En relojería, un clásico se reconoce de un vistazo, porque su silueta lleva décadas grabada en la retina de los aficionados y sigue seduciendo cuando las modas caducan. Mantenerlo vigente exige un equilibrio delicado. Si cambia demasiado, pierde la identidad que lo hizo inconfundible, y si permanece inmóvil, se queda anclado en su época como un objeto de museo. Esa tensión entre memoria y presente resume el lema The Newest Classic, con el que se define King Seiko, la gama de relojes mecánicos que la japonesa Seiko lanzó en 1961.
Hoy casi todo lo que usamos, del teléfono a la ropa, está pensado para sustituirse enseguida. Ante esa rotación, King Seiko prefiere defender el valor de lo bien construido y de los diseños con carácter, capaces de resistir el paso del tiempo. Para demostrarlo apuesta por uno de sus modelos más atrevidos, el VANAC, que ahora se pasa al titanio sin una gota de nostalgia.
El VANAC irrumpió en 1972 en una familia acostumbrada a la discreción. King Seiko había nacido 11 años antes en Daini Seikosha, una de las dos empresas que fabricaban los relojes del grupo, con sede en Kameido, al este de Tokio. Grand Seiko surgió en 1960 en la otra, Suwa Seikosha, en las montañas de Nagano, y la rivalidad entre ambos talleres empujó a los dos a pelear cada décima de segundo en los concursos de cronometría.
En sus inicios, King Seiko se ganó una reputación de sobriedad, con piezas de vestir de perfiles limpios en las que la estética pesaba tanto como esa exigencia de precisión que la relojería japonesa convirtió en su sello. El VANAC rompió aquella compostura. Sus cajas angulosas multiplicaban las facetas para atrapar la luz, y sus esferas de colores vivos parecían concebidas para la portada de un disco más que para una sala de juntas. Triunfaban entonces el diseño desinhibido y los tonos degradados, y Seiko se dejó contagiar con entusiasmo.
Aquella audacia volvió en 2025, cuando el VANAC se sumó a la colección King Seiko, recuperada en 2022, con una imagen más dinámica. Continuaba siendo automático, como sus antecesores, pero estrenaba el calibre 8L45, uno de los movimientos mecánicos más avanzados de Seiko, y fue el primer King Seiko de la nueva etapa con fondo transparente para mostrarlo. Al cabo de 12 meses, ha progresado sin que sus responsables hayan tocado lo esencial, una forma de evolución que en este oficio requiere más pulso que cualquier revolución. Respeta la geometría que distinguió al VANAC hace medio siglo y la reinterpreta con los materiales y la técnica contemporáneos, del titanio al motor que lo anima.
Titanio y versatilidad
Los tres VANAC de 2026 encarnan el ideario de la marca. Renuncian al acero y adoptan el titanio, alrededor de un 40 % más ligero, y conservan intacta la estructura propia de la serie. La caja de 41 mm prescinde de bisel y cede todo el frente a un cristal de zafiro abombado, tratado contra los reflejos por dentro. Luce sus aristas sin pudor y se prolonga en un brazalete integrado de eslabones cortos que dibuja una sucesión de líneas horizontales. El matiz del titanio, más oscuro que el del acero, intensifica el diálogo entre las superficies pulidas a espejo y las cepilladas. Ese brillo costó lo suyo, porque este metal se muestra rebelde, y su diseñador, Takuya Matsumoto, admite que fue uno de los retos más ambiciosos del proyecto. Una vez puesto, el resultado se percibe enseguida. El reloj apenas se nota y soporta sin problemas el sudor y la corrosión, y el cierre desplegable de tres pliegues con pulsador lo sujeta con firmeza.

La esfera retrata la cuna de King Seiko. Sus franjas paralelas se cruzan con trazos que irradian desde el centro y evocan las autopistas elevadas que serpentean entre los rascacielos de Tokio, vistas desde el asiento del conductor. Cada versión corresponde a un momento de ese trayecto. El púrpura del HKF001 recuerda el horizonte al amanecer, el gris del HKF002 rinde tributo a la arquitectura urbana y el negro del HKF003 captura la velocidad de la ciudad de noche.
Los índices, recubiertos de Lumibrite, el compuesto luminiscente de Seiko, descansan sobre un anillo tridimensional inspirado en el bisel de los VANAC originales, un guiño a 1972 en una estampa del Tokio actual. A las 12 h, el índice y el contrapeso de la aguja de los segundos forman una V, la inicial de la saga, una firma que su dueño descubrirá tarde o temprano.
A través del reverso transparente asoma el mismo 8L45, con un motivo ondulado que recorre la masa oscilante, el componente que aprovecha cada gesto de la muñeca para dar cuerda, y los puentes que sostienen el mecanismo. Guarda energía para unas 72 horas, de modo que puede reposar un fin de semana en la mesilla sin detenerse. Gracias al aire deportivo de su caja poliédrica, se combina con la misma soltura con un traje que con una camiseta, y esa doble vida explica buena parte de su atractivo. Un VANAC pasa de la oficina a la playa sin solución de continuidad.
Estos VANAC pertenecen al catálogo regular de King Seiko desde julio, se venden en las boutiques de Seiko y en distribuidores seleccionados, y cuestan 3.950 euros. Matsumoto los imagina en manos de alguien que elige con cuidado sus gafas o su bolso de diario y se fija en el material y en su procedencia. Para ese comprador, el lujo depende menos de la apariencia que de saber cómo se elaboró cada accesorio y si sobrevivirá a varias generaciones. Las tendencias se agotan cada temporada, y una creación de 1972 resuelta en titanio 54 años después le ofrece algo bastante más duradero.

