Cuando pensamos en mujeres y activismo medioambiental, las primeras imágenes que acuden a nuestra mente son las de las grandes activistas. Greta Thunberg, que con dieciséis años plantó cara a los líderes mundiales y se convirtió en el rostro más reconocible de la emergencia climática. Jane Goodall, que dedicó décadas de su vida a la conservación de la naturaleza y nos enseñó que el compromiso con el planeta puede ser una vocación de por vida. Figuras necesarias, poderosas, inspiradoras.
Y, sin embargo, nos quedan lejos.
Las vemos desde la distancia, como faros que iluminan el horizonte pero que no caminan a nuestro lado en el día a día. El activismo de las grandes figuras señala el rumbo, pero la transformación real de la economía no ocurre solo en los escenarios internacionales ni en los titulares de los medios. Ocurre en los despachos, en los comités de dirección, en las reuniones de proveedores, en los consejos de administración. Y allí, con una frecuencia que los medios raramente recogen, hay mujeres ejerciendo otro tipo de activismo: uno estratégico, silencioso y profundamente eficaz.
Me refiero a la directiva de sostenibilidad que entra en un comité ejecutivo con datos, con argumentos y con convicción, y consigue elevar la ambición de eficiencia energética de toda una organización. A la responsable de compras que no se conforma con cumplir los mínimos legales y exige a su cadena de suministro formación en criterios sostenibles, transformando con ello no solo su empresa sino el ecosistema de proveedores que la rodea. A la directora financiera que decide que la asignación de capital también es un acto de responsabilidad y orienta la inversión hacia fondos con criterios ESG. A la emprendedora que no hereda un modelo de negocio, sino que lo diseña desde cero bajo principios de economía circular, demostrando que la sostenibilidad no es un coste sino una ventaja competitiva. A la consejera que, en pleno consejo de administración, interrumpe el orden del día para preguntar cómo está preparada la empresa para afrontar los nuevos riesgos climáticos — y con esa pregunta obliga a toda la sala a pensar en el largo plazo.
Estas mujeres no salen en los documentales. No tienen millones de seguidores. Pero están cambiando la economía real, empresa por empresa, decisión por decisión.
Su activismo no es menor por ser discreto. Es, en muchos sentidos, más difícil. Requiere navegar estructuras de poder que no siempre las han esperado, construir credibilidad en entornos donde la sostenibilidad todavía se percibe como un departamento periférico, y sostener la ambición cuando la presión a corto plazo empuja en sentido contrario. Requiere, también, una convicción que no necesita aplausos para mantenerse.
Y los datos confirman que esa convicción está dando resultados, aunque no suficientes. Según el estudio Comunicando el Progreso: Análisis de Informes ESG 2025, publicado por el Pacto Mundial de ONU España, el 70% de las empresas participantes ya han adoptado políticas formales para mitigar los efectos del cambio climático, y el 72% declara haber puesto en marcha acciones de prevención frente a riesgos climáticos. Son cifras que hablan de un avance real. Pero el mismo estudio nos recuerda que el 24% de las empresas todavía no ha tomado medidas para reducir el consumo de recursos fósiles, y que más del 30% no dispone de un plan de adaptación climática ni prevé desarrollarlo a corto plazo. Estamos avanzando, sí — pero no a la velocidad que exige la magnitud del cambio. Y es precisamente ahí donde el liderazgo femenino puede y debe jugar un papel decisivo.
Sobre todo porque no puede haber cambio sin igualdad. Naciones Unidas advierte que las mujeres y las niñas se encuentran entre los grupos más afectados por los impactos del cambio climático y, al mismo tiempo, continúan estando infrarrepresentadas en los órganos donde se debate y se decide. Esa contradicción no es solo una injusticia: es una ineficiencia que el mundo no puede permitirse.
La transición sostenible no va a ser obra de unos pocos héroes visibles. Va a ser el resultado acumulado de miles de decisiones tomadas en el interior de las organizaciones por personas que entienden que su posición es también una palanca de cambio. Necesitamos mujeres activistas en todas las esferas de la vida: en la sociedad civil, en la política, en la ciencia, en la educación, en las finanzas y, por supuesto, en las empresas. Mujeres que diseñen, presupuesten, midan y ejecuten. Mujeres que lleven la sostenibilidad a la cuenta de resultados.
Y entre esas personas, las mujeres están jugando un papel que la historia tendrá que aprender a contar mejor.

