Queremos pensar que las manos son una de las últimas fronteras entre los seres humanos y los robots. Pero no hay nada que despierte más el amor por el trabajo en un científico que la posibilidad de rebasar un confín natural. Investigadores de la Universidad de Cambridge han utilizado compuestos de metal líquido y grafeno para crear una nueva «piel» robótica.
La carrera por la innovación en ese campo lleva años desatada. Esta vez, el hallazgo permite a las máquinas detectar no solo la fuerza con la que presionan un objeto, sino también la dirección en la que aplican esa fuerza y aspectos circunstanciales como si el objeto es resbaladizo o si tiene una superficie rugosa. La piel artificial alcanza un grado de precisión tan elevado, aseguran, que rivaliza ya con las yemas de los dedos humanos.
Tan pronto es el sentido del tacto como la habilidad para reconocer el entorno. El centro tecnológico alemán Fraunhofer IPA presentó en la feria Automatica de Múnich un software que permite a un sistema robótico reconocer objetos previamente desconocidos con tan solo dos escaneos. Pueden agarrar y embalar con precisión hasta 1.300 objetos por hora sin necesidad de programación. Sí, las fronteras naturales, poco a poco, van a caer.
En mi conversación con ese siniestro pragmático radical que es Nicholas Negroponte, fundador del MIT Media Lab, me dijo que «el futuro está conducido por un cambio absolutamente maravilloso: que el mundo natural y el mundo artificial son lo mismo. No hay diferencia. De modo que lo que la naturaleza suele hacer, lo haremos nosotros, y probablemente mejor”. En eso consiste, en su opinión, la gran revolución tecnológica del siglo XXI.
Hay que interpretar bien sus palabras: el mundo que Negroponte concibe no está dominado por las máquinas, sino que es híbrido. Esa es la gran transformación. En sus paseos cuatro décadas atrás con Marvin Minsky, uno de los padres de la inteligencia artificial, “no hablábamos de coches autónomos, sino de cosas como el humor o por qué la gente aprecia la música”. Era para él “un tipo muy diferente de pensamiento acerca del pensamiento».
Cuando la Organización Internacional del Trabajo (OIT) analizó el impacto de la IA en los sectores del automóvil y textil-confección de España, llegó a la conclusión de que, a corto plazo, se reducirán las tareas pesadas y repetitivas, con la consiguiente mejora en la salud y la seguridad de los trabajadores. Pero también disminuirá la autonomía de las personas, que pasarán a estar sujetos a una mayor estandarización en su actividad. Es lo que piden las máquinas. Ellas y nosotros tendremos que ceder.
Es el nuevo mundo híbrido el que necesita ser pensado y… regulado. Aproximadamente uno de cada tres trabajadores en España está sujeto a sistemas automatizados de gestión, según el Joint Research Centre (JRC) de la UE, con sede central en Sevilla. En unos casos, los algoritmos nos proporcionan instrucciones (dirección algorítmica); en otros casos, evalúan nuestro rendimiento (evaluación algorítmica).
Casi el 20% de los empleados españoles reciben automáticamente sus turnos a través de un dispositivo digital; al 7% de ellos, los algoritmos les marcan la velocidad de su trabajo; y al 11% le dan indicaciones sobre cómo actuar. ¿Porcentajes bajos o altos? Estamos al principio. Los directivos de las empresas tienen niveles mínimos dirección automatizada, por cierto, pero llamativamente elevados de evaluación automatizada.
El JRC llama a este fenómeno “plataformización del trabajo” y dice que puede generar estrés, menor comunicación y mayor monotonía, como resultado de una mayor burocratización y estandarización. Por eso, insta a las instituciones del mercado laboral en Europa a mitigar esos efectos y adaptar la normativa al nuevo escenario. Este es el asunto clave.
Carolina Parada, directora de ingeniería de GoogleAI, lanzaba en el CES de Las Vegas un mensaje de tranquilidad: “no debe implementarse la IA en toda la organización de golpe”. Estamos descubriendo que esa condición híbrida del mundo hacia el que vamos impide saber de antemano con precisión el impacto de la IA en las empresas. La eficacia de la tecnología estará condicionada por la intervención humana y, también, por la regulación laboral.
A la vez que dotamos a la IA de cada vez más cualidades naturales, como la piel robótica descubierta en Cambridge, la hacemos más sensible a las intenciones y el comportamiento humanos. En la reciente Conferencia Internacional sobre la Industria del Futuro y la Fabricación Inteligente, Mauricio Faccio, de la Universidad de Padua, analizó los cambios que se avecinan en las empresas a raíz de la hiperpersonalización, que obliga a diseñar y crear una amplia gama de variantes del mismo producto a la misma velocidad a la que antes lo fabricábamos en serie.
La clave del éxito, en opinión de Faccio, pasa por que reconsiderarlo todo, lo humano y lo artificial, desde las características físicas del espacio de trabajo hasta el modelo de asignación de tareas, la ubicación de las herramientas y las piezas o el sistema de aprovisionamiento. La narrativa del reemplazo humano por sistemas de IA está siendo sustituida por la de la mejora mutua.
Los investigadores Uqba Othman y Erfu Yang, de la Universidad de Strathclyde en Glasgow, han analizado la colaboración humano-robot (HRC). Hay mucha innovación implicada en ese objetivo. La IA conversacional facilitará las relaciones en lenguaje natural. Además, las personas podremos interactuar también con gestos corporales, como señales o saludos con la mano, seguimiento facial y ocular e interfaces hápticas mediante las que los dispositivos artificiales transmiten información a los humanos usando vibraciones o presión.
Cambiará la forma en la que trabajamos y eso implicará repensar el modelo laboral. El tiempo se agota: el Centro de Rendimiento Industrial del MIT describe la situación actual en la industria en EEUU como una “paradoja de la productividad”. Aumentan las nuevas fábricas y los trabajadores en los últimos años, pero la producción real se estanca e incluso desciende.
En busca de soluciones, la proporción de empresas industriales que esperan tener ampliamente automatizados sus procesos clave en 2030 se ha duplicado, del 18% al 50%, según PwC. Pero no podemos esperar que sea la tecnología la que salve en solitario la forma en la que producimos. Aunque iguale en sensibilidad a la yema de nuestros dedos.
