Música recomendada. Cruzando el universo. Los Beatles.
Hay expresiones que nacieron en la geografía, pero pertenecen por entero al liderazgo. Tocar cumbre es una de ellas. Evoca el instante en que la ascensión culmina y el horizonte se expande. Sin embargo, cualquiera que haya subido al kili o al Cotopaxi, sabe que alcanzar la cima no es el final del trayecto. La verdadera prueba comienza después. Bajar al suelo, convertir la visión obtenida en resultados concretos.
Quizá nadie comprendió mejor esta idea que Alejandro cuando, en 1802, emprendió la ascensión del Chimborazo. Durante décadas se creyó que aquella montaña era la más alta del planeta. Hoy sabemos que no es así, pero conserva una singularidad extraordinaria. Su cumbre es el punto de la superficie terrestre más cercano al Sol. Humboldt no subió para conquistar una montaña. Subió para comprender el mundo y convertirse, ¡hace ya más de 200 años!, uno de los pioneros en advertir sobre la influencia y transformación del clima en las distintas regiones del mundo. El cambio climático, vamos.
Las Cumbres Iberoamericanas deberían aspirar a algo parecido. Tres décadas reuniendo a líderes políticos, empresariales y sociales de una comunidad de más de seiscientos setenta millones de personas. Un espacio concebido para elevar la mirada, identificar desafíos compartidos y construir consensos. Una idea muy necesaria en la vorágine del planeta que parece importarle más otras cimas.
Sin embargo, toda cumbre encierra la tentación de confundir el encuentro con el resultado. Igual que sucede en otros foros multilaterales surge el riesgo de medir su éxito por la solemnidad de sus declaraciones, la calidad de sus discursos o el simbolismo de la fotografía oficial. Pero el mundo actual es menos indulgente. Los ciudadanos, las empresas y los inversores ya no evalúan las promesas, sino la capacidad de ejecución.
La narrativa, como dirían los políticos, es que Iberoamérica dispone de activos extraordinarios para desempeñar un papel relevante en la economía del siglo XXI. Cuenta con recursos naturales estratégicos, liderazgo en energías renovables, creatividad a toneladas, deportistas inimaginables, capacidad agroalimentaria, talento joven y una posición privilegiada entre Europa y América. Sin embargo, sigue enfrentándose a obstáculos odiosos como la fragmentación regulatoria, los déficits de productividad, o dar demasiado la espalda a su identidad y su idiosincrasia común de valor incalculable, que solo reducen su potencial.
Tocar cumbre exige también convertir la afinidad cultural en competitividad económica. Significa facilitar la movilidad del talento, reforzar la seguridad jurídica para la inversión, armonizar marcos regulatorios para la economía digital e impulsar alianzas público-privadas capaces de financiar las infraestructuras del futuro.
La historia ofrece ejemplos irrepetibles de personas que alcanzaron las cumbres de la era moderna, cada una en su tiempo. José de San Martín en la estrategia, cruzando los Andes para cambiar el rumbo de un continente. Santiago Ramón y Cajal llevó la ciencia española a la excelencia universal. Gabriela Mistral, Miguel de Cervantes, Sor Juana Inés, Jorge Luis Borges, Octavio Paz, y Gabriel García Márquez elevaron las letras comunes a la categoría de patrimonio universal. Algunas como María Zambrano con razón poética. Pablo Picasso encontrándose con la inspiración mientras tocaba cima. Otros, como Messi, tocando balón. Fernando de Magalhães, cruzando océanos ibéricamente. Carlos Vives potenciando en el planeta el lenguaje común (que no es el latín). Rigoberta Menchú, tocando la Paz en lo más alto. Y tantos millones de iberoamericanos que casi tocaron el Sol.
Y en el ámbito empresarial, Isabel de Castilla, inventando el capital riesgo y fomentando la solidaridad empresarial, tanto monta monta tanto, y abriendo la ruta del Utraque Unum, Bartolomé de Medina, enseñando a amalgamar plata con azogue, Amancio Ortega, Carlos Slim, Enrique Riquelme y tantos otros que demostraron que, desde Iberoamérica, también pueden construirse proyectos de alcance global transformando el mundo.
Lo que une a todos ellos no es la altura alcanzada, sino el legado que dejan o dejaron. Ninguno es o será recordado por haber llegado a la cima, sino por haber transformado la realidad desde ella.
La misma exigencia debería inspirar hoy cualquier encuentro. El liderazgo contemporáneo no se mide por la capacidad de reunirse en las alturas, sino por la facultad de trasladar sus decisiones al tejido productivo, a las pequeñas y medianas empresas, a los artistas, a los emprendedores y a los ciudadanos de todo género, raza, religión o cultura. Cuando los acuerdos no descienden al mundo real, la altura corre el riesgo de convertirse en aislamiento.
Como enseñó Humboldt en el Chimborazo, la verdadera grandeza no consiste en acercarse al Sol, sino en regresar con una idea capaz de transformar el mundo que permanece abajo.
Película recomendada: La soledad de la nieve de J.A.Bayona, 2023.
Excelente creación para reflexionar sobre la urgencia en reinventar la sociedad, donde unos jóvenes tienen que recrear las normas desde cero, reinventar los vínculos, la solidaridad, el cuidado mutuo y la forma de organizarse para sobrevivir. Recordando como los unos nos podemos ayudar a los otros sin polarizar, pensando en los que nos dejaron y recordándonos, a todos, que estamos acá de paseo. De ahí lo importante que es la vida, la amistad y tener cerca los seres queridos, más aún, cuando todo lo material desaparece.
En recuerdo de las víctimas del tren en España
Por Jesús Mardomingo Abogado en Andersen y fundador de Masamu.org.

