Opinión Carla Mouriño

¿Hay algo más exitoso que la primavera?

La primavera pone a todo en su lugar, mantas en armario, mal humor en los días nublados, apatía en el sofá.

Aunque los vientos sigan algo gélidos este final de marzo marcó el inicio de la primavera y los optimistas salimos algo más a descubierto a pasar frío pero también a ser acariciados por el sol. Lo que me gusta de este tiempo es que es la previa, lo que sucede antes del atracón del verano y la previa a veces llega a igualar al mismo evento —el aperitivo a una gran comida, las cervezas antes del partido. La previa tiene menos presión por impresionar, por ser inolvidable, la previa nos relaja pero también nos emociona: andamos todos nerviosos porque ya se acerca el momento ansiado.

Esta previa además implica una quema, un resarcimiento. Adiós invierno, adiós sombras, capas, adiós recogimiento, adiós espera, adiós promesa lenta. Esta previa sucede en un presente que suele repetirse, establece una tradición, una vuelta. A partir de marzo me vuelvo una máquina de repetir mis tradiciones de primavera: salgo a los parques, vuelvo a esas plazas dónde el año pasado bebí cerveza hasta que salieron las estrellas, miro entradas para aquel teatro un martes, digo que no me importan quiénes sean los cantantes, que pienso ir igual, camino entusiasmada, muevo las manos, me siento en el suelo, me pongo la gorra, me llevo un libro, miro de reojo la hora, son las 8 en punto de la tarde y sigue habiendo luz, se me hincha el pecho.

Vuelve la primavera y yo estoy en Madrid: he descubierto que en el Parque del Retiro hay una zona que se llama Huerto Francés en la que florecen los almendros, allí la gente lee apoyada en los troncos y hacen picnic y yo que llevo pasando años por el Retiro y no lo había visto nunca. Abro las ventanas y pienso cómo podría dar color a mis balcones y si la respuesta pasaría por añadir plantas que se enreden. Me paso una tarde en El Maño bebiendo cerveza al lado de sus ventanales, me tiro en el césped del parque de San Isidro, paseo por la nueva Ivory Press en mi tradición de paseo y librería y vuelvo al Thyssen para observar las luces de Hammershøi. Ceno en Sau unos spaghetti con berberechos que recordaré mucho tiempo (está en Antón Martín, es nuevo, uso y recomiendo), acabo un domingo en el Café Barbieri comiendo otro plato de pasta, un miércoles en Taquería Mi Ciudad y un viernes en Sichuan Restaurante repitiendo lo que amo sus berenjenas y sus noodles de cacahuete. Bebo vino con mis amigos al atardecer en la terraza que no tocábamos hace meses, camino por la calle Arenal hasta Ópera rodeada de árboles.

La primavera pone a todo en su lugar, mantas en armario, mal humor en los días nublados, apatía en el sofá. Me da la diversión de saberme este juego: me gusta saber lo que voy a hacer y dejo a la imaginación lo que suceda con lo que hago. Me convierto en alguien cursi, qué decir, me creo florecer, uso verbos como «explotar», «estallar», «abrazar», como si el verde de los árboles, el aroma de los jazmines y el azahar invadieran mi cerebro y añadieran un filtro rosado a todo lo que veo y vivo. Pasaron las noches largas y me siento en la obligación de arañar estos días que ahora se explayan, me gusta pensar que está en mi deber salir a ver qué pasa.

Escribe Mary Oliver en su poema «Spring»: ¿quién no quiere el sol tras el largo invierno?

Y escribo yo: ¿Habrá algo capaz de ponernos más de acuerdo que el buen tiempo? ¿Algo más exitoso que la primavera?

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