En 1998, Carles Puyol no era todavía el capitán del Barcelona, ni había levantado una Copa del Mundo, ni había aprendido a convivir con el ruido de los grandes estadios. Era un chico del Barça B con una idea muy clara: si quería llegar lejos, no podía dejar nada al azar.
Por eso preguntó. Y no preguntó poco. Quiso saber qué estaba tomando, cómo estaba formulado y si podía hacerlo con la tranquilidad de quién sabe que cada decisión cuenta cuando el cuerpo es también su herramienta de trabajo. Acabó escribiendo una carta a Solgar. La marca le respondió. Puyol guardó aquella respuesta.
De ese momento han pasado 28 años y todavía la conserva.
Hay algo extraordinariamente puyolista en ese gesto. La misma persona que después aprendería a lanzarse de cabeza a un balón, a jugar con el cuerpo al límite y a llevar durante años el brazalete de uno de los clubes más importantes del mundo ya entendía entonces que el fútbol no empezaba cuando el árbitro hacía sonar el silbato. Empezaba mucho antes: en lo que comía, en cómo descansaba, en cómo se recuperaba y en todo aquello que nadie veía.
Ahora, casi tres décadas después, aquella carta vuelve a escena. Esta vez, no como recuerdo de un futbolista que empezaba a construir su carrera, sino como el punto de partida de una nueva etapa junto a Solgar, de la que Puyol se convierte en embajador en España.
La presentación comenzó precisamente recuperando aquel recuerdo. Un vídeo proyectado ante los medios devolvió a Puyol a aquellos primeros años y a la carta que él mismo envió para consultar la formulación de los productos de la marca. Después, ya en conversación con Solgar, el exfutbolista volvió sobre aquella historia.
“Me mandé una carta consultando la formulación y aún tengo aquí la respuesta. Al leerla incluso me emociono porque son bonitos recuerdos y la prueba es que a día de hoy sigue formando parte de mi rutina diaria y para mí es un pilar básico para poder estar al cien por cien.”
No era todavía el Carles Puyol que todos acabaríamos conociendo. Pero ya estaba ahí la esencia. La obsesión por hacer las cosas bien, por entender aquello que incorporaba a su rutina y por encontrar en los pequeños detalles una diferencia que, en el deporte de élite, puede acabar siendo enorme.
“Estoy muy feliz de pasar a formar parte de la familia Solgar, aunque Solgar ya ha estado en mi vida desde que yo estaba en el Barça B, que es cuando conocí los productos.”
La historia, por tanto, no empieza hoy. Empieza cuando Puyol todavía estaba tratando de hacerse un sitio en el fútbol profesional. Es esa la razón por la que esta colaboración tiene algo distinto: primero hubo confianza y después llegó el contrato.
Porque si hay una palabra que puede resumir la carrera de Carles Puyol es constancia. Y si hay un concepto que Solgar quiere poner en el centro de esta nueva etapa es el del “entrenamiento invisible”: todo aquello que no aparece en el marcador, no se escucha desde la grada y no se fotografía cuando llega el domingo, pero que sostiene lo que finalmente sí vemos.
Puyol lo descubrió cuando el deporte de élite todavía no contaba con la sofisticación actual: “Cuando llegué al fútbol profesional me di cuenta de que los pequeños detalles marcan la diferencia. No era solo entrenar, había una parte de entrenamiento invisible que era muy importante.”
El iceberg que no se ve
Durante la presentación, el concepto se explicó con una imagen tan sencilla como poderosa: la de un iceberg. Sobre el agua está lo visible, el rendimiento físico. Debajo, una base mucho mayor en la que conviven la alimentación, el descanso, la salud mental y la suplementación.
Puyol perteneció a una generación que tuvo que aprender buena parte de aquello sin la tecnología que hoy acompaña al deportista profesional. No había anillos que analizaran el sueño, ni la cantidad de herramientas actuales para monitorizar cada variable. Había algo más rudimentario y, en su caso, extraordinariamente eficaz: observar, preguntar y conocerse.
“Yo creo que es un 360″.Para él, el entrenamiento invisible consistía en entender que el objetivo no terminaba cuando acababa el entrenamiento: “Para mí es esto: vivir las 24 horas del día pensando en el objetivo, que el objetivo era poder estar al máximo nivel y poder rendir tanto en mi equipo como en la selección.”
Alimentación, descanso, recuperación y suplementación formaban parte de una misma ecuación. Y Puyol no se limitaba a seguirla: quería entenderla.
Con los médicos del Barcelona y con expertos externos buscó aquello que podía ayudarle. En ese proceso llegó a Solgar. Y, antes de tomar sus productos con tranquilidad, quiso asegurarse de qué estaba incorporando a su rutina: “Pero yo era un deportista profesional, tenía que estar muy seguro de todo lo que yo tomaba, pues no iba a tener ningún riesgo para mi carrera. Y ahí es donde yo le mando una carta a Solgar, que me certifique que yo puedo tomar con total tranquilidad estos productos.”
La compañía respondió con una carta para el Barcelona y otra para la selección española. Puyol siguió adelante. Ester-C®, primero; después, otros productos como la coenzima Q-10 y el omega-3.
La relación continuó incluso cuando dejó de existir la obligación de rendir cada domingo: “No es algo comercial falso porque la historia respalda este vínculo, porque llevo tomando Solgar desde el 98, muchos años, ya cuando estaba en el Barça B. Creo que tenemos una filosofía similar y muy feliz de poder formar parte de esta familia.”
Esta es probablemente la frase que mejor explica la alianza. La suplementación, en su caso, comenzó como una herramienta vinculada al rendimiento. Hoy tiene otro significado: “Antes era por rendimiento. Ahora soy consciente de que ya el rendimiento no es importante y ahora es un tema de salud que tiene más peso.”
Porque el objetivo ya no es jugar un partido más. Es poder jugar muchos otros partidos de la vida.
Solgar presentó durante el encuentro Golden Prime, su nueva gama enfocada en el envejecimiento saludable, que comenzó su recorrido en enero de 2026 con Cellular Energy y que incorpora progresivamente nuevas referencias desde septiembre.
La filosofía de la gama conecta con la misma mirada integral: nutrición, ejercicio, descanso, gestión del estrés, bienestar mental y suplementación como parte complementaria de unos hábitos de vida saludables. Y ahí es donde la historia de Puyol deja de ser solamente la de un futbolista que aprendió a cuidarse para pasar a ser la de un hombre que ha tenido que cambiar el objetivo sin cambiar la disciplina.
El capitán también entrenaba lo que no se veía
Durante muchos años, Puyol llevó un registro casi obsesivo de su día a día. Apuntaba qué comía, qué suplementación tomaba, cuánto entrenaba, cuánto dormía, cómo había terminado cada partido y, sobre todo, cómo se sentía. No lo recomienda como fórmula universal. De hecho, él mismo advierte que no hace falta llegar a ese extremo. Pero aquella costumbre revela algo importante: Puyol llevaba años intentando descubrir qué necesitaba su cuerpo para poder darle después todo lo que le exigía.
Y ese mismo principio acabó trasladándose a un terreno mucho menos visible: la cabeza.
Ser capitán del Barcelona significaba mucho más que llevar un brazalete. Era sostener vestuarios, asumir derrotas, convivir con expectativas gigantescas y encontrar la manera de seguir adelante cuando las cosas no salían bien. Todo ello en una época en la que hablar de salud mental en el deporte todavía era mucho menos habitual.
Puyol recuerda que entonces era un tema más tabú. Hoy, explica, los deportistas cuentan con profesionales a los que acudir antes incluso de encontrarse mal.
Durante su carrera él encontró sus propias herramientas.
Después de un mal resultado, si tenía un día libre, no se quedaba en casa dándole vueltas. Llamaba a su fisioterapeuta y se piraba a la montaña. La Carretera de les Aigües se convirtió en uno de esos lugares donde podía limpiar la cabeza mientras seguía haciendo aquello que mejor sabía hacer: moverse.
Pero hay otra frase que explica mejor que ninguna su manera de entender el liderazgo:
“Siempre digo que la palabra convence, pero el ejemplo arrastra.”
Ahí está buena parte del Puyol que conocimos. El capitán que lideraba desde el comportamiento. El que entendía que exigir también significaba exigirse. El que prefería demostrar antes que explicar. Incluso cuando eso tenía un precio.
Puyol nunca fue especialmente amigo de la espera. Cuenta que, ante una lesión, su reacción solía ser buscar al día siguiente la manera de regresar cuanto antes. Llegó a recortar plazos de recuperación en numerosas ocasiones.
Hoy reconoce que quizá aquel Carles necesitaba algo más de paciencia: “Igual sí que le daría el consejo de tomarse las lesiones con más paciencia, porque al final solo tenemos un cuerpo y hay que cuidarlo.”
La frase tiene algo de aprendizaje y algo de confesión. El hombre que durante años puso al equipo por delante de sí mismo sabe ahora que el cuerpo también tiene memoria.
Cuando el fútbol termina, el movimiento permanece
Puyol se retiró cuando entendió que ya no podía ofrecer el rendimiento que él consideraba necesario para estar en un equipo como el Barça.
La retirada llegó acompañada de una lesión. Y con ella, una situación que para alguien que había vivido prácticamente por y para el fútbol resultó especialmente difícil: durante los primeros meses no pudo hacer deporte.
Tenía 36 años.
Ya no había entrenamientos. No había partidos. No había que llegar al domingo. Pero sí había que recuperar algo. La posibilidad de seguir haciendo deporte. Las otras piezas de aquella rutina permanecieron: alimentación, descanso y suplementación. Y, cuando su cuerpo estuvo preparado, llegó una nueva forma de competir. El pádel.
Hoy lo practica con amigos y a su nivel, lejos de la exigencia profesional, pero con algo que quizá durante su carrera no siempre pudo permitirse: disfrutar del deporte sin que cada movimiento tenga consecuencias en un marcador.
Su día también tiene ahora otros ritmos. El fútbol ha dejado de ocupar todas sus horas, pero el movimiento sigue siendo parte de su identidad.
Y Solgar aparece en esa nueva rutina desde un lugar diferente: no para ayudarle a preparar los próximos 90 minutos, sino para acompañar una vida que quiere seguir siendo larga, activa y llena de planes.
El cerebro también necesita aprender a cambiar de marcha
Ana Ibáñez, neurocientífica y colaboradora de Solgar, llevó la conversación hacia la otra gran frontera del entrenamiento invisible: el cerebro.
Su punto de partida fue la longevidad. Pero no entendida simplemente como sumar años, sino como conseguir que esos años tengan calidad.
Ibáñez habló de una capacidad que considera especialmente relevante: la flexibilidad cerebral. La posibilidad de pasar del estrés a la concentración, de la concentración a la calma y de ahí al descanso. Un cerebro capaz de adaptarse a las distintas exigencias de la vida sin quedarse atrapado en ninguna de ellas.
Y puso el ejemplo de la vida actual de Puyol: hoy en Madrid, mañana viajando, pasado mañana quizá en Japón. Cambios de horarios, trabajo, responsabilidades, familia.
La longevidad, explicó, también tiene que ver con saber cambiar de marcha.
Habló de hormesis, del estrés voluntario durante periodos cortos y controlados, y de la necesidad de que el cuidado no termine convirtiéndose en otra forma de presión. Pero por encima de la tecnología, los análisis o las herramientas que puedan ayudar a medir el cerebro, dejó una idea mucho más humana: “Si nosotros queremos vivir más y mejor, tenemos que darle motivos a nuestro sistema para que tenga ganas de vivir.”
Y quizá ahí es donde Puyol y la neurociencia se encuentran de manera más natural. Porque el alto rendimiento no se sostiene únicamente con disciplina. También necesita pasión. Puyol lo sabe porque él jugaba al fútbol porque amaba el fútbol. En los días buenos y en los malos. Cuando todo salía bien y cuando una lesión, una derrota o la presión podían convertir el camino en algo mucho más difícil. Si no hubiese existido esa pasión, probablemente habría abandonado.
La propia Ibáñez habló de la importancia de “seducir” al cerebro: hacer que el esfuerzo tenga sentido, que el cuidado no se convierta en una obligación permanente y que exista un propósito detrás de aquello que hacemos.
La idea conecta con el Puyol de entonces y con el de ahora. Antes quería estar al máximo nivel el máximo tiempo posible. Ahora quiere estar bien para seguir disfrutando de lo que viene.
Casi tres décadas después, la carta sigue en casa de Carles Puyol. Solgar sigue formando parte de su rutina. Y aquella preocupación por los pequeños detalles, lejos de desaparecer con la retirada, ha cambiado de significado.
Ya no se trata de llegar al siguiente partido. Se trata de llegar bien a los siguientes años. Por eso, cuando Puyol dice que quiere “morir joven lo más tarde que pueda”, la frase arranca una sonrisa, pero también resume perfectamente dónde está hoy.
El eterno capitán ya no lleva brazalete. Ya no tiene que jugar 90 minutos. Ya no necesita demostrar que puede resistir un poco más. Ahora tiene otro reto. Seguir teniendo ganas de jugar.

