Opinión Salvador Sostres

Silvia Hofmann

Mi querido Pere Soley sufrió un percance y tuvo que estar unos días ingresado en las Urgencias del Hospital Clínic de Barcelona. De entre todas lo que podía llevarle cuando me enteré y fui a verle, lo que con más emergencia me vino a la cabeza fue un cruasán de mascarpone de Hofmann. Lo compré en la tienda de Pau Casals, compré dos, y cuando se los di, los devoró con el hambre infantil de quien todo lo que tiene es su merienda preferida y en esos bocados empieza y termina la vida.

Hay pocas cosas tan sensacionales como un cruasán de Hofmann, como las tiendas nuevas de Hofmann, azul cielo. Silvia Hofmann tenía la vida trazada de una manera muy distinta, pero cuando su madre, May Hofmann, creadora la escuela de cocina y el restaurante Hofmann, la llamó para darle la triste noticia de una repentina enfermedad letal, enseguida volvió a su lado. Sílvia había criado a sus hijos en Milán, donde había ejercido de interiorista. En el momento de la llamada vivía en París, de modo que aunque no había estado profesionalmente vinculada a la empresa de su madre había visto los mejores establecimientos del mundo y estaba perfectamente al día de la tradición y de las tendencias.

Regresó a Barcelona, May murió, y con Silvia al frente el negocio no sólo ha sobrevivido sino que está creciendo cada día, abriendo pastelerías en Barcelona, Madrid y en Asia, siempre desde la alta calidad de sus productos y del buen gusto a la hora de diseñarlos, tanto los dulces como las tiendas. Silvia no ha intentado hacer lo contrario de su madre, sino seguir su estela. Y a la vez no ha intentado simplemente copiarla y aferrarse a su repertorio, sino que ha aportado sus conocimientos y sus nuevas tiendas son preciosas.

Los negocios familiares son complicados. Los padres creen que los hijos están obligados a heredar su amor por la empresa, y lo que es todavía más difícil, el talento por llevarla; y los que hemos estado en esta tesitura sabemos que esto casi nunca es cierto. No lo saben los padres, y tampoco lo saben los hijos, que se precipitan en decisiones poco medidas, se equivocan, se frustran, y cuando los rencores familiares se mezclan con las disputas empresariales está servido el drama. También hay que decir que muchos patriarcas utilizan su condición de dueños de la empresa para condicionar las relaciones afectivas en la familia, y que esto tampoco es inocente, ni inocuo, y que también repercute en los abismos del negocio.

De todo esto supo prescindir la familia Hofmann, y tiene mérito porque tanto Silvia como Mey son dos mujeres, madre e hija, con la relación más tensa que siempre ello conlleva, y las dos con mucho carácter, y con derecho a tenerlo, porque en sus respectivas vidas, a las dos les había ido muy bien. Hoy la escuela de cocina que fundó Mey continúa inspirando a nuestros mejores cocineros y las pastelerías son extraordinarias, por su calidad y su estética.

Motivos para quejarnos tenemos todos, motivos para pensar que la vida nos habría podido ir mejor de otra manera, también. Luego está la realidad y nuestra capacidad para adaptarnos y mejorarla, y aquí es donde comparecen las personas que merecen la pena, dejando un mundo más hermoso del que econtraron.