2025 ha sido un punto de inflexión para Europa: más tensiones geopolíticas, mayores riesgos climáticos y brechas sociales más visibles. En 2026, la sostenibilidad entra en una nueva fase: menos certezas y más decisiones estratégicas. Estas son las cinco tendencias que, según el Informe de Tendencias ESG 2026 de Forética, marcarán la agenda empresarial del año.
Europa está reordenando prioridades. La conversación pública gira hacia autonomía estratégica, seguridad, energía, productividad e innovación y, en paralelo, el debate ESG se desplaza desde el “cumplimiento” hacia el “valor”. No significa que la sostenibilidad pierda relevancia; significa que cambia la pregunta. Ya no se trata solo de “qué tengo que reportar”, sino de “qué decisiones debo tomar para seguir siendo competitivo y resiliente en un entorno más volátil”.
1.- Europa ante su prueba de fuego: sostenibilidad como factor de competitividad
La primera tendencia es europea y estructural: culmina un ciclo de revisión normativa que reduce presión, ajusta umbrales y aporta mayor seguridad jurídica. Este proceso deja un mapa con menos fricción administrativa, pero también una comunidad polarizada entre maximalistas y reduccionistas. Para una empresa, la cuestión de fondo es clara: que haya menos obligación no implica menos exigencia del mercado. Inversores, clientes y talento seguirán empujando prácticas avanzadas, y Europa buscará diferenciarse por innovación, autonomía energética y capacidades.
La clave para 2026 será convertir la sostenibilidad en una palanca explícita de competitividad (eficiencia, innovación, talento, acceso a financiación) y decidir qué se mantiene “por estrategia” aunque el mínimo regulatorio baje.
2.- Los años que vivimos peligrosamente: finanzas sostenibles en transición
El “tándem virtuoso” (rentabilidad y menor riesgo de los activos sostenibles) se ha enfriado. Entre la crisis energética derivada de la invasión de Ucrania, el ruido político y el empuje de la IA, el mercado ha castigado, reestructurado o ralentizado productos ESG. El daño es superficial y 2026 puede ser un año de transición: vuelta a fundamentales y lectura de largo plazo. Además, la brecha transatlántica es clara: Europa concentra el grueso del mercado y los bonos verdes marcan récords.
En la agenda de las empresas, el foco estará en reforzar la trazabilidad de datos y el vínculo entre sostenibilidad y resultados (capex, opex, riesgos, coste de capital). Menos storytelling genérico, más tesis financiera.
3.- Brechas que nos dividen: la importancia de lo social
La tercera tendencia devuelve lo social al centro: polarización, pérdida de confianza institucional y mayor volatilidad económica. Aunque a escala global haya caído la desigualdad por el auge de clases medias en emergentes, en economías avanzadas pesan la concentración de riqueza, el estancamiento de rentas medias y la inflación, con tensiones amplificadas por redes sociales. En España, el foco se centra, de manera especial, en jóvenes, vivienda y pobreza infantil.
Para las empresas, el giro es práctico. En este año, la legitimidad empresarial se medirá por su contribución tangible a la estabilidad social: formar y recualificar talento para que la transición digital y verde no deje a nadie atrás.
En 2026, el reto será pasar de iniciativas dispersas a una agenda social conectada con negocio (empleo, formación, cadena de suministro, accesibilidad) y con métricas de impacto, no solo de actividad.
4.- Adiós 1,5 ºC: el objetivo está fuera de alcance, pero cada décima cuenta
La cuarta tendencia asume una realidad incómoda: el escenario de 1,5 ºC se aleja. Para sostener ese objetivo habría un “presupuesto” aproximado de 170 gigatoneladas de CO₂, lo que exigiría una desconexión de combustibles fósiles a 2030, algo que hoy no encaja con la trayectoria real. No se han alcanzado picos de carbón y petróleo; y la Agencia Internacional de la Energía contempla una meseta del petróleo a corto plazo y un descenso gradual con presencia aún en 2050.
En la práctica, esto implica que, sin abandonar mitigación, la adaptación deja de ser un capítulo secundario. “Cada décima cuenta” porque cada incremento se traduce en fenómenos más intensos, impacto en activos, logística, salud laboral, costes aseguradores e infraestructuras.
Durante el próximo año, deberemos poner el foco en mapear riesgos físicos por activo y cadena de valor, priorizar resiliencia (infraestructuras, continuidad de negocio, proveedores críticos) y revisar cobertura y gestión de seguros.
5.- El agua, un regalo caído del cielo: de “water neutral” a “water positive”
La quinta tendencia pone nombre al gran vector de riesgo físico: el agua. Aunque cubra dos tercios del planeta, el acceso seguro a agua dulce será uno de los mayores retos del siglo; ya afecta a 2.000 millones de personas. Con sequías más frecuentes y precipitaciones más explosivas, aumenta la volatilidad hidrológica y la necesidad de infraestructuras de abastecimiento, canalización y protección.
El 91% de las pérdidas económicas asociadas a las diez principales catástrofes naturales de 2024 estuvieron relacionadas con el agua. Y la implicación estratégica es doble: inversiones inteligentes (reutilización, eficiencia, digitalización) y colaboración público-privada para gestionar cuencas y sistemas.
En 2026, será clave reevaluar la materialidad del agua por geografía y proceso, fijar objetivos operativos (reducción, reutilización, calidad de vertido) y evolucionar del “neutral” al “positivo” con proyectos compartidos con Administración y territorio.
Las cinco tendencias apuntan al mismo lugar: el ESG deja de ser un “programa” y pasa a ser una forma de gestionar competitividad y resiliencia. En 2026, ganarán las compañías que mantengan ambición por estrategia, no por obligación; traduzcan sostenibilidad a fundamentos financieros; actúen sobre brechas sociales con foco en oportunidad; aceleren adaptación sin perder mitigación; y traten el agua como riesgo y como activo estratégico.
