Opinión Carla Mouriño

No es que un libro sea exitoso, es que sentarnos a leer es un éxito

El primer libro que recuerdo amar es ‘Finis Mundi’, de Laura Gallego García. Lo devoré con emoción y lloré al terminarlo como si se hubiese abierto un nuevo espacio que me era desconocido hasta el momento. Podía sentir muy fuerte lo que leía en páginas sin dibujos, sin nada más que palabras entrelazadas, una tras otra, comas, espacios, verbos y una historia cuya veracidad daba completamente igual y no afectaba en ningún caso lo que yo estaba leyendo.

Luego siguió ‘Harry Potter’ o la trilogía de ‘Crepúsculo’. Me creí mágica y vampira, fui más bien una adolescente con capacidad ingente de absorción de grandes tomos. Leía y leía. Me topé con Carlos Ruiz Zafón y su ‘Marina’, con ‘La casa de los espíritus’ y con ‘La plaça del diamant’. Leía en mi cama, me solía acostar boca abajo, levantaba los pies, me dolía la espalda, buscaba la luz, leía hasta la extenuación porque era el único motivo por el que me acostaba tarde: quería siempre leer diez páginas más para saber qué pasaba.

Lectora es una de las primeras cosas que recuerdo ser y leer era que me animaba a escribir mis propios cuentos. De la lectura del ‘Quijote’ escribí un poema de terrible calidad sobre el amor platónico que el caballero tenía con Dulcinea. Leyendo ‘El mundo de Sofía’ supe el significado de platónico y me supe un poquito más mayor. Caí en las garras de ‘El principito’ y mis primeros poemas de Lorca y Gloria Fuertes llegaron a mí en libros ilustrados preciosos que no acababa de entender y que ahora abrazo. También me di cuenta que no debo entenderlo todo y que la lírica no sólo va de comprensión. En la pandemia sustenté mi ánimo en una columna de lecturas. Me apoyaba y allí no caía.

¿Qué hace que un libro sea exitoso? Podría preguntárselo a una editorial. Podría afirmar directamente que es el número de ejemplares vendidos, que se vendieran los derechos a una película, que fuese un hito generacional, que sobreviva después de las décadas. Pensaría entonces que sólo el triunfo brillante define su éxito y, sin embargo, en realidad me gustaría sembrar otra sospecha: hay lecturas que sin todo ello han logrado su propia victoria.

Acaba de pasar el Día del Libro y está llegando la Feria del libro de Madrid, se acerca peligrosamente el verano, tanto como para empezar a seleccionar los mundos que queremos que nos acompañen este año. Es el momento.

Leer nos hace vencer la pereza, nos aparta de sopetón de la normalidad, nos lleva de excursión por nuestros propios límites, los que delimitamos con lo que consideramos que entra en nuestros márgenes. Nos vuelve capaces de conmovernos por una cadena de palabras que nos cuenta una historia nueva, real o inventada, que legitimamos para emocionarnos y cuya credibilidad nos es indiferente. Nos invita a aprender de lo desconocido,  a descubrir recovecos del mundo y a apasionarnos.

Escribió Gloria Steinem en ‘Mi vida en la carretera’: «ha habido grandes sociedades que no usaban la rueda, pero no ha existido ninguna que no contara historias». Escribo yo: no es que un libro sea exitoso, es que sentarnos a leer es un éxito. Uno de los mejores inventos de la humanidad.

Ojalá encontrarnos en la trinchera lectora, en la penumbra de los que nos quedamos de noche queriendo leer diez páginas más para saber qué pasa.

Artículos relacionados