En 2024 se había producido el cuarto halving, evento que reduce a la mitad la emisión de nuevos bitcoins cada cuatro años y que históricamente ha precedido a ciclos alcistas (2013, 2017 y 2021). Informes de Fidelity Digital Assets y Glassnode han señalado cómo la restricción de oferta, combinada con expansión monetaria, suele impulsar el precio en los 12 a 18 meses posteriores.
Pero el ciclo actual es distinto. La gran diferencia es la institucionalización. La aprobación de ETF al contado, la entrada de fondos y la integración en balances corporativos han convertido a Bitcoin en un activo macro. Ya no depende solo de la narrativa, sino del coste global del capital y de la liquidez estadounidense, principalmente.
Bitcoin cerró 2025 en negativo pese a haber marcado máximos históricos meses antes. Desde esos niveles llegó a corregir cerca del 50%, borrando el impulso posterior a las elecciones estadounidenses de noviembre de 2024. El punto de inflexión se produjo el 10 de octubre de 2025, cuando las amenazas arancelarias de Trump a China activaron ventas masivas y liquidaciones de posiciones apalancadas.
Este criptoinvierno no es como los de 2018 o 2022. El precio cae, pero la infraestructura es más sólida y la presencia institucional, estructural. Los ETF spot de Bitcoin acumulan miles de millones en flujos, estabilizando la base de tenedores, aunque también concentran poder en grandes gestores. Además, el descubrimiento de precios se ha desplazado en parte hacia derivados y ETF, donde la exposición “sintética” diluye la percepción de escasez ligada al límite de 21 millones y debilita la narrativa de oro digital.
Bitcoin tampoco logró consolidarse como refugio. El repliegue institucional y el cierre de posiciones apalancadas pesaron más que la retórica política favorable. La falta de avances legislativos y el temor a una Reserva Federal más restrictiva aumentaron la presión. En este entorno, solo las stablecoins mantienen dinamismo relativo.
“Bitcoin podría cerrar 2026 en positivo y reactivar, aunque más tarde de lo esperado, el ciclo posterior al ‘halving”
La dependencia del capital institucional hace al activo extremadamente sensible a la retirada de liquidez. La entrada de bancos y fondos lo ha vinculado a variables tradicionales como tipos de interés, masa monetaria y geopolítica. A diferencia de crisis previas dominadas por el pánico minorista, la volatilidad actual se amplifica por movimientos corporativos y ETF. En el fondo, asistimos a una transferencia de propiedad: de particulares a institucionales.
Bitcoin dejó de comportarse como “oro digital” para alinearse con la liquidez global y con la M2 estadounidense. En 2020-2021, con fuerte expansión del balance de la Reserva Federal, su precio se disparó. En 2025 ocurrió lo contrario: sin crecimiento relevante de M2 ni recortes agresivos de tipos, faltó combustible monetario.
Además, aumentó su correlación con el sector tecnológico, especialmente con las denominadas Siete Magníficas. El Nasdaq, dominado por Apple, Microsoft, NVI-DIA, Amazon, Alphabet, Meta y Tesla, se convirtió en su principal termómetro.
Al mismo tiempo, crecen las dudas sobre una posible burbuja vinculada a la inteligencia artificial y al auge de la deuda privada. La suspensión de reembolsos del fondo Blue Owl reavivó comparaciones con los inicios de la crisis de 2008. Parte del crecimiento reciente se financió con crédito apoyado en expectativas muy optimistas sobre la IA. Si estas se moderan, el mercado de crédito privado afronta riesgos de refinanciación que podrían tensionar el sistema financiero. La caída de tecnológicas, especialmente SaaS, impacta directamente en los fondos expuestos.
De cara a 2026 se plantean dos escenarios. El primero situaría a Bitcoin cerca del coste eficiente de producción minera, entre 30.000 y 45.000 dólares. Implicaría M2 estancada, menor expansión crediticia y desaceleración económica en EE UU, con un Nasdaq corrigiendo adicionalmente. Además, muchas empresas mineras convirtiéndose en centro de datos para la IA.
El segundo sería más favorable: inflación convergiendo, recortes de tipos y reactivación de la liquidez. Si la M2 vuelve a expandirse y las grandes tecnológicas mantienen beneficios sólidos impulsados por la IA, el Nasdaq podría retomar máximos.
Además, el Tesoro estadounidense deberá refinanciar hasta 4 billones de dólares en letras a corto plazo entre 2026 y 2029. La liquidez asociada podría impulsar Bitcoin con retraso, dada la correlación observada entre emisión de deuda a corto plazo y su precio.
En ese escenario, Bitcoin podría cerrar 2026 en positivo y reactivar, aunque más tarde de lo esperado, el ciclo posterior al halving. La ecuación volvería a imponerse: escasez programada más liquidez abundante igual a apreciación.
El criptoinvierno de la era Trump no es una traición al halving, sino la confirmación de que Bitcoin ha madurado. Ya no es un experimento marginal, sino un activo financiero entrelazado con la política monetaria, la liquidez global y la salud del sector tecnológico. El invierno no es el final del ciclo, sino su fase de ajuste. La pregunta no es si volverá el verano, sino cuándo.
Ismael Santiago es Profesor de Finanzas de la Universidad de Sevilla.

