Baleares

El alza de la temporada baja: la batalla por liberar el turismo de los grilletes del calendario

Baleares y el resto de destinos españoles sofistican sus estrategias invernales a la caza de un viajero cada vez más interesado en trascender el sol y playa.

El turismo de naturaleza es una de las bazas más presentes en las estrategias para la desestacionalización. En la imagen, una chica frente al Puig de Galatzó, en la Serra de Tramontana. Foto: Pexels

«Está pasando aquello que queremos que vaya pasando». La frase, pronunciada por el ministro de Turismo, Jordi Hereu, a las puertas de la pasada Semana Santa, pretendía ser un remate expeditivo de su análisis sobre la evolución del sector en España. La actividad turística exhibe una tendencia a la desestacionalización, la desconcentración y la diversificación como fruto de todos los esfuerzos dirigidos en ese sentido. El modelo se está transformando.

Las visitas se distribuyen de manera más equitativa a lo largo y ancho de todo el territorio, pero también del calendario. El turismo ha dejado de depender del verano y de los destinos costeros; las ofertas del interior ganan adeptos y la temporada baja registra cifras que muchos destinos querrían para sus picos anuales. El pasado año se confirmó el crecimiento de todo ese saco que integra la España interior o la España verde, que ve incrementar sus datos de gasto y llegadas a un ritmo muy superior al de las seis comunidades tradicionalmente turísticas, las seis imprescindibles de las guías de viaje internacionales: Andalucía, Baleares, Canarias, Cataluña, Comunidad de Madrid y Comunidad Valenciana. Estas últimas están concentradas —salvo por la excepción lógica de la capital— en estabilizar (o limitar, según a quién se le pregunte) las llegadas veraniegas y potenciar las del resto del año.

Las necesidades van cambiando. Como superpotencia mundial del turismo —escalafón que comparte con Francia, EE. UU., Italia o Turquía y además desde una posición dominante dentro de esta élite—, España lleva tiempo inmersa en un proceso de sofisticación de su principal industria, a la cual intenta ir moldeando a su gusto mientras gestiona su imparable crecimiento y redirige los objetivos: consolidar las actuales tendencias de la demanda para hacer de la locomotora turística una apuesta sostenible. O en otras palabras, refinar la propuesta para atraer a segmentos de más valor añadido, reivindicaba el propio Hereu para insistir en que «hay elementos que nos indican que podemos mantener la estabilidad en un modelo de éxito».

Baleares busca trascender el liderazgo veraniego

Las estrategias de desestacionalización han sido siempre una asignatura troncal en el plan de estudios de destinos con una temporada alta fuertemente marcada, como es el caso de Baleares. El archipiélago sigue siendo imbatible en términos de llegadas y gasto en los meses centrales del año, aunque desde la salida de la pandemia ha logrado incrementar la actividad de noviembre a marzo con una oferta alojativa cada vez más amplia —la planta hotelera que permanece abierta todo el año se va haciendo paulatinamente mayor— y unas alternativas al sol y playa que crecen a la par, principalmente con la oferta cultural, gastronómica, deportiva o de naturaleza, pero también con el segmento de eventos y congresos.

Esa extensión de la actividad turística está siendo clave para un territorio que lleva años batallando por liberar a su economía de los grilletes de la estacionalidad y cambiar su fisonomía durante los meses periféricos del año. Los sindicatos han reclamado siempre una apuesta más decidida de los empresarios por un modelo que alargue las contrataciones el máximo posible, en vez de traducirse en un aluvión de fijos discontinuos que pasan a engrosar las listas del paro en los meses desprovistos del ajetreo costero. Hoteles, restaurantes y comercios bajan la barrera en numerosos destinos del litoral que permanecen con una actividad mínima durante ese periodo del año, si bien es cierto que ese lapso es cada vez más corto.

Para bien o para mal, buena parte del mérito de ese acortamiento recae en el cambio climático, con unas temperaturas otoñales e invernales cada vez más cálidas que atraen a una parte creciente de la demanda, a la vez interesada en evitar los sofocos veraniegos, tanto en términos de temperaturas como de congestión y precios. 

Los informes de Turespaña detectan una tendencia a la desestacionalización de la demanda impulsada por el crecimiento de la población sénior y sin hijos en edad escolar, así como por la mayor flexibilidad para disfrutar de las vacaciones fuera de temporada alta; el envejecimiento poblacional y la consolidación del teletrabajo inciden en la misma dirección y están transformando el perfil del cliente, con un impacto directo en la oferta hotelera. Esta ha ido adaptándose y trabajando en ese sentido, aunque todavía dependa del alineamiento de las aerolíneas: las conexiones aéreas siguen marcando los límites del crecimiento en temporada baja.

“Es una realidad en auge”. Así define CaixaBank Research la desestacionalización del turismo en España en sus últimos informes. Las oportunidades que ofrece esta evolución del modelo no deben ser subestimadas: el reto es aprovechar la tesitura para ahondar en la brecha, sostiene el think tank del banco catalán. «En un contexto de creciente demanda internacional y de necesidad de sostenibilidad, este proceso de desestacionalización abre ventanas de oportunidad para el sector turístico español, ya que favorece un uso más equilibrado de la infraestructura y del capital humano a lo largo del año. La consolidación de este patrón puede, a largo plazo, reforzar la competitividad del turismo en España y propiciar un crecimiento más sostenible».

El crecimiento del ‘turismo silver’

A principios de 2026, CaixaBank proyectaba un crecimiento del 2,5% del PIB turístico, un sector que afrontaba el año «con bases sólidas y perspectivas favorables tras la normalización de las tasas de crecimiento que siguió al rebote pospandemia». La desestacionalización y la diversificación de la demanda se señalan como componentes clave. En ese sentido, se consolida la importancia y el protagonismo creciente de segmentos —perfectamente solapables, por otro lado— como el turismo de lujo o el turismo silver, que engloba a los visitantes mayores de 65 años y es definido como estratégico para el sector. Este perfil de visitante se concentra tradicionalmente en entornos urbanos de interés cultural como Barcelona o Madrid, aunque cada vez es mayor su penetración en comunidades de interior como Aragón o las dos Castillas.

A la vez, estos segmentos se nutren del interés de mercados emisores con economías de alto PIB en el entorno europeo —Países Bajos, Bélgica o Suiza— o de largo radio, con países asiáticos y americanos como representantes de esta demanda de alta gama: EE. UU., Canadá, México, China, Japón o países del Golfo Pérsico.  Se da la circunstancia, además, de que los visitantes transcontinentales no solo tienden a protagonizar un dispendio mayor —su capacidad adquisitiva es la más elevada, tal y como reflejan las estadísticas de Egatur—, sino que sus vacaciones son comparativamente más largas. Todo ello se produce en un contexto en el que el encarecimiento de la oferta turística y la inestabilidad económica de los principales caladeros del sector, Reino Unido y Alemania, están llevando a un recorte de las estancias: los europeos no renuncian a regresar a España, aunque lo hacen por menos tiempo.

Las recetas de los archipiélagos

Por otra parte, las recetas para diversificar y desestacionalizar pueden variar según la región, aunque los ingredientes son esencialmente los mismos. O, como poco, parecidos. Las estrategias de Baleares no difieren tanto de las del archipiélago canario, si bien este último no tiene los condicionantes del primero: su clima tropical permite mantener importantes flujos de llegadas todo el año, por lo que el reto pasa por la redistribución territorial del turismo y el reparto de su impacto económico.

La estrategia sitúa la sostenibilidad, la competitividad y el bienestar de la población residente entre sus prioridades, al tiempo que impulsa segmentos como el turismo sénior, la naturaleza, la cultura, el deporte y las estancias prolongadas. También contempla la promoción entre trabajadores remotos y visitantes interesados en pasar temporadas más largas en las islas.

Andalucía quiere aprovechar una climatología también benigna en invierno para explotar sus posibilidades de crecimiento en temporada baja. El Plan General del Turismo Sostenible presta especial atención a la diversificación de productos, la distribución de los flujos y la promoción de destinos abiertos durante todo el año. Sevilla, Córdoba y Granada mantienen su atractivo cultural fuera de la temporada estival, mientras que el turismo rural, el enoturismo y las experiencias ligadas al patrimonio permiten extender la actividad hacia las comarcas interiores.

Cataluña y Comunidad Valenciana comparten rasgos muy similares, con fórmulas que buscan complementar los ingresos que deja el sol y playa de mayo a octubre. Así, se está reforzando el interés por la cultura enológica, con una oferta creciente en las comarcas vitivinícolas. Destinos como el Pirineo o la Costa Brava ofrecen, asimismo, productos estructurados y servicios en funcionamiento si el viajero decide acudir en invierno. Desde la perspectiva valenciana, la oferta discurre por los mismos raíles, con preeminencia de la gastronomía, el patrimonio o el cicloturismo, a lo que hay que sumar la capacidad de Valencia y Alicante para atraer turismo urbano y MICE.

La condición de Madrid como uno de los destinos urbanos por excelencia en Europa hace que sus necesidades sean ligeramente diferentes. El poder de atracción de la capital se mantiene más o menos estable durante todo el año, por lo que la estrategia pasa más bien por complementar las estancias urbanas con escapadas por el resto de la región que hagan partícipes de ese éxito a otros municipios, bien equipados de atractivos patrimoniales, gastronómicos o paisajísticos. El objetivo, sin ir más lejos, es evitar que Madrid quede aislada de su entorno territorial.

Esas mismas herramientas son las que han contribuido al despegue de las otras comunidades. Paisaje, cocina y patrimonio son los grandes anzuelos de las campañas promocionales del norte o el interior peninsular. Asturias, Cantabria, Navarra, La Rioja o el País Vasco son focos de senderismo y escapadas rurales que cada vez atraen a más turistas, también entre el mercado nacional. Lo mismo vale para Extremadura, Aragón o las dos Castillas: producto especializado y riqueza natural, con el foco en segmentos de nicho como el turismo ornitológico, por ejemplo.

El poderío del mundo rural como atractivo incuestionable va más allá de los seguros de actividad durante todo el año, como el que mantiene Galicia con el Camino de Santiago. Por otro lado, las fortalezas de la cornisa cantábrica también crecen en verano: los indicadores apuntan a que las playas del norte pueden verse beneficiadas por el trasvase de clientes ahuyentados del litoral mediterráneo por las olas de calor.

El papel que juega el cambio climático

Y es que, paradójicamente, es en los factores que alargan la temporada de los destinos punteros donde reside buena parte de las posibilidades de crecimiento de los destinos interiores o alternativos. La subida de las temperaturas incrementa las visitas en otoño e invierno en Baleares o la costa valenciana, pero también empieza a desviar flujos en busca de climas más benignos en plena temporada estival. Al mismo tiempo, la oferta rural, fresca y descongestionada de la España interior actúa como contrapunto frente a las aglomeraciones de destinos saturados.

Todo forma parte, en resumidas cuentas, del mismo patrón de redistribución espacial y temporal al que hacía referencia Hereu. El crecimiento ha dejado de medirse en volumen bruto y las otras Españas —la verde, la rural, la interior, la invernal, la alternativa…— han encontrado margen para su desarrollo dentro de un mismo espacio: el de un territorio que ocupa una posición de privilegio en la industria turística mundial y que debe redirigir sus objetivos hacia la triple sostenibilidad: social, económica y ambiental.

Artículos relacionados