Nautik Magazine Quico Taronjí

La épica del navegante

El periodista y navegantes Quico Taronjí reflexiona sobre el mar, el paso del tiempo y la esencia de navegar

Conocido como el Muelle de Riotinto o del Tinto, este antiguo embarcadero minero que se alza sobre el río Odiel en Huelva, hoy es un popular lugar de paseo y pesca. Foto: Alfonso Cerezo / Pixabay

Escribo desde el Odiel, sentado en el muelle de levante con las piernas colgando. Saboreo una cerveza que pone SIN (he dejado el vino temporalmente y nadie lo entiende. Yo menos) mientras observo el cielo trufado de nubes y pajaritos que planean sobre la ría. El disco del sol, orondo como una vaca, busca el pasto del horizonte por encima de las marismas y las playas. Semeja el nimbo de un santo bañado con pan de oro. Bebo un trago, y caigo en la cuenta de que estoy a dos pasos del monasterio de La Rábida. Me complace saber que observo el mismo sol que Colón al echarse al mar. El mismo sol –quién lo diría– solo que un poquito más viejo. Por el Odiel van y vienen renqueantes las barcas de motor y los pequeños veleros.

La escena es un cuadro costumbrista, precioso, y todo es mérito del mar. Ese mar que anida en mí desde niño, cuando aprendí el nudo llano, el as de guía, y volqué un raquero con toda su tripulación a bordo. Recuerdo el día que observé un congrio gigante en la bahía. En otra ocasión vi llegar a un windsurfista con los dedos sangrando y el brazo en carne viva. Aprendí que las mareas te pueden alejar de tu casa y de tus amigos. El mar nutre mis sueños y anhelos de continuo. El mar me despierta, me impulsa, me lleva a dormir plácidamente. Pero estaba en el Odiel, en la escena costumbrista, pensativo.

A veces siento que el paso de los años me hace ir perdiendo fuelle, perdiendo épica. Porque existe una lógica del navegante que se adereza con el condimento de la épica. Navegar es siempre glorioso. Y cuando el mar está lejos, o los días me arrinconan sin catarlo, siento que esa épica se desdibuja. Y entonces la existencia se vuelve mundana, ordinaria. Un insulto. Y lo lamento mucho, sinceramente. Navegar es necesario. Ya lo decía Pompeyo. Ahora sí, el sol rojo del Odiel se zambulle por fin en ese lugar que no existe, allá donde se cruzan todos aquellos caminos que nos llevan a ninguna parte.

Apuro mi cerveza de un trago y constato la evidencia: en la épica del navegante anida el sabroso milagro de la vida. Mis piernas siguen colgando. Volveré al vino.

@quicotaronji es periodista y navegante.

Este texto forma parte del número 5 de Nautik Magazine, que puedes encontrar en quioscos o en nuestra tienda 

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