protagonizada por María Varela de Arco y Jesús Martínez Frías. Con el título «De un grano de arena al cielo. Nano ciencia y cosmos para una exploración sin límites», la Catedrática de Física de la Materia Condensada y el experto en Meteoritos, Geología Planetaria y Astrobiología conversaron sobre lo microscópico —«esa escala donde nada se ve pero todo sucede, porque el cambio de un solo átomo hace que el funcionamiento de la materia cambie completamente», en palabras de Varela del Arco— y de la exploración espacial, entendida como una actitud natural en el ser humano. «Hemos explorado siempre lo que nos ha rodeado. Primero entornos más cercanos y ahora el espacio, porque estudiando Marte también estudiamos nuestro planeta», comentaba Martínez Frías, que hacía dos puntualizaciones sobre la exploración espacial: que los presupuestos en investigación no deben ser considerados gastos sino inversión y que, por muy desmesuradas que parezcan las cifras, la investigación del planeta rojo apenas cuesta «dos Messi y un Ronaldo».

A continuación fue el turno de Verónica Bolón, David Ríos y David Pérez García y la charla «Una nueva forma de pensar, conversaron sobre algoritmos, inteligencia artificial y sostenibilidad». Además de llamar la atención sobre el hecho de que toda tecnología contamina, por lo que es necesario reducir sus efectos en el medio ambiente, los participantes abordaron temas como la ciberseguridad, las posibilidades que aportarán los ordenadores cuánticos a la hora de proteger los sistemas informáticos, los protocolos que se pueden seguir hasta que esos ordenadores sean una realidad y la necesidad de eliminar los sesgos de los algoritmos, algo que no resulta sencillo, desde el momento en que las personas que los programan también tienen esos sesgos. Por último, los tres participantes coincidieron en que, desde el punto de vista de la ciencia, la cuestión que resulta clave para saber si un avance es válido o no es preguntarse, sencillamente, «¿por qué?».
Gimnasia cerebral
La jornada se cerró con la charla «Clima, sostenibilidad y neurociencia. Cuidar lo vivo», en la que Salud Deudero, Pedro Jordano y Juan Lerma departieron sobre la importancia de conciliar los avances científicos con el respeto a los entornos naturales e incluso a las particularidades anatómicas del ser humano. De esta forma, mientras que Deudero y Jordano —vinculados a los fondos marinos de Baleares y los ecosistemas de Doñana respectivamente— hablaban de la importancia que esos entornos naturales tienen para la supervivencia humana, Juan Lerma, experto en neurociencia, resaltó las posibilidades de la inteligencia artificial para el progreso humano, sin olvidar sus posibles riesgos neurológicos.
«El coeficiente de inteligencia, que había aumentado en estas últimas décadas, ha comenzado a descender en los países más desarrollados por el uso de la tecnología —apuntaba Lerma—. El cerebro tiene una gran plasticidad y su desarrollo es tardío porque no se alcanza en su totalidad hasta los veinte años, por lo que el uso de la inteligencia artificial podría afectarle. Tanto es así, que no sería raro que, dentro de 50 años, veamos en nuestros barrios gimnasios cerebrales semejantes a los actuales para fortalecer el cuerpo».
Esta reflexión de Lerma llevó a la periodista Beatriz Solano, presentadora del acto, a preguntarle su opinión sobre ese antiguo método pedagógico basado en la memorización de ríos y capitales de países del mundo. «Por lo que parece, no estaba tan errado», confirmaba el científico, que recordaba «sin el cerebro no hay nada».

