Las estimaciones más recientes del Banco Mundial indican que el valor del capital humano supone el 60% de la riqueza total en los países desarrollados, mucho más que los recursos naturales o el stock de capital físico (maquinaria, fábricas, carreteras, elementos de transporte, etc.).
La formación es una palanca fundamental para acumular ese capital humano, especialmente ahora que aprovechar al máximo el talento condiciona de modo esencial el progreso de las sociedades. La innovación y el cambio tecnológico juegan un papel crucial y las situaciones de winner-takes-all, en que el primero disfruta de una ventaja muchas veces ya decisiva, son cada vez más frecuentes y relevantes.
El desempeño de España a la hora de atraer y retener talento no resulta particularmente brillante en comparación con otros países desarrollados, por lo que la capacidad propia de generar talento cobra aún más importancia. Sin embargo, la información disponible para España dibuja un panorama más bien discreto, que se observa ya en la escasez relativa de estudiantes con alto rendimiento educativo: hacen falta más alumnos que alcancen las competencias más altas.
Así lo muestran los resultados de un reciente informe sobre el fenómeno del alto rendimiento educativo de la Fundación Ramón Areces y el Ivie. Según los datos de PISA 2022 utilizados en esta monografía, que en la edición 2025 recién publicada han incluso empeorado, al finalizar la enseñanza obligatoria solo un 10,6% de los estudiantes alcanzan al menos el nivel 5, dentro de los 6 niveles definidos en el análisis de la OCDE, en alguna de las tres competencias básicas (lectura, matemáticas y ciencias).
Esto sitúa a España a 3 puntos de la media de la OCDE y muy lejos de otros países desarrollados. La diferencia es de casi 20 puntos frente a Corea del Sur o Japón y de más de 10 puntos respecto a Canadá y Australia. España supera ligeramente a Portugal y con más claridad a Turquía, Grecia o México, pero ocupa el puesto 26 entre los 37 países de la OCDE para los que hay datos disponibles.
Si se tratase de un Mundial, nuestra participación habría concluido tras la primera eliminatoria y no llegaríamos ni a octavos de final.
La evolución temporal tampoco resulta demasiado alentadora. En competencias matemáticas, especialmente relevantes en un mundo cada vez más orientado hacia la innovación y la tecnología, se observa una caída de 2,1 puntos durante la última década (una cuarta parte menos). En otros países desarrollados también se aprecia un cierto retroceso, pero en el caso de España se produce a partir de un punto de partida ya menos favorable.
Además, en España más del 60% de los estudiantes aventajados destacan únicamente en una de las tres competencias, mientras que apenas un 13% lo hacen en las tres, la mitad que en países como Japón, Estados Unidos, Alemania, Nueva Zelanda, Australia o Suiza.
¿Puede modificarse esa situación a través de la educación? Adam Smith señalaba hace 250 años en La Riqueza de las Naciones que las diferencias de talento entre individuos no procederían tanto de la naturaleza como del hábito, la costumbre o la educación. En ese sentido, los datos muestran que a los 15 años esas diferencias son ya más que notables.
La probabilidad de alto rendimiento varía de modo muy sustancial entre estudiantes según las condiciones socioeconómicas de la familia, siendo significativamente más alta cuando son más favorables y más alto es el índice de estatus socioeconómico (ISEC), un indicador de la OCDE que tiene en cuenta el nivel de estudios terminados de los progenitores, su tipo de ocupación y los recursos disponibles en el hogar.
El retraso respecto a otros países desarrollados es general, pero de magnitud muy desigual según las condiciones socioeconómicas de los estudiantes. Así, por ejemplo, en el caso de las competencias matemáticas el porcentaje de alumnado de alto rendimiento entre los estudiantes con condiciones socioeconómicas menos favorables es similar en España (2,1%) y la OCDE (2,6%), mientras que la magnitud de la diferencia es muy grande para el grupo con condiciones más favorables (12,9% en España y 19,1% en la OCDE).
Estos resultados invitan a reflexionar profundamente sobre las razones del desempeño particularmente discreto en términos relativos respecto a otros países de los estudiantes de las familias con condiciones más favorables, un factor que explica por sí solo la mitad de la brecha global de España respecto a la media de las economías desarrolladas. ¿Qué está pasando para que haya tan pocos estudiantes que alcancen las competencias más altas? ¿Por qué, en particular, los alumnos que disfrutan de las condiciones más favorables no aprovechan tanto las oportunidades educativas como en otros países?
Los resultados del nuevo informe PISA 2025 no hacen sino incrementar la urgencia de esa reflexión. Sus datos muestran que el rendimiento educativo medio ha caído sustancialmente respecto a 2022 a nivel internacional y con más intensidad relativa precisamente en el caso de los estudiantes con mejores condiciones socioeconómicas. Esto ha ocurrido en mayor medida en España, que registra sus peores resultados de todos los tiempos. En porcentaje de alumnos con altos niveles de competencias España ha retrocedido al puesto 32 en lectura, 33 en ciencias y 36 en matemáticas, con valores por debajo de países como Portugal y Turquía, frente a los que nuestra tradicional ventaja se ha evaporado.
La cuestión no es menor, ya que el nivel de competencias al terminar la enseñanza obligatoria va a condicionar las futuras oportunidades formativas, laborales y vitales de los jóvenes (salarios más altos, empleos de más calidad, vidas más plenas), pero también las del conjunto de la sociedad (más productividad, mayor presencia de sectores de alto valor añadido, más renta per cápita, menos desigualdad interpersonal). Porque, en última instancia, la inversión en las personas es la más valiosa de todas y su talento, el recurso más productivo.
Lorenzo Serrano | Investigador del Ivie y catedrático de la Universitat de València.

