Opinión Eugenio Mallol

Nos encanta ponérselo difícil a los genios

El periplo de iniciativas como el centro del MIT en España que impulsa el científico Jarillo-Herrero o Spain Neurotech en la que vienen trabajando nuestros tres mejores neurocientíficos demuestra que todavía tenemos que hacer un cambio cultural.

Un mural urbano de Albert Einstein simboliza el desafío de atraer y retener talento científico de élite en un ecosistema donde la innovación todavía choca con barreras culturales y burocráticas.

Algo pasa en un país cuando la gran fortuna dispuesta a financiar en buena parte el centro del Massachusetts Institute of Technology (MIT) que impulsa desde hace unos años el científico Pablo Jarillo-Herrero, prefiere permanecer en el anonimato. En este mundo instalado en la sospecha focaultiana, no es posible eso que llaman “actuar de forma desinteresada”, aunque cure el cáncer.

Jarillo-Herrero da nombre a uno de los laboratorios de Física más prestigiosos del MIT. En él descubrió que, dando una inclinación específica de 1,1 grados a dos láminas de grafeno superpuestas, el material puede actuar como superconductor o como aislante. Lo llamó el ‘ángulo mágico’ y le ha concedido fama mundial.

En correspondencia a ese prestigio, y para evitar que las tentadoras ofertas de otras universidades puedan hacer mella en su relación, el MIT se abrió a facilitar que España cuente con un centro específico, en el que el investigador valenciano quiere promover ciencia básica de frontera.

La Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias, con sede en Cambridge (Massachusetts) como el MIT, también ha puesto su granito de arena al nombrar este año a Jarillo-Herrero como nuevo académico, junto a otras 250 personalidades que van desde el CEO de Alphabet y Google, Sundar Pichai, hasta la actriz Jodie Foster.

En 2025, entró en ese mismo selecto grupo, por cierto, el cocinero José Andrés, cuya carta de aceptación, escrita en una paella, resulta tan arrebatadora como digna de lectura: “cuando era un niño, mi padre me enseñó una importante lección: si necesita alimento más gente, sólo echa otro puñado de arroz en la sartén… ¡siempre podemos alimentar a todos! ¡¡Mesas más grandes, no muros más altos!!” Otro desinteresado bajo la lupa en esta cultura de la sospecha.

Desde el principio, según la versión de algunos conocedores de las gestiones, Jarillo-Herrero ha planteado que una parte de la financiación del centro del MIT en España, si finalmente se hace realidad, debe provenir de fuentes españolas. Públicas, pero sobre todo privadas. Según cuentan, en su periplo por los despachos con capital suficiente para sumarse al proyecto ha podido escuchar de todo, desde el clásico “no vemos retorno, lo siento, no vamos a invertir” de grandes corporaciones e Ibex, hasta la pregunta de si una de las líneas de investigación en nuestro país será la de los úteros artificiales.

Nos encanta, en fin, ponérselo difícil a los grandes talentos españoles que vuelven a España pensando que pueden elevarla a las grandes corrientes de conocimiento de frontera. Cuando en 1982 Mariano Barbacid descubrió y aisló el primer oncogén humano en Estados Unidos, se posicionó claramente en la carrera por el Nobel de Medicina. En 1998, el presidente José María Aznar le convenció para que se pusiera al frente del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), el Nobel se alejó y el resto de la historia es conocido.

Una vez a la semana, tres neurocientíficos españoles de prestigio mundial se estuvieron reuniendo por videollamada durante meses para diseñar una propuesta de hoja de ruta de lo que debía ser el Centro Nacional de Neurotecnología Spain Neurotech.

Eran nada menos que Rafael Yuste, el director del Centro de Neurotecnología de la Universidad de Columbia en Nueva York; José Carmena, en aquel momento profesor de Ingeniería Eléctrica y Neurociencia de la Universidad de California-Berkeley y fundador de Iota Biosciences (Elon Musk le arrebató dos talentos una noche haciéndoles una llamada personal al móvil para convencerles de que se pasaran a Neuralink, cosa que hicieron); y Álvaro Pascual-Leone, catedrático de Neurología de la Facultad de Medicina en la Universidad de Harvard. 

La entonces secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial, Carme Artigas, les aseguró que dispondrían de todo el respaldo para impulsar la iniciativa. En diciembre de 2022, la propia vicepresidenta de Asuntos Económicos y Transformación Digital, Nadia Calviño, firmó un protocolo de actuación para crear el Centro Nacional de Neurotecnología Spain Neurotech, junto a la Comunidad de Madrid y la Universidad Autónoma de Madrid.

Anunciaba una inversión inicial estatal de 40 millones de euros, financiada con los fondos europeos del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia, con la intención de añadir otros 200 millones hasta 2037. El objetivo era (recuerdo, en diciembre de 2022) ubicar la sede en el edificio Zenit del campus universitario, reunir a 200 personas entre investigadores y personal asociado y comenzar la actividad en 2023. José Carmena decidió trasladarse a vivir a España.

Dos años después, no había nada. En diciembre de 2024, era otro ministerio, esta vez el de Ciencia, Innovación y Universidades, el que firmaba de nuevo un Convenio con la Comunidad de Madrid y la UAM para crear el Consorcio Centro Nacional de Neurotecnología. Se comprometían 40 millones de los Perte, pero el importe para el periodo comprendido entre 2026 y 2037 había bajado sensiblemente: 80 millones. Hubo que esperar a otoño de 2025 para que se publicara la oferta pública de empleo de la gerencia de Spain Neurotech. Algún día lo veremos, imagino.

Son multitud los casos similares. Confundimos el café para todos con negar la atención especial que requiere la excelencia. Cuando el profesor Fernando Maestre, uno de los grandes expertos mundiales en gestión del agua, dejó la Universidad de Alicante para fichar por la Universidad de Kaust en Arabia Saudí, la rectora Amparo Navarro le dedicó un furibundo artículo de opinión que puso en evidencia la realidad de nuestro ecosistema de investigación.

Albergar investigación de frontera va a requerir de nosotros una cierta adaptación a lo que representa en términos de cambio cultural. España se descolgó desgraciadamente de la ciencia avanzada hace un siglo y, con todo lo que había que reconstruir durante la Transición, la investigación no ha conseguido posicionarse como prioridad ni para políticos ni para empresarios. Más allá de las palabras que se lleva el viento, claro. Pero sucede como en el fútbol, si queremos traer a los mejores para jugar la Champions, tendremos que comprender que las reglas son distintas.

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