Se notan ahora los primeros atisbos de otoño, la primera brisa algo fresca, tiempo después de que todos volviésemos a danzar por las calles de la ciudad que hacía apenas unas semanas nos habíamos dispuesto a abandonar, frescos y ávidos de chapuzones y de salidas del calendario. Se perciben los mantos que las hojas del Parque del Retiro van conformando a la vera de los caminos que volvemos a recorrer cuando buscamos verde entre calles en las que cuesta encontrarlo.
Este septiembre volví a Madrid con la intención de no darla por sentado y de merodear por sus calles siendo una turista aventajada: la que no necesita ir a donde siempre porque ahí ya estuvo. Un sábado por la tarde emprendimos camino por los recovecos de La Latina y el Puente de Segovia y acabamos tomando el aire en unos jardines cortesanos, subiendo unas empinadas escaleras rodeadas por una especie de bosque minúsculo pero suficiente y descubrimos una terraza a medio llenar con vistas al puente de Segovia. Existen terrazas no abarrotadas, puedo jurarlo. También paramos en una librería antigua en una placita silenciosa, sus estanterías estaban repletas de litografías, carteles y libros de otros tiempos. Y nos topamos con algún bar que no salía en Instagram y que no tiene lista de espera de reservas de meses. Nos prometimos volver y lo hicimos.
Mi divagación física y mental alimentó mi creciente interés por no dar todo mi tiempo a consumir y comprar como forma de estar, no al menos de primeras, no al menos siempre. Por eso otro día fuimos hasta la tumba de Goya en la pequeñísima Ermita de San Antonio de la Florida que espera a la orilla del río, río cuyo cauce recorrí justo después mientras a un lado me quedaban el Palacio Real y la Almudena bajo la luna que nacía un día cualquiera.
Fue entonces cuando me azotó la certeza de que no hay una sola manera de estar en la ciudad y que las alternativas podemos construirlas los que las habitamos. Eligiendo caminarla y acariciarla, a través de distintos guías, nuestros amigos de distintos barrios, decidiendo perdernos un sábado entre escalinatas y jardines abiertos de par en par. Me gusta imaginar una ciudad heterogénea, vertebrada en la curiosidad, sin necesidad de grandes fastos. Una ciudad siendo ella, modelada por los ojos y el entusiasmo de quienes la recorren y la llenan.
Se notan ya los primeros atisbos de otoño y me gusta pensar en el lugar en el que vivo, en volver a unas rutinas alterables, en transformar un miércoles en algo más. Descifro entonces el camino: patear las calles que nos pertenecen, aprender el nombre de las personas que nos atienden en las tiendas en las que compramos, dar un poco de bola al señor que nos hace la copia de las llaves,
sentirnos parte de algo más, ocupar los espacios, no dejarlos caer ante las garras de los buitres, reivindicar la capacidad de cambiar las cosas, tomar un aperitivo con amigos que son vecinos, volver a comprar en fruterías, ir caminando a los sitios.
Me encanta vivir aquí, no lo quiero dar por hecho. De hecho, creo que debemos luchar para que no nos echen de aquí, ese será nuestro éxito.

