Cada vez que la inteligencia artificial genera una respuesta inesperada o brillante, tendemos a llamarla creativa. Es un error comprensible, pero es un error: estamos confundiendo la creatividad con el resultado. Y la creatividad no es el producto final. Es el tipo de proceso que lo hace posible.
Hace poco, una IA resolvió el problema matemático de la distancia-unidad, planteado por Paul Erdös en 1946 y pendiente desde entonces. Para explicar por qué eso es creatividad, Sampedro recupera al biólogo computacional Itai Yanai, quien distingue entre una «ciencia de día» —basada en datos, experimentos y lógica— y una «ciencia de noche», más intuitiva e irracional.
La misma que llevó a August Kekulé a descubrir la estructura del anillo de benceno tras soñar con una serpiente que se mordía la cola: el antiguo símbolo del Ouroboros. La distinción de Yanai es poética y seductora. Pero el problema es que la IA no hace ciencia de noche. Hace ciencia de día a una velocidad y escala que ningún cerebro humano puede igualar. Eso no es creatividad. Es computación extraordinaria.
La creatividad no está en el resultado, sino en el proceso
Dos tipos de inteligencia
Para entender por qué, hay que discernir entre dos tipos de inteligencia que solemos confundir. La inteligencia analítica —racional, medible, reproducible— es la que ha sustentado el pensamiento científico desde el siglo XVIII. La que hemos estudiado tan bien que hemos conseguido replicarla y automatizarla. La llamamos IA, pero en realidad es inteligencia humana externalizada: un modelo tan perfeccionado que ya no necesita estar incorporado a una persona. La inteligencia creativa es otra cosa. No opera solo desde la razón, sino desde la integración de razón, intuición, emoción y percepción inconsciente. No sigue una lógica lineal. No puede predecirse ni replicarse mecánicamente.
Y genera algo que la computación no genera: estados de conciencia.
El Eureka no llega en el laboratorio
Los grandes descubrimientos raramente nacen de la lógica pura. Arquímedes no formuló su principio mientras investigaba, sino mientras se daba un baño. Kekulé no dedujo el benceno: lo soñó. Einstein imaginó qué ocurriría si viajara junto a un rayo de luz. El proceso creativo bebe de fuentes que van mucho más allá de lo observable y demostrable: el inconsciente, la intuición, la experiencia vivida, incluso el azar. Por eso los resultados de los procesos creativos exitosos no solo sorprenden: admiran, emocionan, contagian. Generan entusiasmo —palabra cuya etimología griega significa literalmente «estar de la mano de los dioses»—. Algo que ningún software puede producir, porque el entusiasmo no es un output. Es una experiencia interior.
«La IA puede llegar a conclusiones que parecen creativas. Pero no experimenta el proceso que las hace posibles.»
La creatividad como sistema operativo
Propongo entender la creatividad como el sistema operativo de la consciencia. No es una habilidad artística, sino el mecanismo fundamental mediante el cual los seres humanos interpretamos la realidad y decidimos intervenir en ella.
Desde los primeros útiles del Homo neanderthalensis hasta las narrativas simbólicas del Homo sapiens, la historia de la humanidad es, en esencia, la historia de su inteligencia creativa. Siempre ha habido un paso previo a cualquier acto creativo: la consciencia de uno mismo frente al entorno, lo que nos sitúa como observadores de algo externo. Esa toma de consciencia —trazar el mapa sobre el que actuar— es ya un acto creativo en sí mismo. La IA no tiene conciencia de sí misma ni del entorno. Tiene datos y algoritmos. Puede producir resultados que nos parecen creativos, igual que lo reflejado en un espejo puede parecer lo real.
Por qué importa ahora Vivimos un momento en que la inteligencia analítica se ha democratizado y automatizado. Lo que antes era una ventaja competitiva —analizar, sintetizar, producir— hoy está al alcance de cualquier empresa con una suscripción.
La pregunta ya no es quién procesa mejor la información. La pregunta es quién es capaz de ver diferente. Y esa capacidad —ver diferente, percibir lo que otros no perciben, conectar lo que parece inconexo— es precisamente lo que define la inteligencia creativa. No es un lujo cultural. No es un talento reservado a artistas. Es la única forma de inteligencia que la IA no puede replicar, porque requiere algo que ningún modelo tiene: ser un ser consciente.
Javier Sampedro publicó hace unos días en El País un artículo brillante en el que se admira de que la inteligencia artificial sea creativa. Su argumento arranca de un hecho reciente: una IA ha resuelto el problema matemático de la distancia-unidad, planteado por Paul Erdös en 1946 y pendiente desde entonces. La cuestión de si la IA es creativa es recurrente, y me parece un error. Un error comprensible, pero un error.

