A El Hierro se la conoce como la isla del Meridiano. Durante siglos fue el fin del mundo cartográfico, el lugar donde empezaba —o terminaba— el tiempo. Hoy sigue siendo el territorio más occidental de España y un espacio donde la vida discurre a otro ritmo. Aquí, el aeropuerto y el puerto de La Estaca no son únicamente infraestructuras: son una conexión vital con todo lo demás.
Su aeropuerto, que para muchos aún es el de “Los Cangrejos”, se ubica en una ladera del municipio de Valverde. Una terminal pequeña, una pista expuesta al viento donde operan los ATR72 de Binter y Canaryfly, y un paisaje que obliga muchas veces a escrutar bien el cielo antes de cada maniobra. Es una infraestructura modesta, aunque absolutamente esencial. Y, paradójicamente, multipremiada.
Hace unos días, el Consejo Internacional de Aeropuertos (ACI) volvió a reconocerlo: por quinta vez, fue reconocido como Mejor Aeropuerto Europeo en su categoría dentro del programa ASQ 2025. No es un trofeo simbólico. Oficialmente esta decisión se basa en cientos de miles de encuestas realizadas el mismo día del viaje y auditadas a escala mundial. Es, en esencia, la voz directa del pasajero.
España ha sumado este año quince distinciones en diez aeropuertos de la red de Aena en diferentes categorías. Que el más pequeño y occidental de todos figure entre los mejores de Europa dice mucho del sistema… y también de lo que ocurre en esta isla.
El premio ha coincidido con otra realidad bien conocida por los herreños: operaciones condicionadas por el viento, limitaciones estructurales y una plantilla de control aéreo ajustada. En diciembre de 2025, el horario tuvo que reducirse a diez horas diarias tras disminuir el personal de torre operada por la empresa Saerco. En un territorio donde volar no es un lujo sino una necesidad —ya sea médica, laboral o familiar—, cada ajuste operativo se nota profundamente. En islas y territorios apartados hay una sensibilidad especial y lógica en todo lo referido al transporte aéreo y marítimo.

Quien haya visto la serie Hierro recordará el aeropuerto casi como un personaje más. Protagonizada por Candela Peña y Darío Grandinetti, la obra de Pepe Coira evidencia que la pista, la terminal y la llegada del avión forman parte del relato cotidiano, igual que el puerto de La Estaca y sus ferrys. Ni pista ni muelle son mero decorado: son la frontera física entre la isla y el resto del mundo.
He tenido el placer de aterrizar allí varias veces. Si tomas tierra por la pista 34, aparece La Caleta segundos antes del contacto; si es por la 16, Tamaduste se asoma bajo el ala. En la terminal, alguien saluda por el nombre al pasajero o ayuda con la maleta sin prisa impostada. Puede sonar romántico (reconozco que lo soy para estas cosas), aunque esa cercanía no la encuentro tan fácilmente en grandes aeropuertos de cristal y acero.
Confieso también que muchos premios sectoriales me generan escepticismo. Este no lo hace. Que tantos aeropuertos españoles destaquen en los rankings internacionales habla bien del modelo. Y que uno de ellos sea El Hierro demuestra que hacer que las cosas salgan bien no depende del tamaño. El reconocimiento no resuelve los desafíos, pero sí fija un estándar. Si la experiencia en tierra es buena, la operativa debe aspirar a la misma regularidad. Esta no es una queja grandilocuente: es una cuestión de coherencia.

Un aeropuerto no es solo una pista y un edificio. En una isla, es el primer abrazo (o el primer disgusto) de quien llega. El de El Hierro ha demostrado que sabe acoger. Ahora solo falta que funcione siempre como merece este lugar tan especial y que se le dote de lo que necesita, que no es otra cosa que personal capacitado y medios.
