Baleares

La mutación creativa del mallorquín Miguel Adrover: entre la moda y el arte, entre la vida y la muerte

Gonzalo Hergueta firma un documental que repasa la dimensión creativa del mallorquín Miguel Adrover, diseñador que reinó a finales de los noventa en Nueva York

 

Miguel Adrover, en una imagen de promoción de 'The Designer is Dead'.

El espectador del documental The Designer Is Dead, firmado por Gonzalo Hergueta y centrado en la figura de Miguel Adrover, probablemente salga con esa misma conclusión: el diseñador ha muerto. Sin embargo, la idea es engañosa. Porque Adrover es y ha sido siempre mucho más que eso. Fotógrafo, artista y pensador, su trayectoria anticipa algunas de las ideas clave que hoy definen la industria de la moda. Nacido en Mallorca y formado creativamente en el Nueva York de finales de los noventa, resulta difícil entender fenómenos como el reciclaje o ciertas estéticas que más tarde adoptarán las grandes casas, como Balenciaga bajo la dirección de Demna Gvasalia.

Pero hay otra razón por la que Adrover trasciende la categoría de diseñador. Tiene que ver con un movimiento que hoy resulta especialmente relevante en términos de reinvención profesional: su capacidad para redefinir su propio espacio creativo. Lejos de las pasarelas, Adrover es también el creador de un enclave singular situado en el centro de Palma. Cuando recibió el Premio Nacional de Diseño de Moda, antes de que comenzara el rodaje del documental, aquel local permanecía cerrado. Tuvo diferentes nombres, como Flora y Distrito, aunque el proyecto original respondía a una idea más íntima: EsJaç. En catalán, es un término que remite al lecho de los animales, a la huella que dejan los cuerpos al levantarse. Una idea que conecta con la noción de rastro e identidad, conceptos clave también en su obra.

Imagen promocional del documental ‘The Designer is Death»

Cuando el espacio abrió sus puertas, Adrover había alcanzado reconocimiento internacional. Había seducido a Vogue América y captado la atención de la crítica especializada. Pero también experimentó el reverso del éxito: el fracaso de su colección Utopía, presentada poco antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Su propuesta, centrada en la multiculturalidad, chocó con un momento en el que prendas como caftanes y chilabas dejaron de leerse desde la diversidad para pasar a ser elementos sospechosos. La industria le retiró su apoyo. Sin inversores, Adrover abandonó el circuito y terminó trabajando de taxista en Egipto.

Ese giro funciona como un punto de inflexión. Cuando decide regresar a Mallorca, retoma un pequeño local, de apenas 40 metros cuadrados, que su abuelo había adquirido años atrás, situado en la zona de La Lonja. A principios de los noventa, el espacio funcionó bajo el nombre de Distrito, gestionado por un joven Adrover que todavía no era diseñador, ni artista, ni fotógrafo. Era, simplemente, alguien con mirada.

A su regreso, se encuentra con un bar convencional en una zona saturada de oferta nocturna. Es ahí donde despliega una operación que, vista en perspectiva, puede leerse como una extensión física de su universo creativo. Las formas onduladas, las teselas de mosaico, el suelo tratado con cal o los baños rematados con pequeñas cúpulas cubiertas de ramas sin tratar responden a una lógica artesanal. Incluso los elementos más funcionales, como las tapas de madera de olivo tallada de los retretes, participan de su narrativa artística. 

Miguel Adrover en su estudio

La decisión más radical, sin embargo, es también la más improductiva desde un punto de vista comercial: la instalación de una gran tinaja, de casi dos metros, que ocupa buena parte del espacio útil del local. En un pequeño negocio en el que cada metro cuadrado cuenta, Adrover decide sacrificar capacidad a favor del concepto. La estructura, coronada con ramas de higuera, actúa como pieza central y declaración de intenciones. Cuenta con una peana del escultor Ferran Aguiló, responsable también de las lámparas exteriores del local, realizadas en hierro forjado.

El resultado no es solo un bar, sino que durante años funciona como punto de encuentro cultural. Diseñadores, artistas y perfiles creativos transitaron por ese espacio para conversar con un Adrover que, oficialmente, se había retirado de la moda. En paralelo, crecían rumores: posibles fichajes por grandes casas, contactos con firmas internacionales. Era el momento de John Galliano en Dior y de la reciente salida de Alexander McQueen de Givenchy. Todo apuntaba a que el talento de Adrover terminaría reabsorbido por el sistema.

Pero no ocurrió. Y ahí reside el núcleo del relato. El diseñador seguía contestando llamadas, enviando correos, pero esa identidad ya no le pertenecía. Había mutado. Nacía el barman, el interiorista, el creador de espacios. Más tarde, emergería también el fotógrafo, autor de un volumen reciente que reúne cerca de 300 retratos y que amplía, una vez más, su radio de acción creativo en una historia que no habla tanto de abandono como de evolución. Porque, si bien es cierto que el diseñador ha muerto, lo que realmente ha ocurrido es algo más interesante: solo ha desaparecido una de sus múltiples encarnaciones. A juzgar por su recorrido, es razonable pensar que todavía quedan varias por descubrir.

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