Hay caminos al éxito que se recorren en línea recta, y hay otros que necesitan casi cuatro décadas, un centenar de banquillos modestos y no pocos portazos antes de llegar a ninguna parte que se parezca a la gloria. El de Luis de la Fuente pertenece, sin discusión, a la segunda categoría. El hombre que acaba de levantar la Copa del Mundo como seleccionador de España empezó su viaje jugando en el patio de la casa de su abuela, en un pueblo de La Rioja de apenas 11.000 habitantes, y ha tardado 65 años en convertirse en el nombre que hoy corea todo un país.
De Haro a la élite, sin atajos
Nació el 21 de junio de 1961 en Haro, la localidad riojana más conocida por sus bodegas que por su fútbol. Su padre, Alberto, trabajaba como marino mercante; su madre, Berta a la que todo el pueblo conocía como «la Berti» regentaba una mercería en la Plaza de la Paz que años después heredaría su hermana. De esa infancia sencilla, De la Fuente ha dicho que sus padres le transmitieron el amor por su pueblo y le enseñaron a querer sus raíces exactamente como ellos las querían. Con apenas 16 años, sus cualidades con el balón le llevaron del Haro Deportivo a la cantera del Athletic Club, el destino natural para cualquier chaval con talento nacido en la órbita vasco-riojana.
Debutó en Primera División en marzo de 1981 y, como lateral izquierdo, conquistó dos ligas, una Copa del Rey y una Supercopa de España vistiendo la camiseta rojiblanca, coincidiendo con la generación campeona que dirigía Javier Clemente. Jugó también en el Sevilla FC y cerró su carrera como futbolista en el Deportivo Alavés en 1994, después de 14 temporadas como profesional.
Los años invisibles
Lo que vino después es la parte de la historia que casi nadie recordaba hasta hace poco. En 1997, De la Fuente empezó a entrenar en el Club Portugalete, en categorías regionales, muy lejos de cualquier foco mediático. Pasó por el Aurrera de Vitoria, del que fue destituido con el equipo en octava posición. Formó al filial juvenil del Sevilla durante cuatro temporadas, coincidiendo con futbolistas que después marcarían una época, como Sergio Ramos y Antonio Puerta. Dirigió al Bilbao Athletic en Segunda B, ejerció como delegado del propio Athletic Club, y en 2011 fue destituido del banquillo del Deportivo Alavés apenas nueve jornadas después de haber sido contratado. Fue, en apariencia, un fracaso más en una carrera de entrenador que no terminaba de despegar. En realidad, fue el punto de inflexión que le llevaría a todo lo demás.
La paciencia como método
En mayo de 2013, la Real Federación Española de Fútbol le ofreció un puesto en sus categorías inferiores. Nadie podía imaginar entonces que ese sería el inicio de una década de éxitos silenciosos que terminaría por reescribir la historia del fútbol español. De la Fuente ganó la Eurocopa Sub-19 en 2015, ganó el oro en los Juegos Mediterráneos de Tarragona 2018 con la selección española Sub-18., la Eurocopa Sub-21 en 2019, y llegó incluso a colgarse la plata olímpica al frente de la selección absoluta en los Juegos de Tokio 2020. Durante casi diez años, mientras otros técnicos con más nombre ocupaban las portadas, De la Fuente construyó, generación tras generación, la cantera de futbolistas que hoy forman el esqueleto de la selección campeona del mundo.
En 2017 llegó incluso a compartir conocimientos, en un curso de la UEFA en Las Rozas, con un joven entrenador argentino llamado Lionel Scaloni, al que el destino volvería a cruzar en su camino nueve años después, esta vez en una final de Mundial.
La selección absoluta, y las dudas que se llevó por delante
Cuando la RFEF lo nombró seleccionador absoluto en diciembre de 2022, tras la salida de Luis Enrique, el nombramiento no generó unanimidad. De la Fuente llegaba con un salario que ni siquiera alcanzaba los 1,15 millones de euros que había cobrado su predecesor, una cifra que él mismo reconoció que le molestó, y con la etiqueta de «entrenador de currículum modesto» pesando sobre cada rueda de prensa.
Respondió con hechos: conquistó la Liga de Naciones en 2023, y en el verano de 2024 firmó una de las gestas más completas de la historia reciente del combinado español, ganando la Eurocopa con pleno de siete victorias en siete partidos, algo que ninguna otra selección había logrado nunca en el torneo. Con ese título se convirtió en el primer entrenador en la historia del fútbol español capaz de ganar un Europeo en tres categorías distintas: sub-19, sub-21 y absoluta. Tras esa Eurocopa, su contrato se revisó al alza, con cifras que las distintas fuentes sitúan entre 1,25 y 1,8 millones de euros anuales, todavía lejos de lo que cobran otros seleccionadores de las grandes potencias del fútbol mundial.
El hombre detrás del entrenador
De la Fuente ha protegido siempre su vida privada con un celo poco habitual para alguien en su posición. Está casado desde hace años, y tiene tres hijos; uno de ellos, Alberto, trabaja hoy como analista y técnico asistente dentro del propio cuerpo técnico de la selección. Es un católico practicante y devoto del Cristo de la Expiración de la Hermandad del Cachorro, una fe que arrastra desde su etapa como jugador en Sevilla. Le gusta leer, viajar y, según ha confesado él mismo, cantar en karaokes. A diferencia de otras figuras del entorno futbolístico actual, no existe constancia pública de que De la Fuente haya construido un imperio empresarial paralelo a su carrera: su patrimonio, hasta donde se conoce, procede casi en exclusiva de su trabajo como entrenador, en marcado contraste con el perfil inversor de buena parte de la generación de futbolistas que ahora dirige.
El «¿Y si sí?» que se cumplió
Días antes de la semifinal del Mundial 2026 ante Francia, De la Fuente se emocionó en una rueda de prensa recordando a sus padres y a su hermano Óscar, fallecido tres años atrás, y citó a Julio César: «No hay un gran logro sin sufrimiento». Después soltó la frase que terminaría acompañando a la selección durante toda la recta final del torneo: «Me repito: ¿Y si sí?». No era una promesa. Era, simplemente, la pregunta de un hombre que llevaba casi treinta años esperando este momento, sin saber si algún día llegaría.
El domingo, con la copa ya en las manos de sus jugadores, esa pregunta encontró, por fin, su respuesta: sí. Después de Haro, después de Portugalete, después de todos los banquillos que nadie recuerda, Luis de la Fuente es campeón del mundo.

