Hoy, 19 de marzo, celebramos el Creativity Day en IE University. En un mes, el 21 de abril,
volveremos a hablar de creatividad con motivo de su día internacional. Lo haremos, probablemente, como siempre: como si fuera algo inspirador, positivo… y completamente opcional. Y ese es el problema.
La gran mentira corporativa
Durante años, las organizaciones han repetido el mismo mantra: “la creatividad es importante”. Pero en la práctica, la han tratado como:
● un departamento,
● una fase del proceso,
● o, en el mejor de los casos, una cualidad deseable.
Nunca como lo que realmente es: la base sobre la que todo lo demás sucede. La creatividad no es una habilidad. Es un mecanismo. Es el sistema mediante el cual interpretamos la realidad y decidimos intervenir en ella. Dicho de otra manera: es el sistema operativo de la conciencia. Y si esto es así —como sostengo—, la mayoría de empresas no tienen un problema de innovación. Tienen un problema de sistema.
Externalizamos la inteligencia… y ahora no sabemos quiénes somos
Durante décadas, hemos optimizado una forma muy concreta de inteligencia: la analítica, la racional, la que se puede medir. Lo hemos hecho tan bien que hemos conseguido replicarla y externalizarla. La llamamos inteligencia artificial. Pero ese logro tiene un efecto colateral incómodo: nos deja sin relato.
Si una máquina puede hacer análisis, estrategia, copywriting, diseño e incluso programación mejor, más rápido y más barato… ¿qué queda del valor humano dentro de la organización?
Silencio.
O peor: PowerPoints sobre creatividad.
La creatividad no es idear. Es percibir
El error de base está en cómo entendemos la creatividad. No empieza con una idea. Empieza con una percepción. Desde los primeros útiles del Homo neanderthalensis hasta las narrativas complejas del Homo sapiens, la creatividad siempre ha sido una consecuencia de algo previo: la conciencia de la realidad y de uno mismo en relación a ella.
Sin esa conciencia, no hay mapa. Y sin mapa, no hay intervención posible. Por eso, cuando una organización dice que “le falta creatividad”, lo que realmente está diciendo —aunque no lo sepa— es que no está viendo con claridad.
El teatro de la innovación
Vivimos en una especie de teatro corporativo donde se simula la creatividad:
● workshops de post-its,
● metodologías empaquetadas,
● discursos inspiracionales.
Todo perfectamente diseñado para no tocar lo esencial. Porque lo esencial incomoda: revisar la identidad.
¿Quiénes somos realmente como organización?
¿Desde dónde estamos creando?
¿Nuestra narrativa sigue viva o es un residuo del pasado?
Estas preguntas no se resuelven con un sprint de innovación.
El caso de IE University: cuando la creatividad deja de ser decorativa
En algunos contextos, sin embargo, empieza a ocurrir algo distinto. Trabajando en el desarrollo de programas de creatividad en IE University, he comprobado que en IE University, la creatividad no se está abordando como una competencia más, sino como una capa estructural:
● integrada desde el inicio en programas como el grado de moda,
● aplicada en iniciativas de wellbeing con formatos intensivos,
● y desarrollada en espacios como el Creativity Center con trabajo directo con
estudiantes.
No se trata de enseñar a “pensar fuera de la caja”. Se trata de cuestionar por qué seguimos usando la misma caja.
Resetear o desaparecer
Si la creatividad es el sistema operativo de la conciencia, la conclusión es incómoda pero
clara: Muchas organizaciones están operando con sistemas obsoletos. Y no se arregla con actualizaciones superficiales. Requiere un reset.
A esto lo llamo Creative Identity®: un proceso de ampliación de la conciencia
organizacional que permite redefinir no solo lo que una empresa hace, sino lo que es. Porque en un entorno donde la inteligencia se ha democratizado y automatizado, la ventaja
competitiva ya no está en hacer mejor las cosas. Está en ver diferente.
2026 no va de creatividad. Va de supervivencia
Decimos que 2026 será el año de la creatividad. Pero quizá deberíamos decirlo de otra manera: 2026 será el año en el que muchas organizaciones descubran —quizás demasiado tarde— que la creatividad no era un lujo. Era la condición mínima para seguir existiendo.
