Durante años, como radióloga, me senté al otro lado de la pantalla viendo imágenes que no mentían. Una sombra en un pulmón, una fractura mal consolidada, un tumor que había crecido mientras alguien esperaba turno. Aprendí entonces algo que ahora, desde la gestión, sigo comprobando cada día: la salud no es un servicio que se consume cuando hace falta. Es la condición de fondo sobre la que se sostiene todo lo demás: el trabajo, la familia, los planes a cinco años… Cuando falla, lo demás deja de importar.
Durante décadas, hemos elegido dónde vivir y trabajar por un puñado de variables conocidas: el salario, la universidad cercana, el tipo de empresas que operan en la zona, quizá el clima o la vivienda. Son criterios racionales, y seguirán siéndolo. Pero empieza a aparecer uno nuevo, que hasta hace poco ni se mencionaba en esas conversaciones: ¿qué pasa si me pongo enfermo aquí? ¿Cuánto tardaré en ver a un especialista? ¿Qué le ocurre a mi hijo si tiene una urgencia un sábado por la noche? Son preguntas que antes se posponían hasta que hacía falta responderlas. Hoy, cada vez más gente las hace antes de firmar un contrato, antes de comprar una casa, antes de aceptar un traslado.
No es casualidad. Las sociedades envejecen en casi todo el mundo desarrollado, el trabajo híbrido ha dado a millones de personas la posibilidad real de elegir dónde vivir en vez de limitarse a dónde está su oficina, y la pandemia dejó una lección que no se ha olvidado: un sistema sanitario fuerte no es un lujo que solo se nota en una crisis, es la diferencia entre que una crisis dure semanas o dure años. Las consultoras que asesoran a empresas sobre dónde abrir una sede, dónde instalar un centro de investigación o adónde trasladar a sus directivos ya incluyen, entre sus variables de decisión, el tiempo medio de espera para una consulta o el número de camas de UCI por habitante. Hace una década, esa pregunta ni figuraba en el cuestionario.
Lo que está cambiando, en el fondo, es la categoría a la que pertenece la sanidad. Durante mucho tiempo se habló de ella como gasto social, como una partida que crece o se recorta según el ciclo económico. Pero un territorio que cuida de sus mayores y se anticipa a la enfermedad no está gastando: está construyendo la misma clase de infraestructura que una carretera, una red eléctrica o una conexión de fibra. Nadie piensa en la electricidad hasta que se va la luz. Con la sanidad ocurre lo mismo. Es invisible cuando funciona, y se convierte en lo único visible cuando no lo hace.
Esto tiene una consecuencia que todavía no asumimos del todo. Si la salud es infraestructura, entonces compite por las mismas inversiones que antes se destinaban solo a carreteras o a universidades, y empieza a pesar en las mismas decisiones que antes solo miraban el talento o el mercado. Una empresa que quiere atraer a sus mejores ingenieros, a sus investigadores, a los perfiles más escasos, no solo les ofrece salario y proyecto: cada vez con más frecuencia les explica, sin que se lo pidan, cómo funciona la sanidad de la ciudad a la que les está invitando a mudarse. Y los propios profesionales, sobre todo los que tienen hijos pequeños o padres mayores, lo preguntan antes de decir que sí.
Yo sigo pensando, como médico que asume una responsabilidad tan enorme como ser consejera de Sanidad, que no estamos ante una moda pasajera, sino ante el reconocimiento de algo que en consulta siempre fue evidente: la salud no es un apéndice de la vida de las personas, es el suelo sobre el que se construye todo lo demás, incluida la economía. Los territorios que lo entiendan antes tendrán una ventaja que no se mide solo en pacientes bien atendidos, sino en quién decide quedarse, y quién decide venir.
En la Comunidad de Madrid, llevamos tiempo mirándolo así. No como una obligación que cumplir, que también, sino como una inversión que, bien hecha, acaba devolviéndose en forma de talento, de empresas y de futuro. Es, sencillamente, un buen lugar desde el que mirar este cambio.
Por Fátima Matute, médico especializada en Radiología con una dilatada trayectoria en la sanidad pública y privada; y consejera de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

