Una de las grandes ideas que nos trajo la Ilustración es la creencia en el progreso histórico indefinido. Muy pronto, el avance de la ciencia tradujo este principio en aumento del conocimiento y del poder para, a continuación, convencernos de que la felicidad depende solo de lo que nosotros consigamos. Cuanto más avance, cuanto más perfecto hagamos el mundo, más felices seremos.
Solo existe progreso real cuando este nos transforma en mejores personas: que se cuidan y cuidan a los demás, y que son cuidadosas con el planeta. Si no vivimos cuidadosamente, es fácil que nos convirtamos en víctimas de nosotros mismos. Por eso, a los criterios clásicos de progreso como conocimiento y poder, habría que añadir el del bien: ¿Es esto bueno para las personas, para el medio ambiente, para las próximas generaciones?
Si a este planteamiento le añadimos la influencia del utilitarismo como principal criterio de valoración, ya tenemos el producto listo para ser servido. Sin darnos cuenta, o atraídos por los cantos de sirena del progreso feliz, es muy tentador desplazar a la persona del centro. Todo para la persona, pero sin la persona. Y la verdad es que, como dice Alejandro Llano, “en este mundo nada sustituye a nada, pero lo menos sustituible de todo es la persona”.
Es lógico traducir el progreso en mayor esperanza de vida, si se trata de una vida esperanzada. Es progreso mejorar las comunicaciones, siempre y cuando sirva para mejorar las relaciones. Está muy bien generar más información y elaborar complejos algoritmos al instante, pero no en detrimento de la creatividad ni de la intuición. Y, sobre todo, conviene mejorar la eficiencia, pero no debería ser a costa de una deshumanización, no solo de las decisiones críticas, sino del propio trabajo.
Es bueno que optemos a algo mejor, a lo óptimo, si se quiere. Pero no podemos dejar de tener los pies sobre la tierra y generar un sistema, un estilo de vida, un mundo que no respete el capital más valioso del que disponemos: las personas, con nuestros límites y necesidades. Sería un error ver en ellas pura fragilidad o vulnerabilidad que hay que solventar con tecnología, sí o sí, para poder avanzar. Los límites no recortan, ni mucho menos privan, al hombre de la felicidad; al revés, nos dicen a partir de dónde hemos de construirla.
Resulta esclarecedor que los avances de la ciencia y la tecnología hayan permitido satisfacer necesidades y acumular riquezas inimaginables en el pasado sin que esto se haya traducido en mayor felicidad.
Hemos de seguir mejorando los recursos, perfeccionando los sistemas y estructuras, pero sin olvidar que el único progreso real es el que redunda en lo más propio y profundo de la persona: su identidad, integridad y dignidad. Una dignidad que Javier Gomá define como “aquello que estorba” cuando tenemos por delante un determinado progreso, ante un asunto de utilidad pública o, incluso, ante una supuesta buena causa. Si no queremos que el progreso se deshumanice, hemos de velar para que los derechos y las obligaciones se respeten y, de paso, no se limite el éxito de la oportunidad.
El balance del equilibrio
Un progreso centrado en la persona ha de promover, o al menos respetar, su equilibrio personal para que cada uno pueda dirigir su vida hacia el propósito que se haya marcado. Y, para eso, hemos de preservar, al menos, dos balances: el equilibrio entre la vida personal-familiar y la vida laboral-productiva, sin olvidar que el hombre es un animal relacional que se hace con los demás; y el balance entre el esfuerzo y tensión acumulados, con las actividades y medios necesarios para nuestro descanso y ocio.
La OMS nos ha planteado, como objetivo en la Agenda 2030, garantizar una vida sana y promover el bienestar en todas las edades; y una de sus metas es precisamente promover la salud mental. Parece lógico que todo lo que entendamos como avance ha de promover y respetar estos fines, y no caer en el error de dejar de lado el factor humano, y muy especialmente, su salud mental.
Caemos en esta trampa cuando asociamos el nivel de felicidad al éxito, lo que nos lleva directamente a la competitividad y la autoexigencia y, además, de manera sostenida, precisamente para evitar a toda costa un supuesto fracaso. Esta competitividad, al igual que toda la gama de dispensadores de dopamina, se convierte fácilmente en un acelerador de desequilibrios personales, alimentado por un progreso que no está pensado en clave moral.
Al final, la pregunta esencial no debería ser qué vamos a conseguir o hasta dónde vamos a llegar con estos avances, sino qué tipo de personas queremos ser, y qué sociedad y planeta aspiramos a dejar a las próximas generaciones.
Por Dr. Javier Schlatter, especialista en Psiquiatría de la Clínica Universidad de Navarra y autor de ¿A qué esperas para ser feliz?

