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Opinión Diana Cortecero por Diana Cortecero

Hay buenas noticias

4 junio 20264 junio 2026Tiempo de lectura 5 minutos

Mientras leen estas líneas, el Doomsday Clock (un “Reloj del Apocalipsis” que mantiene desde 1947 el Bulletin of the Atomic Scientists) marca 85 segundos para la medianoche. El instante en el que, según sus creadores, la humanidad habrá hecho el mundo inhabitable. Nunca habíamos estado tan cerca.

El telón de fondo que justifica semejante alarmismo es de sobra conocido: Gaza. Ucrania. Irán. Una geopolítica que se ha convertido en una acumulación de frentes abiertos con consecuencias económicas que terminan, siempre, aterrizando en la cesta de la compra y en la factura de la luz de cualquier ciudadano. El cambio climático, que ya no es una amenaza abstracta sino una serie de catástrofes en tiempo real. El poder creciente de unas pocas compañías tecnológicas que, según se mire, podrían salvarnos o destruirnos. Y, como colofón de esta temporada apocalíptica, el brote de hantavirus en un crucero internacional que trajo a Europa un déjà vu de 2020 que nadie había pedido. El tipo de noticias que invitan a apagar el teléfono y salir corriendo a algún sitio sin cobertura.

Esta no es una opción cuando tu profesión consiste, precisamente, en saber qué está pasando en el mundo.

Me dedico a la comunicación estratégica. Una parte sustancial de mi trabajo consiste en estar al día de la actualidad para ayudar a mis clientes a afrontar mejor sus retos: informativos, periódicos, última hora online, newsletters y redes sociales. Un flujo informativo que, seamos honestos, está construido sobre una premisa muy concreta: las malas noticias venden más.

Un estudio publicado en Nature Human Behaviour que analizó más de 105.000 variaciones de titulares reales demostró que cada palabra negativa adicional en un titular aumenta la tasa de clics en un 2,3%. Las palabras positivas, en cambio, la reducen. Los medios son empresas, y las empresas optimizan lo que funciona. Esto también tiene su lógica desde el punto de vista biológico: por una cuestión básica de supervivencia, el interés del ser humano es mucho mayor por lo que le amenaza. El resultado es un sesgo hacia lo urgente y lo catastrófico que alimenta lo que en inglés llaman doom scrolling: ese desplazamiento compulsivo y casi hipnótico por un muro de noticias negativas que nos sume en un bucle ansioso. La cámara de eco hace el resto: si solo vemos lo que el algoritmo sabe que nos engancha, acabamos convencidos de que el mundo es exactamente tan terrible como parece en la pantalla. Lo cual, sin ser mentira, tampoco es toda la verdad.

Los anglosajones tienen dos dichos que, juntos, explican bastante bien cómo funciona esto. El primero es “no news, good news”: hemos asumido culturalmente que cuando algo sale en los medios es porque ha salido mal. El estado natural de las cosas no es noticia. El segundo es “man bites dog”: que un perro muerda a un hombre no despierta interés porque eso pasa. Que un hombre muerda a un perro, en cambio, merece un titular. Aplicado a la actualidad, significa que las catástrofes, los conflictos y los desastres tienen más visibilidad también porque, afortunadamente, siguen siendo la excepción. Lo malo impacta precisamente porque todavía choca. Y eso, si uno se para a pensarlo, es una buena noticia en sí misma.

Quizá la cuestión no esté en reescribir estos refranes, sino la manera en que consumimos la información. Hace un par de años decidí empezar por la mía, buscando deliberadamente buenas noticias, leyéndolas con la misma atención que dedico a las malas, y compartiéndolas en mis redes con el hashtag #haybuenasnoticias. No como negación de lo que ocurre (soy consultora de comunicación, no directora de un balneario), sino como entrenamiento consciente de la mirada.

Lo positivo hay que ir a buscarlo, y afortunadamente se encuentra. El periodista Kiko Llaneras publica cada 1 de enero en El País su recopilación de las mejores noticias del año anterior, un artículo que se ha convertido en una pequeña tradición para muchos lectores. Antena 3 cierra sus informativos con una noticia positiva. Existe lacarabuenadelmundo.es, la newsletter Correo sí deseado de El País, la newsletter semanal de buenas noticias de Business Insider. Y David Byrne (el cantante y fundador de Talking Heads) lleva años impulsando el proyecto Reasons to Be Cheerful, un medio digital dedicado íntegramente a iniciativas que funcionan, a problemas que se están resolviendo, a razones concretas para no tirar la toalla. Que alguien que vive rodeado de música y creatividad haya sentido también la necesidad de buscar activamente razones para el optimismo dice mucho sobre el nivel de ruido al que estamos sometidos el resto.

Escribo esto en mayo, que es cuando la primavera lleva ya suficiente tiempo instalada como para notarse de verdad. Los árboles (y la alergia) en flor, más horas de luz, algo en el ambiente que empuja a querer salir a la calle y darle la espalda, aunque sea por unas horas, a la actualidad. La naturaleza ignora el Doomsday Clock, los conflictos geopolíticos, los brotes víricos y las guerras arancelarias. Sigue su propio calendario con una indiferencia que, lejos de irritarme, me parece un recordatorio necesario: el mundo no se acaba al mismo ritmo con el que se publican las noticias.

Tampoco quiero comprar la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, porque no lo creo. O al menos necesito no creerlo. El mundo progresa (en medicina, en tecnología, en derechos, en esperanza de vida), aunque ese progreso no siempre interrumpa un informativo.

La sensación de que las cosas solo pueden empeorar es, en parte, un efecto secundario de consumir información sin contrapeso. Buscar ese contrapeso es un intento modesto de recuperar cierto equilibrio. El Doomsday Clock lleva 79 años avanzando y seguirá haciéndolo. Pero mientras tanto, las plantas florecen, hay gente que se cura y los problemas a veces se resuelven. Las buenas noticias existen. Ahí están, para quien quiera buscarlas.

Etiquetado:
  • buenas noticias
  • comunicación estratégica
  • Doomsday Clock

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