Trump e Israel han empezado a acabar con el problema. Primero Gaza, después Irán. Todos sabíamos que era el mismo problema, al que hay que añadirle Venezuela y Cuba. Lo sabe especialmente la izquierda española que siempre ha simpatizado con los regímenes criminales de estos países y lo sabe todavía mejor la facción concreta que ha cobrado de ellos. Ahí está su mundo -y su dinero, y su razón de ser- saltando por los aires. Una vez más, Israel y América nos han hecho el trabajo sucio en la frontera más difícil de la Tierra. Todos sabemos esto y que el mayor desafío de los Estados Unidos, y de nuestro estilo de vida libre, es China, y que controlar Venezuela, por el suministro de petróleo; y controlar Irán, por la geografía y por supuesto también por el petróleo, es la estrategia geopolítica más eficaz y brillante para disminuir drásticamente el poder industrial de China y por lo tanto su influencia en nuestra vida, en nuestra economía y en nuestra libertad. Las potencias dependen siempre de la energía y por eso China ha estado durante décadas cultivando el que ha sido su mayor proveedor externo de energía: claro que Maduro cayó en relación a esto. Los ataques a Irán parecen causados o motivados por su desarrollo nuclear, y en parte sí, y ahí está Israel, pero la razón de fondo hay que buscarla también en la energía, en la necesidad de debilitar a China, que es una vez más el primer comprador del petróleo iraní.
China importa más de 10 millones de barriles de petróleo al día, y muchos de estos barriles llegan de Oriente Medio -muchos de Irán- a través de un único punto de paso: el estrecho de Ormuz, que tras estos ataques también quedará bajo el control de la abrumadora superioridad de la flota americana.
La Historia subrayará, cuando del sectarismo y del resentimiento se ocupe el paso del tiempo, que el presidente Trump tuvo la mayor visión estratégica de un presidente de Estados Unidos desde que Ronald Reagan acabó con la Unión Soviética. Apoyando al primer ministro Netanyahu, ha tenido la valentía de defender la causa justa del Estado de Israel y de levantarse contra el mal de su época, y de derrotarlo. Además, hay que tener en cuenta que el islamismo no es tan visible, tan gráfico, como el nazismo; y que la propaganda de nuestra era -a diferencia de la de la Segunda Guerra Mundial- no sólo no defiende sino que acusa a los aliados. Es por lo tanto una contienda más difícil, más solitaria. Solos Estados Unidos e Israel, que es cierto que son el resumen del mundo libre, y de la Civilización, pero no se enfrentan sólo a los enemigos obvios sino con la ingratitud y los insultos del mundo libre al que estos ataques protegen.
Con China, que es lo que de verdad importa, o por decirlo de un modo más exacto, lo que será importante más a largo plazo, aunque la confrontación no esté siendo directa, pasa un poco lo mismo. Al mundo libre y acomodado le resulta y resultó fácil de entender por qué había que acabar con el Tercer Reich, pero le cuesta mucho más entender por qué para todos y cada uno de nosotros es vital que Estados Unidos lidere el mundo y no lo haga China. Aunque formulada de un modo muy esquemática, baste esta idea para comprenderlo: el capitalismo salvaje de China, sin derechos humanos, sin horarios, basado sólo en reducir costos a través de extremar la productividad, y de un sistema oligárquico en el que sólo los amigos del régimen acceden a la verdadera riqueza y el poder, destruye todo aquello en lo que nosotros creemos. Destruye nuestro Estado del Bienestar, nuestra idea de bien y mal, cualquier sentido de la compasión o la caridad, y por supuesto la meritocracia o la igualdad de oportunidades. Todo lo que en el Occidente libre es imperfecto, y tú tanto te quejas, en China no existe y tú serías un esclavo y además no porque te obligaran sino porque tú mismo llegarías a la desesperada conclusión de que no te queda más remedio.
Trump llegó a su segunda presidencia con los Estados Unidos muy mermados en su liderazgo mundial, y con idas y venidas a veces muy erráticas, hizo saltar por los aires el tablero de juego en el que estaba perdiendo, y estábamos perdiendo. Es cierto que sus maneras son rudas, y que no responde al patrón clásico de lo que solía ser un presidente de Estados Unidos: pero su obra, su sustancia, está muy íntimamente ligada a la idea de libertad que se supone que tienen los que más le atacan. En el fondo del MAGA -Make America Great Again- no hay un proyecto, como tantas veces se ha dicho, aislacionista o supremacista sino todo lo contrario: la firme convicción de que Estados Unidos es el líder del mundo libre y que si cede este liderazgo a una dictadura como China, mucho antes que Estados Unidos, lo que se acabará es el mundo libre.
