España no es Estados Unidos. Ni falta que le hace. Mientras Silicon Valley sigue produciendo fortunas al ritmo de la inteligencia artificial, el mapa global de la riqueza empieza a dibujar nuevas rutas. Y una de ellas pasa, cada vez con más fuerza, por España.
Según el último informe de Knight Frank, el país verá crecer su número de milmillonarios un 40% hasta 2031. Traducido: de las actuales 38 grandes fortunas se pasará a unas 53. Un salto que no solo habla de dinero, sino de transformación económica, atracción de capital y posicionamiento global.
Un club cada vez más grande (y exclusivo)
El contexto ayuda a entender la magnitud del fenómeno. En 2025, más de 713.000 personas en el mundo superan los 30 millones de dólares de patrimonio. De ellas, algo más de 3.000 forman parte del club aún más exclusivo de los milmillonarios.
Y la tendencia es clara: este grupo no deja de crecer. En los últimos cinco años, el planeta ha sumado una media de 89 nuevos ultrarricos al día.
España, aunque lejos de las cifras de gigantes como Estados Unidos o China, empieza a ganar peso en ese tablero. Hoy cuenta con 9.186 personas con patrimonios superiores a los 25 millones de euros, un 42% más que en 2021. Y seguirá creciendo.
Madrid, imán de fortunas
Detrás de este auge hay algo más que números. Hay estrategia.
España se está posicionando como destino atractivo para grandes patrimonios internacionales, especialmente de Europa, Latinoamérica y Estados Unidos. ¿Las razones? Una combinación difícil de replicar: calidad de vida, infraestructuras, educación internacional… y fiscalidad competitiva en determinados territorios.
Madrid juega aquí un papel clave. La capital se ha convertido en un polo de atracción para patrimonios que buscan estabilidad, seguridad jurídica y un entorno favorable. La conocida “ley Beckham” y una presión fiscal más baja que en otras regiones actúan como catalizadores. No es casualidad que cada vez más family offices y grandes patrimonios miren hacia España como base de operaciones.
Del dinero barato al dinero selectivo
Eso sí, el crecimiento no será tan explosivo como en los años posteriores a la pandemia. El dinero barato –tipos bajos, liquidez abundante– impulsó una creación de riqueza casi sin precedentes.
Ese ciclo ha cambiado.
Ahora el entorno es otro: inflación persistente, tipos de interés más altos y mayor presión sobre la deuda. Esto no frena la creación de riqueza, pero sí la hace más selectiva. Menos euforia, más estrategia. Europa, incluida España, entra así en una fase más madura: crecimiento sostenido, pero sin excesos.
El factor tecnológico… que no es solo americano
Estados Unidos sigue liderando con claridad. Uno de cada tres ultrarricos del mundo está allí, impulsado por su mercado de capitales y su ecosistema tecnológico. Nombres como Elon Musk simbolizan ese modelo. Pero el fenómeno ya no es exclusivo.
Asia pisa fuerte, con India, Indonesia y Arabia Saudí acelerando la creación de grandes fortunas. Y Europa, aunque más lenta, encuentra nuevas palancas: turismo premium, real estate, energía, infraestructuras… y cada vez más inversión tecnológica. España, en ese contexto, no compite por volumen, sino por atractivo.
Ortega y el efecto arrastre
En la cima del sistema sigue una figura que lo explica casi todo: Amancio Ortega. Con un patrimonio que ronda los 120.000 millones de euros, el fundador de Inditex no solo lidera la lista española, sino que simboliza un modelo de creación de riqueza basado en empresa, internacionalización y visión a largo plazo.
Pero el verdadero cambio está más abajo: en la aparición de nuevas fortunas, más diversificadas, más globales y menos dependientes de sectores tradicionales.
Un país que empieza a jugar en otra liga
El dato del 40% no es solo una previsión. Es una señal. España no será la fábrica mundial de milmillonarios. Pero sí puede convertirse en un nodo relevante dentro del sistema global de la riqueza. Un lugar donde vivir, invertir y, cada vez más, generar capital.
La pregunta ya no es si España crea ricos. La pregunta es qué tipo de riqueza quiere construir. Porque en ese detalle –más que en el número– está la verdadera historia.

