Están sucediendo más cosas en el cielo que en la tierra. Se diría que es aquí donde nos conviene innovar ahora, si queremos sacar el máximo partido a lo que está pasando allí. El número de satélites en órbita se ha multiplicado por 10 en pocos años y ronda ya los 15.000. Se prevé que sean 100.000 en 2030 y, si se aprueban todas las solicitudes actuales para satélites en órbita terrestre baja (LEO) presentadas ante la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) de Estados Unidos, tendremos medio millón sobre nuestras cabezas a finales de esa década de 2030.
El aumento de satélites también conlleva un incremento de los datos sobre nuestra telúrica existencia. El archivo del Sistema de Observación de la Tierra de la NASA ya ha alcanzado los 100 petabytes (PB) de datos y se espera que llegue a los 320 PB en 2030. El programa europeo Copernicus va un poco más rezagado, pero dispone ya de más de 78 PB de datos online.
La gran revolución reciente es el estallido de la actividad en el sector LEO. Cualquier día, a partir de exactamente hoy, la Agencia Espacial Europea (ESA) lanzará desde Nueva Zelanda, a bordo del cohete Electron de Rocket Lab, los dos primeros satélites de la futura constelación Celeste LEO-PNT (navegación, posicionamiento y navegación). Uno de ellos ha sido creado por un consorcio que lidera la española GMV.
Los satélites LEO operan en múltiples frecuencias y serán cruciales para mejorar el rendimiento de esta tecnología. Su principal ventaja es que no sufren el nivel de radiación hostil de la órbita terrestre media (MEO), que es la opción tradicional de los sistemas globales de navegación (GNSS) como GPS, Galileo y GLONASS. No son cualquier cosa: hay más dispositivos en el mundo conectados a GNSS que a internet.
Se espera, asimismo, que las constelaciones LEO permitan reforzar la seguridad terráquea. Entre enero y abril de 2025, casi 123.000 vuelos comerciales en Europa se vieron afectados por interferencias de GNSS. Sí, suena escalofriante. Los conflictos mundiales, especialmente en Ucrania y Oriente Medio, están multiplicando el uso de inhibidores. Un método para lograr resistencia a las interferencias es aumentar la potencia, y la órbita LEO está 20 veces más cerca de la Tierra que la MEO.
Gracias a estos avances, combinados con el poder de la IA, las constelaciones que vienen, como Celeste, habilitarán nuevos servicios en entornos donde los sistemas de navegación por satélite actuales no pueden llegar, como esas áreas urbanas densamente pobladas por las que queremos que empiecen a circular vehículos autónomos cuanto antes.
Elon Musk, cómo no, ha entrado de lleno en el asunto, algo que algunos (taimados los calificaría en X) atribuyen a su propensión a frenar la caída en Bolsa de Tesla con anuncios estratosféricos. Acaba de decir que creará la primera TeraFab, una fábrica de chips de IA que incluye versiones de 2 nanómetros para Tesla, xAI y SpaceX.

No resulta creíble que pueda igualar a la taiwanesa TSMC, que concentra el 90% del mercado mundial de semiconductores avanzados y usa máquinas de ASML con 200.000 componentes de ultraprecisión. Pero a los mercados les basta una excusa para seguir hinchando expectativas. Musk anuncia el lanzamiento de los primeros satélites de centros de datos orbitales de SpaceX, los AI Sat Mini, cuando esté listo el lanzador Starship v3, que será capaz de subir a LEO unas 100 toneladas. Es un experto en vender posibilidades a compradores de futuros.
La IA se producirá en el espacio, en cualquier caso. El problema tecnológico era procesar y usar memorias a gran escala en unas condiciones tan adversas como las que existen fuera de nuestra atmósfera, y está bastante avanzada la solución. Nvidia tiene ya procesadores de bajo consumo y aceleradores de hardware, como el Jetson Orin Nano, que pueden ejecutar modelos de IA incluso en satélites pequeñas como los CubeSats.
Nuestra capacidad para conocer el mundo en tiempo real se incrementará de forma exponencial. El 16 de diciembre, el satélite Copernicus Sentinel-6B registró las variaciones del nivel del mar en el Atlántico Norte con ultraprecisión. GlobalBuildingAtlas, desarrollado por investigadores de la Universidad Técnica de Múnich, observa cientos de millones de edificios en 3D y ofrece información mucho más precisa sobre la densidad de población que los mapas 2D tradicionales. Los científicos han logrado cartografiar 52 especies críticas en el Mediterráneo con ArcGIS Pro.
La clave ahora es, en definitiva, encontrar la mejor forma de usar esos datos. De momento, la defensa y la autonomía soberana constituyen los grandes pilares de la demanda en el sector, como ha dicho la consultora de referencia Novaspace. Pero visionarios como el director de innovación del Ayuntamiento de Boston, Santiago Garcés, a quien le he pedido que me explique el modelo de su ciudad, están introduciendo nuevas formas de convertir los datos en mejores servicios públicos.
Garcés parte de la idea de data product y defiende la integración. “Resolver un problema múltiples veces en distintas instancias solo genera problemas administrativos. Cuando proveemos esos data products centralizados, le damos valor agregado a los departamentos y empezamos a homogeneizar y crear un estándar que hace mucho más fácil el análisis”, dice.
“Entendemos que cada departamento tiene un pedacito del proceso, pero el ciudadano está expuesto a toda la complejidad de la Administración, y eso es parte de lo que lo frusta”. En Boston analizan con inteligencia artificial los campos de texto libre que completan sus ciudadanos para clasificarlos esos procesos e identificar lo que Garcés llama una ‘taxonomía de la intención’.
El sistema viene a decir: “ah, esta persona sólo quiere reformar el baño”. Ahora, Boston, en cuanto entiende que eso es lo que queremos, “automáticamente gestiona todos esos permisos sin que tengas que pensar en qué es lo que tienes que hacer. Tú nos dices lo que quieres hacer en tu lenguaje, y el sistema se encarga del resto”.
El nuevo libro del investigador de Yale William Rankin, Cartografía Radical, sostiene que la cartografía moderna se centra cada vez más en valores como la incertidumbre y la multiplicidad. He querido relacionar la conversación con el CIO de Boston y la explosión de datos que van a venir del espacio, porque en última instancia lo que realmente da validez a cualquier cambio tecnológico es la capacidad de mejorar el servicio a las personas. No perdamos de vista que aquí abajo queda mucho por hacer.

