Opinión Salvador Sostres

Juan Tapia, un director con clase

Me hice realmente amigo de Juan al cabo de unos años, cuando ya no era el director, pero nunca en nuestras conversaciones he notado la diferencia con el tiempo que lo fue, ni por su interés ni por mi fascinación.

Juan fue mi primer ídolo que no elegí por mi cuenta.

Conocí a Juan Tapia en casa de mis padres, un día vino a cenar siendo todavía director de La Vanguardia. Yo tenía 20 años, estudiaba primero de Periodismo en la Autónoma y quería como todos mis compañeros escribir en El País una de las columnas de la contraportada. Lo que quiero decir es que ni Juan ni La Vanguardia me impresionaban demasiado la noche en que lo conocí, más bien me parecían figuras espectrales del mundo de mis padres. Me fue permitido estar en los aperitivos departiendo con el director, y me parece que fui altamente impertinente, pero he de decir que ya desde aquel momento me pareció un señor especial, alguien claramente por encima de mis prejuicios, y debía serlo en gran medida, porque a los veinte años uno no está dispuesto a bajarse tan rápido de sus tonterías, y yo menos, y lo hice en veinte minutos.

Me fui a mi habitación y llamé a un querido amigo de entonces para explicarle el impacto, y estuve mucho rato hablando con él y tuve que colgar cuando mi madre me vino a buscar porque Juan había dicho que si quería tomar el café y las copas con ellos. Hablamos de política y de cómo influía en La Vanguardia, hablamos cómo se organizaba y decidía de la publicidad, de Javier Godó, y al final de la velada, ya en pie, camino de la puerta, me dijo que aquel verano iría a hacer prácticas con él a La Vanguardia. No me preguntó si quería, no se hizo la misteriosa al respecto. Simplemente me dijo que iría y era abril y al cabo de dos meses llamó a mi madre y le dio los detalles de dónde tenía que presentarme, el día y la hora, y la persona por la que tenía que preguntar. Unos días antes mi abuela me llevó a Giorgio Armani a comprar camisas, para ella era así de importante su idea de trabajar en La Vanguardia.

Juan fue mi primer ídolo que no elegí por mi cuenta. Elegía Serrat y a Paul Simon, elegía Lluís Llach y a Aute, pero Juan no estaba en mis planes hasta que le conocí. Ahora todo es más cercano y yo ya no soy un niño pero cuando aquel verano a través de Juan descubrí la importancia del director de La Vanguardia quedé asombrado. Juan tenía además una gracia especial para encarnar el cargo, y el poder; y yo celebraba como una victoria cada una de las noches que podía cenar con él: en verano, normalmente, en la terraza Roig Robí; en otoño o en invierno más en Gaig o en Isidre. Me hacía gracia cuando desde el coche llamaba, a las diez y media muy pasadas, porque entonces los directores salían de trabajar mucho más tarde, y llamaba a los restaurantes y le decían que la cocina había cerrado y que los cocineros ya no estaban, hasta que aclaraba que era el director de La Vanguardia, y lo cerrado se abría y los ausentes regresaban.

Juan fue el director de La Vanguardia en color y de La Contra, del Magazine, del Vivir en Barcelona, del diseño tan innovador de Milton Glaser, que aún perdura, la vocación por la política internacional y la información económica elaborada como nunca lo había estado antes. Fichó a Ignacio Vidal-Folch, a Joan Barril, a Gregorio Morán, recientemente fallecido, y a Quim Monzó, entre muchos otros. Su fino sentido del humor estaba ligado a su elegante idea de la libertad. Confiaba en los jóvenes, en el talento aunque fuera discrepante. Era un director equilibrado, consciente de las características de su casa y de su editor, pero con una clara tendencia a favorecer la calidad por encima de la ortodoxia.

Fue el último gran director clásico, burgués, no tanto él, que tampoco iba de eso, como el aire que le daba al periódico, que aún aspiraba a ser el referente de una clase empresarial generosa y más o menos culta, que a la vez también aspiraba a liderar Cataluña -y no a ser sólo una banda de ricos. Fue el último director que vivió el esplendor del papel, de las grandes redacciones, de la importancia indiscutible de salir -o no salir- en La Vanguardia, con el peso que entonces tenía cualquier palabra publicada. Hoy parece casi un sueño aquella época en que todos los que nos dedicábamos a este oficio éramos mucho más importantes. Había medidodías que ante Via Veneto estaban aparcados, en doble fila, los chóferes de los directores de los periódicos, y la hilera llegaba hasta casi la Diagonal. A Juan le sucedió José Antich, uno que demostró, también apoteósicamente, los riesgos a los que se exponen las empresas legendarias cuando creen que el pillaje puede ser un sustituto del ingenio.

Me hice realmente amigo de Juan al cabo de unos años, cuando ya no era el director, pero nunca en nuestras conversaciones he notado la diferencia con el tiempo que lo fue, ni por su interés ni por mi fascinación. Hoy es el director editorial de El Periódico, con una relación muy estrecha con el editor Javier Moll. Mantiene intacto su sentido del humor, su clase, su lucidez y el recuerdo de una época en que el periodismo tenía una gravedad, una autoridad y unos beneficios que hacían temblar a los gobiernos mucho más que ponerlos al cargo de decidir lo que son “fake news”, bulos o basura.

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