Las grandes crisis reconfiguran siempre los valores por los que se rigen las sociedades, y la del coronavirus, además de un terrible drama sanitario y social, ha cambiado también la prelación de qué cosas nos resultan más imprescindibles e irrenunciables.

Resulta evidente, por ejemplo, que todos vamos a otorgar en adelante una mayor centralidad a la salud en nuestras vidas tras verla amenazada a una escala tan dramática y universal como la de la COVID-19, y que la crisis económica que nos va a legar la pandemia también va a devolver una gran importancia a un bienestar económico-social que tenemos la mala costumbre de dar por descontado en los ciclos alcistas.

En esa reconfiguración de nuestros valores que está ocurriendo ahora mismo, de forma silenciosa pero implacable y arraigándose cada día de forma más profunda, corremos el riesgo de omitir sin embargo un valor fundamental: el de la dignidad.

La organización internacional Global Dignity, con presencia en 80 países, que beneficia con su actividad a más de un millón de personas y de la que tengo el orgullo de ser Country Chair para España, define la dignidad a partir de cinco principios. Algunos están garantizados en nuestro país, como el acceso a la educación, a la salud o a unos niveles óptimos de seguridad, pero uno no resulta tan evidente y constituye sin embargo un eslabón imprescindible para recuperarnos de esta crisis: el derecho a perseguir nuestro propósito y significado en la vida, y a alcanzar nuestro máximo potencial.

Los países que brindan una malla de protección social mantienen a gran parte de sus sociedades a salvo de la exclusión social, pero los que no combinan la salvaguarda de los derechos a la salud o la educación con actividades de desarrollo personal y profesional o de impulso a la inclusión y a la búsqueda de un impacto social positivo por parte de las empresas corren el riesgo de acabar con amplios segmentos demográficos subvencionados pero sumidos en una insatisfacción crónica y en un profundo desgaste anímico por no haber podido convertirse en quienes querían ser ni haber realizado el potencial que creían tener.

Bajo esa premisa, y la de que, como ciudadanos libres, responsables e iguales, no podemos esperar que esa red de protección esté hecha únicamente de esfuerzos y recursos públicos, es importante que ese espacio tan abstracto y heterogéneo al que nos referimos como a ‘la sociedad civil’ se organice para acompañar a personas que ya disfrutan de unos buenos servicios públicos en el salto para vivir además con dignidad, y que ese derecho tenga la misma visibilidad y esté igual de garantizado que el del acceso a la salud, a la alimentación o a la vivienda.

Mi sensación en este sentido desde la presidencia de la Fundación AYO, lanzada en 2016 y cuyas siglas corresponden a Accelerating Youth Opportunities (o ‘Acelerando las Oportunidades para los Jóvenes’), es que, en España, los esfuerzos para que la sociedad civil trabaje en aras de la dignidad se realizan de forma demasiado atomizada.

Trabajando en pequeños nichos, desde la filantropía a las becas, o en ámbitos geográficos muy restringidos, solo acompañamos a esas personas que necesitan dignidad en pequeños trayectos que, en ocasiones, son suficientes para incorporarles a la autopista de una vida digna, pero en otras no, y los mantienen en los márgenes y hasta redoblan su frustración por no haber completado su viaje. Y también es importante entender que la pedagogía sobre la importancia de la dignidad no ha de impartirse únicamente a quienes carecen de ella, sino también a quienes la dan por descontada y no entienden por lo tanto lo imperativo que es ayudar a otros a alcanzarla.

Cuatro líneas de acción 

En Fundación AYO, en apenas cuatro años hemos desplegado ya cuatro líneas de acción muy imbricadas entre sí para trabajar con esos dos colectivos y cubrir toda la cadena de valor de la inserción. Hoy acompañamos por ejemplo a startups en su crecimiento y financiación para que, desde sus inicios, incorporen a sus plantillas a jóvenes en riesgo de exclusión; impulsamos iniciativas filantrópicas en materia de empleabilidad, educación y generación de oportunidades; brindamos mentorías intergeneracionales para que esos jóvenes se relacionen con perfiles profesionales que muchas veces no existen en sus círculos sociales y familiares más próximos; y colaboramos con el sector académico para asesorar a estudiantes de universidades de referencia para que vean el valor y se involucren en proyectos de consultoría social. Con estas y otras actividades, en esencia, lo que queremos es estar presentes en una humilde capacidad y como facilitadores en una cadena de valor de la inclusión social mucho más larga, sólida y efectiva que la resultante de trabajar de forma aislada en solo uno de esos eslabones.

Por eso no puedo acabar esta reflexión más que incidiendo de nuevo en la necesidad de colocar a la dignidad al mismo nivel que la salud o el bienestar en la relación de valores que nos han de hacer más fuertes y devolvernos al crecimiento después de la dura sacudida de la COVID-19, y reivindicando un trabajo más holístico y en red del tejido asociativo que ha de reivindicar y promover esa dignidad: una tarea en que mi mano, la de Global Dignity y la de Fundación AYO van a estar siempre tendidas a todo aquel que quiera que recorramos este camino juntos.

Juan José Nieto es el presidente fundador de la Fundación AYO.