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La antigua Grecia asentó un concepto fundamental para comprender la vida en comunidad: el amor al ser humano como base de la convivencia y del progreso colectivo. No se trataba de un amor abstracto, sino de una forma de reconocimiento mutuo, de responsabilidad compartida y de compromiso con el bienestar del otro.
La “philia” griega —esa idea de amor cívico nacida hace más de dos mil años—ha sido reinterpretado a lo largo de los siglos, pero conserva una vigencia sorprendente, incluso, en un mundo como el actual enfrentado a desigualdades persistentes, tensiones sociales y desafíos estructurales que requieren nuevas formas de ver las cosas.
La filantropía contemporánea, especialmente la impulsada por fundaciones adecuadamente profesionalizadas, intenta generar impacto sostenible, no solo aliviar urgencias. La ayuda social ha dejado de ser un gesto puntual de caridad para transformarse en una estrategia de cambio estructural
Pero este tránsito, del amor heleno al impacto social, debería venir acompañado de un cambio cultural profundo que permitiera que la solidaridad se vuelva intencional, medible y transformadora. Buscar un camino que nos convenza de que la batalla cultural se está perdiendo, no porque falten recursos o talento, sino porque falta un marco común de sentido.
Este marco conceptual sirve como punto de partida para explorar otra idea fuerza muy relacionada: no se puede amar lo que no se conoce. Y, por extensión, no se puede transformar lo que no se comprende. En un contexto iberoamericano marcado por la diversidad cultural, los desafíos institucionales y la necesidad urgente de fortalecer el tejido social, esta afirmación adquiere una relevancia particular.
El nacimiento de un vínculo emocional con un territorio, una cultura o una comunidad no surge de manera espontánea. Requiere un proceso de descubrimiento, de reconocimiento y de comprensión profunda. En muchas regiones de Iberoamérica, este proceso se ha visto interrumpido por dinámicas históricas complejas: desigualdad persistente, migraciones forzadas, fracturas sociales, pérdida de referentes culturales y una narrativa pública que a menudo enfatiza las carencias más que las fortalezas.
Reconectar con las raíces —históricas, culturales, lingüísticas, espirituales— no es un ejercicio nostálgico, sino un acto de afirmación. Permite comprender por qué somos como somos, qué valores compartimos y qué aspiraciones nos unen. Y, sobre todo, permite construir un sentido de pertenencia que es indispensable para cualquier proyecto de transformación social.
En este sentido, la identidad no es un concepto estático, sino un proceso dinámico que se renueva constantemente. Conocerla implica escuchar las voces diversas que conforman la comunidad, reconocer sus tensiones internas y valorar sus aportes. Solo así puede surgir un amor auténtico, no idealizado, sino consciente y comprometido. Como ciudadano español, y humano que recorre habitualmente el territorio, no puedo estar más de acuerdo.
La tarea nadie dijo que fuera fácil. Iberoamérica es una región de contrastes. Posee una riqueza cultural incomparable, una creatividad social vibrante y un potencial humano extraordinario. Pero también enfrenta desafíos estructurales que limitan su desarrollo: desigualdad económica, fragilidad institucional, brechas educativas, inseguridad, falta de cohesión social y modelos productivos que no siempre generan oportunidades equitativas.
Bajo este escenario, una gran parte de la población siente que las estructuras públicas no responden a sus necesidades, mientras que las organizaciones sociales y comunitarias no alcanzan todos los recursos necesarios para generar cambios sostenibles. Esta brecha alimenta la desconfianza, la apatía y, en algunos casos, la resignación.
Sin embargo, la región también está llena de ejemplos inspiradores: comunidades que se organizan para proteger su territorio, jóvenes que impulsan proyectos de innovación social, empresas que integran criterios de sostenibilidad en su estrategia, gobiernos locales que experimentan con nuevas formas de participación ciudadana. Estos casos demuestran que la transformación es posible cuando existe un propósito compartido y una visión de largo plazo.
Pero la transformación, especialmente la del mundo cultural y la creatividad, aunque también aplicable a otros sectores, solo será posible cuando se combinen adecuadamente tres elementos que confirman un triángulo inseparable, identidad, filantropía y transformación. Un conocimiento profundo de la identidad, de lo que somos, un amor auténtico por la comunidad, y una acción estratégica orientada al impacto.
Solo este triángulo permitiría construir proyectos que no solo resuelvan problemas, sino que contribuyan a fortalecen el tejido social, generen confianza y promueven un desarrollo más justo y sostenible. Viva la economía naranja!
*Jesús Mardomingo es abogado de largo recorrido. Defensor de la economía naranja, como modelo de desarrollo en el que la diversidad cultural y la creatividad son punto clave para abordar con éxito la actual transformación social y económica que el planeta demanda.
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