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Ella Fontanals-Cisneros, empresaria, filántropa y miembro del Consejo de Latinas de Forbes Women: «Un empresario no se hace, se nace»

Todo el mundo conoce su faceta de coleccionista, pero pocos saben de su actividad inmobiliaria al frente de EFC Studio. Hablamos con Ella Fontanals-Cisneros de negocios y de cómo su pasión por la tecnología casi la lleva a inventar internet.

Ella Fontanals-Cisneros, empresaria, mecenas y coleccionista. Foto: Uxío da Vila.

Ella Fontanals-Cisneros (Cuba, 82 años) cree mucho en la energía de las palabras: “La palabra es una fuerza poderosa y a menudo no somos conscientes. Hay expresiones que conviene desterrar: ‘No tengo’, ‘Si yo tuviera’, ‘Si me pasara’. No. Uno tiene que invertir el enfoque: ‘Yo decido que mi futuro es este’, ‘Yo decido que mi vida se convierta en esto’. Cuando te concentras, las cosas suceden”.

Esta empresaria, mecenas y filántropa –y miembro del Consejo de Latinas de Forbes Women–, ha debido concentrarse mucho porque en su vida le ha ocurrido de todo. Tuvo que emigrar de Cuba con tan solo 13 años cuando Fidel Castro llegó al poder. En Venezuela, trabajó en un colegio, enseñó a las niñas natación sincronizada y probó suerte como azafata: “El dueño de la compañía era mi amigo y yo quería viajar”. Tuvo un primer matrimonio con un hombre que resultó ser alcohólico y con 19 años y una hija se divorció: «Vivía una situación de violencia dura hasta que dije, ya. Divorciarse en aquella época era un escándalo pero no importaba lo que el mundo dijera. No podía continuar con esa situación».

Ella Fontanals-Cisneros, empresaria, mecenas y coleccionista. Foto: Uxío da Vila.

Su vida cambió cuando conoció a Oswaldo Cisneros, presidente de compañías como Pepsi-Cola y Digitel, y miembro de una de las familias más ricas y poderosas de Venezuela. Con él tuvo una hija, Claudia. Oswaldo ya tenía a Marisa, y adoptó y crió a Mariela como propia. Las tres se criaron como hermanas. Filántropa, coleccionista y ciudadana del mundo, vivió casi 20 años en Suiza, fue vecina de Trump en Nueva York e invitada de Fidel en La Habana. Ha tenido casas en Madrid, Nueva York, Miami, Venezuela y República Dominicana, donde ha instalado las oficinas de EFC Studio, su empresa de Real Estate con 35 empleados. Su vida es inabarcable –ella misma la contó en su novela Ella, soy yo– y su energía, inagotable. Lo comprobamos un día de invierno gris en su casa del barrio de Salamanca, un día antes de tomar rumbo hacia su querida y soleada Punta Cana.

Siempre se la asocia al mundo del arte pero también es una empresaria destacada.

Muchas veces me preguntan cómo se hace un entrepreneur. Y yo siempre contesto: ‘Un empresario no se hace, se nace’. Desde chiquita tengo la necesidad de crear algo nuevo. Llegué con 13 años a Venezuela, exiliada de Cuba. Al año de llegar, mi padre que era un señor muy espiritual, compositor, escritor, falleció de un derrame cerebral. Yo tenía 15 años y empecé a trabajar sin tener formación escolar definida. Pensé ¿Qué sé hacer? Tenía pasión por los deportes, que había practicado en Cuba, y sabía inglés, porque había estudiado en un colegio americano. Vivíamos en casa de mi hermana y yo tenía la presión de mudar a mi mamá, así que empecé a trabajar en un colegio que tenía una piscina. Le dije a las monjas: ‘Dejenme la piscina en verano que voy a enseñar a las niñas bailes acuáticos’. Los cursos fueron todo un éxito. Se inscribieron cien niñas. Ese verano hice más dinero que cualquier ingeniero en Venezuela.

Usted fue una pionera en comprar pisos, restaurarlos y venderlos.

Compré mi primer apartamento en Nueva York en 1979. Estaba frente a Central Park. Era un dúplex de 700 metros que me costó 250.000 dólares. Recuerdo decirle a mi marido: ¡Compra más! En Caracas un apartamento costaba 1,5 millones de dólares. En Venezuela había mucho dinero y era todo carísimo. La vendí a un constructor por cuatro millones de dólares. Ahí empecé mi negocio de Real Estate.

¿Ganó mucho dinero con esa primera venta?

Llené la casa de tecnología. Traje un tipo de Londres, otro de California y les dije: ‘Quiero que esta casa esté conectada y que mi cafetera se prenda sola a las ocho; que mi baño se prenda a tal temperatura, que las luces se prendan solas’. No existía la domótica ni nada parecido y yo lo inventé. Salías del ascensor y se prendían las luces, se abrían las puertas. Metí tiras plásticas de computación por dentro de las paredes. En 1981 terminé la casa y todo el mundo empezó a hablar de ella.

¿Compró más apartamentos?

Mi marido me dijo: sueña y compra otro. Y así hice. Empecé a comprar casas y apartamentos, a hacer obras y vender. Estuve 14 años invirtiendo en Nueva York, luego empecé en Miami, después en Caracas y por último en Madrid. Ahora estamos pensando en ir hacia el sur, Málaga y Marbella. Mi empresa se llama EFC Studio y tiene 35 empleados.

Fue una pionera en el negocio de las reformas.

Hay muchas cosas por hacer. Es un negocio mío personal y particular. Inversiones hechas por mí. Mucha gente me llama porque hemos tenido mucho éxito y nuestro negocio ha crecido bastante. Ahora, en República Dominicana, estamos haciendo almacenamiento: warehouses [almacenes] de 15/20 metros que alquilamos.

¿Cuando se casó, decidió seguir con sus negocios?

Me casé con un hombre rico, poderoso y me dije: ‘Si estoy en este matrimonio es porque quiero, no porque necesite nada de nadie’. Se lo dejé claro desde el principio y seguí adelante con mis propios proyectos, metiéndome en mil negocios. A principios de los 90 tomé cinco años de búsqueda espiritual. Quería saber qué hago aquí, quién era. Paré en seco, lo dejé todo y me volqué en la filantropía.

Ella Fontanals-Cisneros, empresaria, mecenas y coleccionista. Foto: Uxío da Vila.

¿Le dio una depresión?

No, ninguna depresión. Lo que quería era averiguar quién era. Fueron casi seis años de experiencias maravillosas y mucha meditación. En una de mis meditaciones tuve una revelación sobre lo que vendría: que todos podríamos conectarnos a una computadora capaz de aclarar problemas y simplificar la forma de trabajar. Pensé, ‘Si esto puede ayudar a unificar al mundo, tengo que hacerlo». Así nació la ONG All Together y mi colaboración con la ONU. Empecé a desarrollar un sistema para que las personas pudieran conectarse entre sí y acceder a información de manera más directa. Monté una empresa en Boulder (Colorado), cerca de Jackson Hole, en la montaña, un lugar donde iba mucho.

¿Por qué iba tanto allí?

Esa búsqueda espiritual me fue llevando de un lugar a otro por Estados Unidos, sin un plan definido. Y, casi de forma natural, acabé allí: conocí a las personas adecuadas, puse en marcha la fundación y creamos una compañía de software con la idea de conectar al mundo entero. Colaboré con la Universidad de Colorado y estuve muy implicada en proyectos vinculados a la ONU.

¿Le gusta mucho la tecnología?

Claro, he hecho muchas cosas. Empecé con IG en la pandemia para hablar de mi colección y ya tengo 361.000 seguidores. La tecnología es algo innato en mí. ¡Yo casi inventé Internet!

¡Qué me está contando!

En 1992 hubo una reunión muy importante en Brasil y fueron todos los países para firmar acuerdos sobre medioambiente. Yo acudí con All Together en representación del grupo venezolano. Había un parque en Río de Janeiro donde todas las ONG’S instalaron sus proyectos y yo monté una carpa con el mío: propiciar la interconexión. Entonces unifiqué esa computadora con la ONU en Nueva York. Por ahí pasaron 30.000 personas a diario y todas querían sentarse en la computadora y hablar con Nueva York. Era el año 92.

¿Durante ese búsqueda espiritual, realizó muchas obras benéficas?

En Caracas había fundado varias ONG’s y Chávez me empezó a poner presión. No querían que nadie subiera a los cerros a ayudar porque solo ellos querían ponerse la medalla. Nos auditaban de una manera salvaje y se me empezó a hacer todo muy difícil. Teníamos que contar qué habíamos hecho, por qué, cuándo y cómo. Terminé cerrando el tema en Venezuela. Seguí con los negocios familiares: telefonía celular, una central azucarera que produce el 60% del azúcar de Venezuela, una empresa de vidrios embotelladora de Coca-Cola y Real Estate. Se llama CIFO: Cisneros Fontanals Group y es propiedad de mis hijas y mío.

Ella Fontanals-Cisneros, empresaria, mecenas y coleccionista. Foto: Uxío da Vila.

¿Piensa volver a Venezuela?

Cuando todo vuelva a la normalidad, sí, pero ahora mi base está en Re- pública Dominicana. Ahí tengo mis oficinas y de ahí parten mis negocios. El clima me gusta, los impuestos son buenos y quería estar cerca del mar.

Eligió Punta Cana como centro de operaciones.

Sí, hay mucho turismo y un crecimiento enorme. Estoy ahí desde hace cinco años. Antes viví casi 20 años en Suiza pero ya no puedo esquiar, no puedo con el frío y me duele la espalda porque tengo varias hernias discales. Entonces pensé: ‘Me voy cerca de mi hijas, que viven en Miami y NY’. Empecé a valorar en qué parte del Caribe instalarme, siempre pensando que Venezuela no era una opción. México me gustaba. De hecho pasé tres años en Yucatán escribiendo mi libro, Ella soy yo.

¿Cómo se definiría?

Soy una visionaria. Siempre estoy pensando qué va a pasar más allá de hoy.

*Realización: Chabela García, maquillaje y pelo: Mayorie Ticse y ayudante de estilismo: Martina Tacchini.

*Este reportaje ha sido publicado en el número 17 (marzo 2026) de Forbes Women. Puedes hacerte con la revista aquí.

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